-¿C-cómo?-pestañeo. No lo entiendo. O quizá no lo quiera enteneder, pero ¿qué importa? Quiere que me vaya, eso es lo que quiere. Quiere que me aleje de él para no tener que volver a verme. ¿Tanto me odia?
-Ya lo has oído. Vete-me dice con dureza. Su rostro permanece impasible, sin reflejar emoción alguna. Sin embargo noto como mi rostro refleja mi rápido paso de la incredulidad a la cólera, apretando la mandíbula y frunciendo el ceño.
-¡No!-le chillo. Él no se asusta como esperaba que hiciese. Me mira con curiosidad, como si estuviese haciendo un experimento para ver hasta dónde era capaz de llegar. Bueno, pues se iba a enterar; me iba a salir de todos sus esquemas.-Yo llegué a esta ciudad antes que tú, ¿de acuerdo?-empiezo a rebelarme como una niña pequeña.-Si lo que quieres es estar lejos de mí eres tú el que debe irse.-Respiro hondo antes de soltar su última opción:-O serás tú el que deba echarme por la fuerza.
Me quedo ahí parada en el centro de la habitación con la cabeza alzada y los brazos cruzados. Quiero transmitirle mi posición de inflexibilidad, de firmeza y decisión, pero creo que ni siquiera consigo que me tome en serio.
Comprendo en ese momento que es él el que sigue estableciendo las normas, que si quiere que me vaya lo conseguirá. Pero antes de todo yo voy a jugar duro.
-De acuerdo-acepta Eric. Eso me sorprende más que si me hubiese amenazado o gritado.
Se gira y se vuelve a subir al alféizar, pero esta vez para salir de mi habitación.
-Espera-le detengo. Él se gira para mirarme a los ojos.- ¿Así de fácil?¿Dónde está la trampa?
No puedo creer que no vaya a protestar. Eric no parece una persona acostumbrada a resignarse y a aceptar las cosas sin más con un "de acuerdo".
-No hay trampa. Te lo he pedido por tu bien-dice. Y, a continuación, pega un salto y sale de mi casa. Me asomo corriendo a la ventana para ver si se ha hecho daño. Hay una buena caída hasta el jardín, pero cuando miro él ya no está. Sólo sombras decoran el césped de mi casa, como una horrible representación de mi alma en este momento.
Ahora que Eric se ha ido el vacío de la casa vuelve a ser insostenible. La televisión es apenas la conciencia de un leve murmullo en el cerebro que, de no saber que está encendida, ni siquiera sería consciente de él. Vuelvo a bajar las escaleras y a tumbarme en el sofá. Pero no no puedo relajarme. Las palabras de Eric no paran de rondar mi cabeza, como perros guardianes que me impiden entrar a una oscura mansión. Eso es. La mente de Eric es tan inaccesible e imprevisible que no tengo ni idea de cómo osbrepasar esas malditas paredes. De repente es un buen chico que me lleva al hospital, de repente un idiota que me deja tirada en la carretera. Ahora me salva de ahogarme, luego me besa y me deja tirada. Primero me pide que me aleje, luego me dice que es por mi bien. ¿Va a dejar de contradecirse en algún momento? Es como estar en el ojo de un huracán, yendo y viniendo al antojo de una fuerza enorme a la que ni siquiera puedes igualar.
Pero el juego continúa y, como ya dije, las reglas voy a empezar a dictarlas yo. Eric no se va a salir con la suya, no va a cambiar toda mi vida sólo porque sabe que puede hacerlo y se le ha antojado.
La rabia empieza a invadir mi cerebro lentamente, pero decido guardármela para mañana, pienso canalizarla para lograr mi victoria en el partido y dejarle claro que se acabó. No pienso dejar que dirija mi vida nadie.
lunes, 14 de noviembre de 2011
Capítulo 19.
Mi casa vuelve a estar vacía. Abro la puerta y enciendo la luz del salón, del pasillo y de la cocina Pero aunque ahuyente la oscuridad, la soledad permanece instalada en mí.
Mi tripa se queja por no haber cenado nada. Al iniciarse la pelea no me dió tiempo de pedir ni una pizza y todas las emociones de la noche me han dado hambre.
Me pongo el pijama, me preparo un plato de pasta con salsa bolognesa y me acurruco en el sofá a ver una película que echan por la tele. Es la típica comedia romántica en la que todo va siempre genial, el chico es encantador y la chica adorablemente inocente. El instituto es divertido, todos cantan canciones pegadizas y siempre hay música romántica de fondo.
No consigo pillar demasiado bien el argumento, pero me distrae durante un rato, impidiendo que mi cabeza vuelva al tema de Eric y Michael.
De repente un ruido que no proviene de la película altera la quietud de la casa. Me incorporo con todos los sentidos alerta, como un gato alzando las orejas.
El ruido se repite. No identifico qué puede ser, pero sí de donde proviene: mi habitación.
Intento pensar en una explicación razonable para el ruido, pero ninguna me convence. Se repite una tercera vez y los pelos de mi nuca se erizan a la vez que mi respiración se acelera. Cojo un cuchillo de la cocina, bajo el volumen de la tele sin apagarla y voy subiendo con pasos cautelosos las escaleras que llevan al piso de arriba. A cada centímetro que me acerco a mi habitación mi corazón se acelera más. El pasillo está oscuro y no veo ni a un palmo de distancia, pero por suerte me conozco la casa a la perfección después de 16 años viviendo en ella. Llego por fin al umbral de la puerta e intento captar algún movimiento en la oscuridad. La única luz la proporciona la luna llena desde el cielo al colarse por la ventana abierta, iluminando tan solo un cuarto de la habitación.
Una sombra se desliza con rapidez al lado de la cama y yo alzo el cuchillo dispuesta a defenderme si es necesario. La sombra se mueve hasta llegar a los lindes del marco de iluminación, pero sigo sin poder distinguir sus rasgos. Mi corazón se acelera aun más, esperando a que dé tan solo un paso.
Y lo da.
-Baja eso, te vas a hacer daño-me dice, ya con el rostro iluminado.
Bajo el cuchillo con lentitud, estupefacta al descubrir la identidad de mi asaltador de morada.
-Eric, ¿cómo has entrado?
-La ventana estaba abierta-la señala, sentándose en el marco como si estuviese previendo una escapada rápida si las cosas se ponen feas para él.
Juraría que la había cerrado antes de irme, no soy de las que van dejando ventanas abiertas, pero también es posible que se me olvidase.
-¿Has venido a disculparte? Porque no es a mí a quien deberías pedir perdón-le digo cruzándome de brazos y colocándome instintivamente a la defensiva.
-No, esas no eran mis intenciones-me dice relajado.
-¿Y cuáles son?
Se baja de la ventana y se acerca a mí con lentitud. Las rodillas me empiezan a fallar, pero las ignoro y alzo la barbilla, desafiante. No va a conseguir intimidarme de nuevo. Se acabó eso de sentirme como una niña pequeña, inofensiva y vulnerable a su lado.
-Pedirte que te vayas.
Alzo una ceja con incredulidad. Acabo por soltar una carcajada sarcástica, al no tener muy claro cómo debo reaccionar ante esta afirmación.
-¿De mi propia casa?¿Debo recordarte que aquí eres tú el intruso?
-No me refiero de tu casa. Me refiero de la isla, o preferiblemente del país.
Mi tripa se queja por no haber cenado nada. Al iniciarse la pelea no me dió tiempo de pedir ni una pizza y todas las emociones de la noche me han dado hambre.
Me pongo el pijama, me preparo un plato de pasta con salsa bolognesa y me acurruco en el sofá a ver una película que echan por la tele. Es la típica comedia romántica en la que todo va siempre genial, el chico es encantador y la chica adorablemente inocente. El instituto es divertido, todos cantan canciones pegadizas y siempre hay música romántica de fondo.
No consigo pillar demasiado bien el argumento, pero me distrae durante un rato, impidiendo que mi cabeza vuelva al tema de Eric y Michael.
De repente un ruido que no proviene de la película altera la quietud de la casa. Me incorporo con todos los sentidos alerta, como un gato alzando las orejas.
El ruido se repite. No identifico qué puede ser, pero sí de donde proviene: mi habitación.
Intento pensar en una explicación razonable para el ruido, pero ninguna me convence. Se repite una tercera vez y los pelos de mi nuca se erizan a la vez que mi respiración se acelera. Cojo un cuchillo de la cocina, bajo el volumen de la tele sin apagarla y voy subiendo con pasos cautelosos las escaleras que llevan al piso de arriba. A cada centímetro que me acerco a mi habitación mi corazón se acelera más. El pasillo está oscuro y no veo ni a un palmo de distancia, pero por suerte me conozco la casa a la perfección después de 16 años viviendo en ella. Llego por fin al umbral de la puerta e intento captar algún movimiento en la oscuridad. La única luz la proporciona la luna llena desde el cielo al colarse por la ventana abierta, iluminando tan solo un cuarto de la habitación.
Una sombra se desliza con rapidez al lado de la cama y yo alzo el cuchillo dispuesta a defenderme si es necesario. La sombra se mueve hasta llegar a los lindes del marco de iluminación, pero sigo sin poder distinguir sus rasgos. Mi corazón se acelera aun más, esperando a que dé tan solo un paso.
Y lo da.
-Baja eso, te vas a hacer daño-me dice, ya con el rostro iluminado.
Bajo el cuchillo con lentitud, estupefacta al descubrir la identidad de mi asaltador de morada.
-Eric, ¿cómo has entrado?
-La ventana estaba abierta-la señala, sentándose en el marco como si estuviese previendo una escapada rápida si las cosas se ponen feas para él.
Juraría que la había cerrado antes de irme, no soy de las que van dejando ventanas abiertas, pero también es posible que se me olvidase.
-¿Has venido a disculparte? Porque no es a mí a quien deberías pedir perdón-le digo cruzándome de brazos y colocándome instintivamente a la defensiva.
-No, esas no eran mis intenciones-me dice relajado.
-¿Y cuáles son?
Se baja de la ventana y se acerca a mí con lentitud. Las rodillas me empiezan a fallar, pero las ignoro y alzo la barbilla, desafiante. No va a conseguir intimidarme de nuevo. Se acabó eso de sentirme como una niña pequeña, inofensiva y vulnerable a su lado.
-Pedirte que te vayas.
Alzo una ceja con incredulidad. Acabo por soltar una carcajada sarcástica, al no tener muy claro cómo debo reaccionar ante esta afirmación.
-¿De mi propia casa?¿Debo recordarte que aquí eres tú el intruso?
-No me refiero de tu casa. Me refiero de la isla, o preferiblemente del país.
domingo, 13 de noviembre de 2011
Capítulo 18.
Al final consigo meter a Michael en mi coche para llevarle a su casa. Pongo la radio bajita y le doy una toalla que llevo siempre en el maletero para que se seque un poco.
De camino a su casa Michael parece volver en sí y me mira avergonzado. Vuelve su tono dulce y su sonrisa generosa.
-Oye, Gab...-Mantengo los ojos fijos en la carretera a la espera de que continúe.-Siento todo lo que ha pasado; no sé qué me ha ocurrido, de verdad.
-P-pero...-intento decir. No me salen las palabras. Estoy tan confusa por todo lo que ha pasado que no sé ni qué decirle.-¿A qué ha venido el numerito?¿De qué conoces a Eric para juzgarle de ese modo?
Su sonrisa se borra y sus hombros se tensan. Me mira fijamente con los dientes apretados. Yo le devuelvo la mirada con preocupación. ¿Se va a poner así cada vez que nombre a Eric?¿Por qué le altera tanto?
-¿Qué ha pasado?-Su pregunta suena como una acusación. Yo pestañeo sin saber a qué se refiere.- Gabrielle, te conozco lo suficiente, tu cara es como un libro abierto. ¿Qué ha pasado entre Eric y tú?
Esa pregunta hace que se me abra la boca en un gesto de sincera sorpresa. ¿Cómo ha podido adivinarlo? Sé que no soy precisamente de las que su cara es como una máscara pero, ¿cómo ha podido adivinar algo así?
-N-no ha pasado nada-tartamudeo. Vuelvo a mirar a la carretera para que no pueda seguir mirándome a los ojos.
Oh, Dios mío, Gabrielle-murmura.-Entonces sí que ha pasado algo, ¿verdad?
Llegamos en ese momento a su casa y paro el coche, todavía sin mirarle. Ahora soy yo la que estoy avergonzada. Michael ha sido mi confidente desde que tenía doce años y él 16, y no he sido capaz de contarle lo que pasó hace una semana en la playa, después de que él me dijera que me alejase de Eric.
-Hace una semana, en la playa-le digo, intentando que lo adivine para no tener que contarle nada. No quiero decirlo en voz alta, no quiero reconocer lo humillante que fue.
-Dios, Gab...-su voz deja de ser tan dura, solo... decepcionada. Aunque eso lo hace aun más insoportable. Suspira y me atrae hacia él para abrazarme.
-Tenías razón, es un capullo-le digo, con la voz ahogada por su hombro.-Cometí un error.
Pero no le confieso que, aunque intento arrepentirme de lo que sucedió, ni por un instante he llegado a considerarlo una mala decisión. A pesar de que luego saliese corriendo, a pesar de que él no sintiese nada, a pesar de que estuviese mal.
-No, puede que no lo hicieses-dice Michael. Su tono es pensativo, como si estuviese recordando algo que le dijeron hacía tiempo.
-Tengo que irme a casa-le digo, separándome de él y volviendo a encender el motor. Michael sale de mi coche y, cuando entra a su casa y cierra la puerta, vuelvo a sentirme completamente sola.
Conduzco hacia mi casa, con los faros de mi coche iluminando la carretera. Tengo que pararme a la mitad del camino para no atropellar a un ciervo que cruza despistado la carretera. El animal se para al ser iluminado por mis faros y me mira. Yo le devuelvo al mirada y, como si quisiese asegurarme que me estoy volviendo loca, me guiña un ojo.
De camino a su casa Michael parece volver en sí y me mira avergonzado. Vuelve su tono dulce y su sonrisa generosa.
-Oye, Gab...-Mantengo los ojos fijos en la carretera a la espera de que continúe.-Siento todo lo que ha pasado; no sé qué me ha ocurrido, de verdad.
-P-pero...-intento decir. No me salen las palabras. Estoy tan confusa por todo lo que ha pasado que no sé ni qué decirle.-¿A qué ha venido el numerito?¿De qué conoces a Eric para juzgarle de ese modo?
Su sonrisa se borra y sus hombros se tensan. Me mira fijamente con los dientes apretados. Yo le devuelvo la mirada con preocupación. ¿Se va a poner así cada vez que nombre a Eric?¿Por qué le altera tanto?
-¿Qué ha pasado?-Su pregunta suena como una acusación. Yo pestañeo sin saber a qué se refiere.- Gabrielle, te conozco lo suficiente, tu cara es como un libro abierto. ¿Qué ha pasado entre Eric y tú?
Esa pregunta hace que se me abra la boca en un gesto de sincera sorpresa. ¿Cómo ha podido adivinarlo? Sé que no soy precisamente de las que su cara es como una máscara pero, ¿cómo ha podido adivinar algo así?
-N-no ha pasado nada-tartamudeo. Vuelvo a mirar a la carretera para que no pueda seguir mirándome a los ojos.
Oh, Dios mío, Gabrielle-murmura.-Entonces sí que ha pasado algo, ¿verdad?
Llegamos en ese momento a su casa y paro el coche, todavía sin mirarle. Ahora soy yo la que estoy avergonzada. Michael ha sido mi confidente desde que tenía doce años y él 16, y no he sido capaz de contarle lo que pasó hace una semana en la playa, después de que él me dijera que me alejase de Eric.
-Hace una semana, en la playa-le digo, intentando que lo adivine para no tener que contarle nada. No quiero decirlo en voz alta, no quiero reconocer lo humillante que fue.
-Dios, Gab...-su voz deja de ser tan dura, solo... decepcionada. Aunque eso lo hace aun más insoportable. Suspira y me atrae hacia él para abrazarme.
-Tenías razón, es un capullo-le digo, con la voz ahogada por su hombro.-Cometí un error.
Pero no le confieso que, aunque intento arrepentirme de lo que sucedió, ni por un instante he llegado a considerarlo una mala decisión. A pesar de que luego saliese corriendo, a pesar de que él no sintiese nada, a pesar de que estuviese mal.
-No, puede que no lo hicieses-dice Michael. Su tono es pensativo, como si estuviese recordando algo que le dijeron hacía tiempo.
-Tengo que irme a casa-le digo, separándome de él y volviendo a encender el motor. Michael sale de mi coche y, cuando entra a su casa y cierra la puerta, vuelvo a sentirme completamente sola.
Conduzco hacia mi casa, con los faros de mi coche iluminando la carretera. Tengo que pararme a la mitad del camino para no atropellar a un ciervo que cruza despistado la carretera. El animal se para al ser iluminado por mis faros y me mira. Yo le devuelvo al mirada y, como si quisiese asegurarme que me estoy volviendo loca, me guiña un ojo.
Capítulo 17.
La lluvia resbala por el rostro de Eric y le pega el pelo dorado a la frente. Mira a Michael con indiferencia y tranquilidad, como si le aburriese pelearse, o como si estuviese tan seguro de su victoria que no le preocupase en absoluto.
De fondo los rayos que cen desde el cielo animan la pelea como ángeles cayendo. La lluvia no cesa y cae cada vez con más fuerza, empapando toda nuestra ropa hasta convertirla en una segunda piel. El aparcamiento está resbaladizo y solitario, tan oscuro como la noche que nos rodea, exceptuando un par de focos que iluminan el imaginario ring de lucha.
Michael es el que lanza el primer puñetazo, un gancho de derecha directo a la barbilla de su contrincante. Pero nunca llega a impactar. Eric es más rápido y lo ve venir, apartándose a un lado.
-¡Para, Michel, para!-le chillo. Su rostro se ha convertido en una máscara de pura determinación. Parece que ni siquiera me oye a pesar de estar gritándole casi en el oído.
Georgine me aparta a un lado y yo la dejo, mirando todavía al hombre que parece mi entrenador aunque yo ya no le vea del mismo modo. ¿Dónde está mi Michael pacifista? ¿El Michael que no se mete en peleas, educado y buen chico? Se ha transformado por completo para dejar paso a un ángel vengador.
Muchael lanza otro puñetazo lleno de rabia. De repente Eric se aparta a un lado y le devuelve el golpe en plena mejilla, haciéndole trastabillar y caerse al suelo. Está tranquilo, como si apenas tuviese que mover un dedo. Un rayo vuelve a caer y veo la humillada expresión de Michael, que se frota la cara mirándole a los ojos desde el suelo, para luego ponerse en pie.
Michael se acerca a Eric para vengarse, quien prácticamente le invita a ir, quedándose quieto y componiendo un amago de sonrisa burlona.
Pero yo me pongo en medio de los dos antes de que vuelvan a empezar con los golpes. El pelo me chorrea por la espalda y está liso por el peso del agua. Parece que me haya tirado a una piscina con la ropa puesta. Por suerte hoy no llevo maquillaje que me pueda hacer parecer un mapache, aunque igualmente estoy horrible.
- Parad ya, los dos-les ordeno, girándome para mirar a Eric a los ojos. Pero Michael intenta apartarme de nuevo así que, dándole a él por perdido, me dirijo a Eric, que me mira por debajo de sus pestañas llenas de gotitas de lluvia.
-Eric, para esto-le pido, antes de hacerme a un lado. Sigue mirándome con sus increíbles ojos mientras Michael se acerca a él. No sé si no lo ve venir o le da igual, pero Michael por fin consigue acertarle en plena cara. Una sonrisa de triunfo ilumina la cara de mi entrenador, pero la de Eric no transmite siquiera dolor. Permanece impasible mientras me mira y se gira para irse con las manos en los bolsillos.
Georgine sale corriendo detrás de él, con los brazos alzados en señal de incredulidad. Solo llego a oir un par de frases, antes de que se pierdan en la oscuridad del aparcamiento.
-Pero ¿qué te pasa? ¿Tengo que demostrarte de otra manera lo que ella te hace?
No me paro a reflexionar sobre ello, sino que salgo corriendo a por Michael, que está sentado en el suelo intentando respirar hondo.
-Michael, ¿estás bien?-le pregunto preocupada. Le acaricio el pelo y llego a la mejilla. Aprieta los labios por el dolor y recuerdo que es ahí donde Eric le ha golpeado.
Él asiente con la mirada perdida en el asfalto. Yo sigo acariciándole el pelo con nerviosismo, evitando rozarle siquiera la mejilla. La lluvia sigue cayendo pero los truenos empiezan a alejarse. Eso debería ser tranquilizador, pero el silencio que la tormenta deja a su paso me aterroriza aún más.
De repente, al ver a Michael, empiezo a comprender que nunca le he conocido de verdad en estos cinco años que llevamos como amigos. Y ese pensamiento me hace sentir terriblemente sola, abandonada por un mundo que ni siquiera parece el mío.
De fondo los rayos que cen desde el cielo animan la pelea como ángeles cayendo. La lluvia no cesa y cae cada vez con más fuerza, empapando toda nuestra ropa hasta convertirla en una segunda piel. El aparcamiento está resbaladizo y solitario, tan oscuro como la noche que nos rodea, exceptuando un par de focos que iluminan el imaginario ring de lucha.
Michael es el que lanza el primer puñetazo, un gancho de derecha directo a la barbilla de su contrincante. Pero nunca llega a impactar. Eric es más rápido y lo ve venir, apartándose a un lado.
-¡Para, Michel, para!-le chillo. Su rostro se ha convertido en una máscara de pura determinación. Parece que ni siquiera me oye a pesar de estar gritándole casi en el oído.
Georgine me aparta a un lado y yo la dejo, mirando todavía al hombre que parece mi entrenador aunque yo ya no le vea del mismo modo. ¿Dónde está mi Michael pacifista? ¿El Michael que no se mete en peleas, educado y buen chico? Se ha transformado por completo para dejar paso a un ángel vengador.
Muchael lanza otro puñetazo lleno de rabia. De repente Eric se aparta a un lado y le devuelve el golpe en plena mejilla, haciéndole trastabillar y caerse al suelo. Está tranquilo, como si apenas tuviese que mover un dedo. Un rayo vuelve a caer y veo la humillada expresión de Michael, que se frota la cara mirándole a los ojos desde el suelo, para luego ponerse en pie.
Michael se acerca a Eric para vengarse, quien prácticamente le invita a ir, quedándose quieto y componiendo un amago de sonrisa burlona.
Pero yo me pongo en medio de los dos antes de que vuelvan a empezar con los golpes. El pelo me chorrea por la espalda y está liso por el peso del agua. Parece que me haya tirado a una piscina con la ropa puesta. Por suerte hoy no llevo maquillaje que me pueda hacer parecer un mapache, aunque igualmente estoy horrible.
- Parad ya, los dos-les ordeno, girándome para mirar a Eric a los ojos. Pero Michael intenta apartarme de nuevo así que, dándole a él por perdido, me dirijo a Eric, que me mira por debajo de sus pestañas llenas de gotitas de lluvia.
-Eric, para esto-le pido, antes de hacerme a un lado. Sigue mirándome con sus increíbles ojos mientras Michael se acerca a él. No sé si no lo ve venir o le da igual, pero Michael por fin consigue acertarle en plena cara. Una sonrisa de triunfo ilumina la cara de mi entrenador, pero la de Eric no transmite siquiera dolor. Permanece impasible mientras me mira y se gira para irse con las manos en los bolsillos.
Georgine sale corriendo detrás de él, con los brazos alzados en señal de incredulidad. Solo llego a oir un par de frases, antes de que se pierdan en la oscuridad del aparcamiento.
-Pero ¿qué te pasa? ¿Tengo que demostrarte de otra manera lo que ella te hace?
No me paro a reflexionar sobre ello, sino que salgo corriendo a por Michael, que está sentado en el suelo intentando respirar hondo.
-Michael, ¿estás bien?-le pregunto preocupada. Le acaricio el pelo y llego a la mejilla. Aprieta los labios por el dolor y recuerdo que es ahí donde Eric le ha golpeado.
Él asiente con la mirada perdida en el asfalto. Yo sigo acariciándole el pelo con nerviosismo, evitando rozarle siquiera la mejilla. La lluvia sigue cayendo pero los truenos empiezan a alejarse. Eso debería ser tranquilizador, pero el silencio que la tormenta deja a su paso me aterroriza aún más.
De repente, al ver a Michael, empiezo a comprender que nunca le he conocido de verdad en estos cinco años que llevamos como amigos. Y ese pensamiento me hace sentir terriblemente sola, abandonada por un mundo que ni siquiera parece el mío.
Capítulo 16.
-Eric, cariño, ¿qué vas a pedir?-le pregunta Georgine. El duelo de miradas continua incluso mientras Eric contesta.
-Se me ha quitado el hambre.-Tiene un tono bajo y oscuro que me pone la piel de gallina y me eriza el pelo de la nuca. Un trueno suena a lo lejos, una tormenta se avecina. Miro por la ventana extrañada, recordando el cielo azul completamente despejado cuando salía de casa.
Georgine continúa indiferente, pero el silencio incómodo que se establece en la mesa acaba aburriéndola.
-Gabrielle, mi abuela ha reservado una pista en Van der Meer mañana a las diez para nuestro partido.
-¿Un partido?-me pregunta Michael.
-¿Por qué no hacemos un partido de dobles?-se le ocurre a Eric.-Georgine y yo contra vosotros dos.
-De acuerdo-acepta Michael el reto. La conversación empieza a salirse de lo normal. Parece como si, en vez de estar retándose a un partido, se retasen a un duelo a vida o muerte.
Vuelve la oscura sonrisa de Eric. Debería decir que me asusta y me horroriza ese lado malvado, pero lo cierto es que su nueva actitud de chico malo me empuja aun más hacia él.
-Oye, Eric-vuelve a intervenir Georgine, tocándole el cuello de la camiseta.-¿Qué te parece si luego alargamos un poco más la velada tú y yo? Quiero bañarme en el mar.
Eric sonríe y se acerca lentamente a ella. Sé lo que va a hacer a continuación aunque intente negarlo en mi cabeza. Quiero cerrar los ojos e ignorar lo que está a punto de suceder, pero mi parte masoca me lo impide.
Eric besa a Georgine por fin, no sin antes lanzarme una mirada. Michael me mira, pero yo soy incapaz de mirarle, aunque consigo fingir que me da exactamente igual. Porque, realmente, ¿qué puedo hacer?¿Lanzarme al cuello de ambos e impedirles que sigan?¿Hacer una escena dramática agarrando mi bolso y corriendo al baño a llorar? No, no pienso hacer ninguna de las dos cosas. Levanto la cabeza con decisión y miro por la ventana como la lluvia cae. Pero la imagen de su beso se refleja en la ventana y no puedo evitar que mi ceño se frunza ligeramente por la decepción. Pero consigo recomponerme rápidamente antes de que Michel vea mi expresión.
Al final Eric y Georgine se separan. Georgine me mira con suficiencia, diciéndome con los ojos: "¿Te ha quedado ya claro que es mío?" Eric mira a Michael, que le devuelve la mirada apretando la mandíbula.
-¿De verdad teníais que hacerlo?-le pregunta.
-¿Te molesta?-dice Eric entrecerrando los ojos y sonriendo burlón.
-Sí. ¿Quieres arreglarlo fuera?-le amenaza.
-Encantado.
Los dos salen de la mesa y nos dejan, a una divertida Georgine y a mí, mirándoles.
-Michael, ¿qué haces?-voy corriendo tras él, intentando apelar a su sentido común. Le agarro del brazo, que mueve intentando soltarse con brusquedad.
-No te metas en esto, Gabrielle- dice con la mirada llena de decisión. Joder, tengo que detenerles. Georgine me agarra a mí del brazo y me gira hacia ella con brusquedad.
-Déjales, Gabrielle.- Les mira con los ojos llenos de diversión y una amplia sonrisa. Parece como si adorase ver pelear a dos tios, ¿qué la pasa?
Me suelto de su mano y sigo a Eric y a Michael. Ella pone los ojos en blanco con irritación, pero viene detrás.
-Se me ha quitado el hambre.-Tiene un tono bajo y oscuro que me pone la piel de gallina y me eriza el pelo de la nuca. Un trueno suena a lo lejos, una tormenta se avecina. Miro por la ventana extrañada, recordando el cielo azul completamente despejado cuando salía de casa.
Georgine continúa indiferente, pero el silencio incómodo que se establece en la mesa acaba aburriéndola.
-Gabrielle, mi abuela ha reservado una pista en Van der Meer mañana a las diez para nuestro partido.
-¿Un partido?-me pregunta Michael.
-¿Por qué no hacemos un partido de dobles?-se le ocurre a Eric.-Georgine y yo contra vosotros dos.
-De acuerdo-acepta Michael el reto. La conversación empieza a salirse de lo normal. Parece como si, en vez de estar retándose a un partido, se retasen a un duelo a vida o muerte.
Vuelve la oscura sonrisa de Eric. Debería decir que me asusta y me horroriza ese lado malvado, pero lo cierto es que su nueva actitud de chico malo me empuja aun más hacia él.
-Oye, Eric-vuelve a intervenir Georgine, tocándole el cuello de la camiseta.-¿Qué te parece si luego alargamos un poco más la velada tú y yo? Quiero bañarme en el mar.
Eric sonríe y se acerca lentamente a ella. Sé lo que va a hacer a continuación aunque intente negarlo en mi cabeza. Quiero cerrar los ojos e ignorar lo que está a punto de suceder, pero mi parte masoca me lo impide.
Eric besa a Georgine por fin, no sin antes lanzarme una mirada. Michael me mira, pero yo soy incapaz de mirarle, aunque consigo fingir que me da exactamente igual. Porque, realmente, ¿qué puedo hacer?¿Lanzarme al cuello de ambos e impedirles que sigan?¿Hacer una escena dramática agarrando mi bolso y corriendo al baño a llorar? No, no pienso hacer ninguna de las dos cosas. Levanto la cabeza con decisión y miro por la ventana como la lluvia cae. Pero la imagen de su beso se refleja en la ventana y no puedo evitar que mi ceño se frunza ligeramente por la decepción. Pero consigo recomponerme rápidamente antes de que Michel vea mi expresión.
Al final Eric y Georgine se separan. Georgine me mira con suficiencia, diciéndome con los ojos: "¿Te ha quedado ya claro que es mío?" Eric mira a Michael, que le devuelve la mirada apretando la mandíbula.
-¿De verdad teníais que hacerlo?-le pregunta.
-¿Te molesta?-dice Eric entrecerrando los ojos y sonriendo burlón.
-Sí. ¿Quieres arreglarlo fuera?-le amenaza.
-Encantado.
Los dos salen de la mesa y nos dejan, a una divertida Georgine y a mí, mirándoles.
-Michael, ¿qué haces?-voy corriendo tras él, intentando apelar a su sentido común. Le agarro del brazo, que mueve intentando soltarse con brusquedad.
-No te metas en esto, Gabrielle- dice con la mirada llena de decisión. Joder, tengo que detenerles. Georgine me agarra a mí del brazo y me gira hacia ella con brusquedad.
-Déjales, Gabrielle.- Les mira con los ojos llenos de diversión y una amplia sonrisa. Parece como si adorase ver pelear a dos tios, ¿qué la pasa?
Me suelto de su mano y sigo a Eric y a Michael. Ella pone los ojos en blanco con irritación, pero viene detrás.
sábado, 12 de noviembre de 2011
Capítulo 15.
Aparezco el sábado cómo había prometido muy al pesar de Georgine. Están en una fuente a la entrada de la playa, donde un montón de niños ríen y juegan yendo de chorro en chorro de agua.
Georgine está enrollándose un mechón de su pelo y luego soltándolo mientras pestañea descaradamente. Eric apenas la mira, observando con una expresión pensativa y sombría a los niños. Una niña se le queda mirando y se para delante de él.
-¿Qué miras?-le pregunta con curiosidad. Eric repara en ella y la mira desde arriba, dándome la espalda. Pero antes de que se gire puedo ver como una lenta sonrisa aparece en su cara.. Una sonrisa que no me da buena espina.
-¿No te han dicho nunca tus padres que no debes hablar con desconocidos?-la preguntó. Cuando la niña se encogió de hombros, Eric añadió en un susurro amenazante:- Podrían ser personas malas, acabarías haciéndote daño...
De repente la niña parece asustada. Empieza a hacer pucheros, a punto de llorar. Acaba corriendo nerviosa y buscando a sus padres.
Me paro un momento con curiosidad. Eric vuelve a girarse y puedo ver todas sus facciones, que observan todo impasibles y con dureza. Georgine comienza a reirse a carcajadas.
-Vaya, Eric, pensaba que habías perdido facultades, pero...
Georgine no acaba la frase, porque en ese momento Eric advierte mi presencia y ella, siguiendo su mirada, también me ve. Viendo que ya no me queda otra, me acerco a ellos fingiendo normalidad, como si no les hubiese estado escuchando.
-Gabrielle, has venido por fin-me dice Georgine con una nota tirante. Eric no dice nada, se limita a mirar de arriba abajo el vestido verde veraniego que llevo.
Empezamos a caminar de tienda en tienda mientras Georgine va vaciando su tarjeta de crédito. Eric lleva sus bolsas como un perfecto caballero, mientras yo aguanto los pesados flirteos de Georgine.
Dan las siete de la tarde y decidimos cenar en el Frosty Frog. Georgine se sienta muy pegada al lado de Eric, que permanece indiferente mientras mira el menú. Mi cara, que transmite mi desidia, cambia en un segundo cuando oigo un familiar:
-¡Gab!
Michael me mira con sorpresa de pie al lado de mi mesa.
-¡Michael! ¿Qué haces aquí?
-Vengo a recoger unas pizzas.
-Siéntate-le pido, haciéndole un hueco a mi lado.-Georgine, Eric: este es Michael-les presento.
Georgine mira a Michael con desdén, sin saludarle siquiera. Con una mueca de superioridad se pone a leer el menú, ignorándole.
Pero cuando las miradas de Michael y Eric se encuentran es como si en alguna parte del mundo una batalla hubiese estallado. Eric no oculta su odio a Michael, que hace exactamente lo mismo.
-¿De qué os conocéis?-pregunta Eric.
-Michael es mi entrenador en Van der Meer y mi amigo desde hace años-contesto yo.
Michael me mira y sé perfectamente lo que me quiere decir: "¿qué haces con él?". Pero no lo comprendo es obvio que Michael y Eric no se conocían de antes, pero en la mirada de ambos hay un rastro de reconocimiento que no llego a entender. Como si se hubiesen encontrado en otra vida.
Entonces recuerdo la advertencia de Michael la primera vez que le pregunté por Eric "no te conviene, Gabrielle. Aléjate de él".
Georgine está enrollándose un mechón de su pelo y luego soltándolo mientras pestañea descaradamente. Eric apenas la mira, observando con una expresión pensativa y sombría a los niños. Una niña se le queda mirando y se para delante de él.
-¿Qué miras?-le pregunta con curiosidad. Eric repara en ella y la mira desde arriba, dándome la espalda. Pero antes de que se gire puedo ver como una lenta sonrisa aparece en su cara.. Una sonrisa que no me da buena espina.
-¿No te han dicho nunca tus padres que no debes hablar con desconocidos?-la preguntó. Cuando la niña se encogió de hombros, Eric añadió en un susurro amenazante:- Podrían ser personas malas, acabarías haciéndote daño...
De repente la niña parece asustada. Empieza a hacer pucheros, a punto de llorar. Acaba corriendo nerviosa y buscando a sus padres.
Me paro un momento con curiosidad. Eric vuelve a girarse y puedo ver todas sus facciones, que observan todo impasibles y con dureza. Georgine comienza a reirse a carcajadas.
-Vaya, Eric, pensaba que habías perdido facultades, pero...
Georgine no acaba la frase, porque en ese momento Eric advierte mi presencia y ella, siguiendo su mirada, también me ve. Viendo que ya no me queda otra, me acerco a ellos fingiendo normalidad, como si no les hubiese estado escuchando.
-Gabrielle, has venido por fin-me dice Georgine con una nota tirante. Eric no dice nada, se limita a mirar de arriba abajo el vestido verde veraniego que llevo.
Empezamos a caminar de tienda en tienda mientras Georgine va vaciando su tarjeta de crédito. Eric lleva sus bolsas como un perfecto caballero, mientras yo aguanto los pesados flirteos de Georgine.
Dan las siete de la tarde y decidimos cenar en el Frosty Frog. Georgine se sienta muy pegada al lado de Eric, que permanece indiferente mientras mira el menú. Mi cara, que transmite mi desidia, cambia en un segundo cuando oigo un familiar:
-¡Gab!
Michael me mira con sorpresa de pie al lado de mi mesa.
-¡Michael! ¿Qué haces aquí?
-Vengo a recoger unas pizzas.
-Siéntate-le pido, haciéndole un hueco a mi lado.-Georgine, Eric: este es Michael-les presento.
Georgine mira a Michael con desdén, sin saludarle siquiera. Con una mueca de superioridad se pone a leer el menú, ignorándole.
Pero cuando las miradas de Michael y Eric se encuentran es como si en alguna parte del mundo una batalla hubiese estallado. Eric no oculta su odio a Michael, que hace exactamente lo mismo.
-¿De qué os conocéis?-pregunta Eric.
-Michael es mi entrenador en Van der Meer y mi amigo desde hace años-contesto yo.
Michael me mira y sé perfectamente lo que me quiere decir: "¿qué haces con él?". Pero no lo comprendo es obvio que Michael y Eric no se conocían de antes, pero en la mirada de ambos hay un rastro de reconocimiento que no llego a entender. Como si se hubiesen encontrado en otra vida.
Entonces recuerdo la advertencia de Michael la primera vez que le pregunté por Eric "no te conviene, Gabrielle. Aléjate de él".
miércoles, 26 de octubre de 2011
Capítulo 14.
Sus labios rozan los míos con suavidad, un leve beso que me deja con ganas de más. Al contacto, una corriente eléctrica recorre mi boca, extendiéndose después por todo mi cuerpo. Echo la cabeza hacia atrás buscando su boca. Él me agarra de la nuca para atraer su cara a la mía y pone la otra mano en mi espalda, causando otra descarga al notar su piel contra la mía. Pega sus labios a los míos y me besa lentamente, con dulzura.
Por primera vez en mi vida siento que todo va bien, que no tengo que temerle a nada, que el mundo es un lugar bonito al fin y al cabo. Siento que si el cielo existe realmente debo hallarme en él, que si estiro una mano puedo tocar una estrella.
Pero de repente Eric se tensa y me agarra con más fuerza, pegando mi cara y mi cuerpo contra él. El beso se vuelve rápido, casi desesperado. Como si estuviese mal y nos fuesen a castigar por ello, pero aún así quisiese seguir adelante y desafiar al universo entero. Como si, de quedar un solo trozo de nuestro cuerpo que no esté en contacto, fuesemos a morir. Como si hubiese esperado la eternidad entera para tenerme entre sus brazos y su sueño se hubiese vuelto realidad. Como si tuviese miedo de que sea una ilusión que se escape entre sus dedos si no me mantiene junto a él. Como si no hubiese ayer, ni hoy, ni mañana; solo este instante, solo la eternidad.
Nos separamos al final entre jadeos. Él me mira a los ojos y se aparta lentamente de mí. Antes de que se gire para volver a mirar al mar puedo ver en sus facciones un rastro de... ¿culpabilidad? Susurra algo que no consigo entender y se queda inmóvil con los puños apretados y la vista y la mente más allá de la playa. Miró en la misma dirección y me parece ver la sombra de algo en el mar, poco iluminada a pesar de que el brillo de la luna incide directamente sobre ella. Pero en el instante que dura un parpadero, desaparece. Un escalofrío pasa por mi cuerpo, antes de autoconvencerme de que ha sido sólo una ilusión provocada por la historia de Eric. ¿Quién en su sano juicio se creería una leyenda de esa clase?¿Piratas, demonio, caminos en el mar?
Eric sigue sin mirarme. Aprieta la mandíbula y, sin decir una palabra, se gira y sale de la caseta. Ni siquiera me he levantado de la camilla cuando él ha llegado al parking y ha desaparecido entre las sombras. Me quedo en la caseta, anonadada y confusa, intentando encontrar en mi cabeza la causa de su repentina marcha. Después de quedarme ahí diez minutos con la esperanza de que vuelva y me diga que era una broma, acabo dejando la toalla doblada y marchándome a casa en mi coche. Son las once de la noche y los bares están iluminados.
No entiendo qué ha sucedido, qué falla en mí o qué le pasa a él. ¿Hará eso con todas? ¿Las besará y saldrá corriendo? Porque si se cree que voy a ser como todas las demás está muy equivocado. No pienso dejar que juegue conmigo y me maneje a su antojo.
¿Va a ser siempre así? ¿Se acercará a mí, se asustará y a continuación huirá? No, desde luego que no. Cree que esto es un juego, que él establece las normas y yo las voy a seguir, deseosa de encontrarle al final del laberinto y hundiéndome cuando no esté. Se piensa que todo va a ser fácil, yo seré sumisa y él pasará un buen rato, ¿no? Porque en todo esto el que se tiene que divertir es él, a costa de las demás, pisoteándole el corazón a todas y saltando en los charcos de sus lágrimas.
Bueno, pues aquí empieza el juego. Pienso saltarme todas y cada una de las normas. Y seré yo la que no esté al final del laberinto.
Por primera vez en mi vida siento que todo va bien, que no tengo que temerle a nada, que el mundo es un lugar bonito al fin y al cabo. Siento que si el cielo existe realmente debo hallarme en él, que si estiro una mano puedo tocar una estrella.
Pero de repente Eric se tensa y me agarra con más fuerza, pegando mi cara y mi cuerpo contra él. El beso se vuelve rápido, casi desesperado. Como si estuviese mal y nos fuesen a castigar por ello, pero aún así quisiese seguir adelante y desafiar al universo entero. Como si, de quedar un solo trozo de nuestro cuerpo que no esté en contacto, fuesemos a morir. Como si hubiese esperado la eternidad entera para tenerme entre sus brazos y su sueño se hubiese vuelto realidad. Como si tuviese miedo de que sea una ilusión que se escape entre sus dedos si no me mantiene junto a él. Como si no hubiese ayer, ni hoy, ni mañana; solo este instante, solo la eternidad.
Nos separamos al final entre jadeos. Él me mira a los ojos y se aparta lentamente de mí. Antes de que se gire para volver a mirar al mar puedo ver en sus facciones un rastro de... ¿culpabilidad? Susurra algo que no consigo entender y se queda inmóvil con los puños apretados y la vista y la mente más allá de la playa. Miró en la misma dirección y me parece ver la sombra de algo en el mar, poco iluminada a pesar de que el brillo de la luna incide directamente sobre ella. Pero en el instante que dura un parpadero, desaparece. Un escalofrío pasa por mi cuerpo, antes de autoconvencerme de que ha sido sólo una ilusión provocada por la historia de Eric. ¿Quién en su sano juicio se creería una leyenda de esa clase?¿Piratas, demonio, caminos en el mar?
Eric sigue sin mirarme. Aprieta la mandíbula y, sin decir una palabra, se gira y sale de la caseta. Ni siquiera me he levantado de la camilla cuando él ha llegado al parking y ha desaparecido entre las sombras. Me quedo en la caseta, anonadada y confusa, intentando encontrar en mi cabeza la causa de su repentina marcha. Después de quedarme ahí diez minutos con la esperanza de que vuelva y me diga que era una broma, acabo dejando la toalla doblada y marchándome a casa en mi coche. Son las once de la noche y los bares están iluminados.
No entiendo qué ha sucedido, qué falla en mí o qué le pasa a él. ¿Hará eso con todas? ¿Las besará y saldrá corriendo? Porque si se cree que voy a ser como todas las demás está muy equivocado. No pienso dejar que juegue conmigo y me maneje a su antojo.
¿Va a ser siempre así? ¿Se acercará a mí, se asustará y a continuación huirá? No, desde luego que no. Cree que esto es un juego, que él establece las normas y yo las voy a seguir, deseosa de encontrarle al final del laberinto y hundiéndome cuando no esté. Se piensa que todo va a ser fácil, yo seré sumisa y él pasará un buen rato, ¿no? Porque en todo esto el que se tiene que divertir es él, a costa de las demás, pisoteándole el corazón a todas y saltando en los charcos de sus lágrimas.
Bueno, pues aquí empieza el juego. Pienso saltarme todas y cada una de las normas. Y seré yo la que no esté al final del laberinto.
Capítulo 13.
Noto como me arde la cara ante su descarada petición. Debo de estar colorada, pero espero que con la poca luz que hay en la cabaña no lo haya notado.
¿Cómo le voy a decir que no, cuando me mira con esos dos pedazos de cielo?
-De acuerdo-murmuro.
Me siento de nuevo en la camilla y me vuelvo a cubrir todo el cuerpo con la toalla.
Eric no dice una palabra. Mira al mar con actitud relajada mientras come.
Nos quedamos así, sin hablar durante un rato, hasta que por fin él abre la boca para decirme señalando al mar:
-¿Ves la estela que dibuja la luna en el mar? Hay leyendas que dicen que es un camino luminoso que lleva al cielo. Otras dicen que es el camino que siguió un famoso pirata. Y lo más sorprendente es que las dos tienen razón.
Yo le escucho como hipnotizada por su voz. Y al ver que no continúa le pregunto:
-¿A qué te refieres?
Él continua con su historia sin mirarme, como si yo no estuviese y hablase para sí mismo.
-Dicen que el pirata Aamon navega por estas tierras. De hecho, se dice que nació aquí mismo, en esta playa, y de ahí venía su gran afición al mar. Dicen que se embarcó para pasar toda la eternidad saqueando a cualquier barco que se atreva a hacerse a la mar cuando haya tormenta. Cuenta la leyenda que su barco estaba lleno de horrorres... Y de promesas. La eternidad, la juventud, la belleza... Deseos inútiles que tendrás que pagar con un precio demasiado caro. Los piratas más sanguinarios del mundo, el mal en estado puro. Ni el mismo Holandés Errante se atrevió jamás a hacerle cara. Y en él viajaban las mujeres más hermosas, y las más crueles. Sirenas traicioneras capaces de arrancarte la vida sin pestañear. Se dice que cuando hay tormenta y en las noches más oscuras se puede ver su sucio y raído barco, casi tan negro como su corazón, navegando cerca de las rocas. Esperando cualquier barco despistado al que poder saquear. Y si le ves venir lo mejor que te puede ocurrir es que mueras ahogado antes de verle la cara al capitán. Porque si te atrapan como prisionero... Ni la muerte podrá librarte del castigo que supondría.
Algo en su tono, perdido y lejano, me hace estremecer.
-Porque Aamon no es solo un pirata-continúa en un susurro, como si estuviese desvelándome un secreto prohibido.- Es uno de los tres demonios al servicio de Satachia, también conocido como Mammon. Su nombre significa riquezas, induce a la avaricia. Dicen que al embarcarse fue marcando tras de sí con sangre de ángel el camino al cielo. Un camino que ni un loco seguiría. Lleno de trampas, de demonios y ángeles corrompidos. Con mujeres que intentan conducirte al fondo del mar. Es un demonio realmente astuto, desde luego. Y más vale que jamás te lo encuentres de cara o desearás morir. Y es duro querer morir y no poder. Una eternidad de sufrimientos se hace muy larga, créeme.
Habla con amargura, como si hubiese tenido que resignarse a un oscuro destino y no pudiese escapar.
Se gira hacia mí con una sonrisa que indica peligro. Se levanta de la silla y se acerca a mí con un par de uvas en la mano. Demasiado cerca. Mi corazón empieza a dar saltos en mi pecho y yo deseo que no advierta lo nerviosa que estoy.
-Lo siento. Debo estar aburriéndote con historias absurdas-me dice en un susurro.-Seguro que cuando te he dicho que te quedases te imaginabas otra cosa.
Yo no le contesto y miro la palma de su mano donde están las uvas. Le abro el puño y le cojo las dos uvas. Están muy dulces y frías. Él se ríe y se inclina hacia mí. Cada vez está más cerca y cada vez mi corazón late más rápido, con expectación.
¿Cómo le voy a decir que no, cuando me mira con esos dos pedazos de cielo?
-De acuerdo-murmuro.
Me siento de nuevo en la camilla y me vuelvo a cubrir todo el cuerpo con la toalla.
Eric no dice una palabra. Mira al mar con actitud relajada mientras come.
Nos quedamos así, sin hablar durante un rato, hasta que por fin él abre la boca para decirme señalando al mar:
-¿Ves la estela que dibuja la luna en el mar? Hay leyendas que dicen que es un camino luminoso que lleva al cielo. Otras dicen que es el camino que siguió un famoso pirata. Y lo más sorprendente es que las dos tienen razón.
Yo le escucho como hipnotizada por su voz. Y al ver que no continúa le pregunto:
-¿A qué te refieres?
Él continua con su historia sin mirarme, como si yo no estuviese y hablase para sí mismo.
-Dicen que el pirata Aamon navega por estas tierras. De hecho, se dice que nació aquí mismo, en esta playa, y de ahí venía su gran afición al mar. Dicen que se embarcó para pasar toda la eternidad saqueando a cualquier barco que se atreva a hacerse a la mar cuando haya tormenta. Cuenta la leyenda que su barco estaba lleno de horrorres... Y de promesas. La eternidad, la juventud, la belleza... Deseos inútiles que tendrás que pagar con un precio demasiado caro. Los piratas más sanguinarios del mundo, el mal en estado puro. Ni el mismo Holandés Errante se atrevió jamás a hacerle cara. Y en él viajaban las mujeres más hermosas, y las más crueles. Sirenas traicioneras capaces de arrancarte la vida sin pestañear. Se dice que cuando hay tormenta y en las noches más oscuras se puede ver su sucio y raído barco, casi tan negro como su corazón, navegando cerca de las rocas. Esperando cualquier barco despistado al que poder saquear. Y si le ves venir lo mejor que te puede ocurrir es que mueras ahogado antes de verle la cara al capitán. Porque si te atrapan como prisionero... Ni la muerte podrá librarte del castigo que supondría.
Algo en su tono, perdido y lejano, me hace estremecer.
-Porque Aamon no es solo un pirata-continúa en un susurro, como si estuviese desvelándome un secreto prohibido.- Es uno de los tres demonios al servicio de Satachia, también conocido como Mammon. Su nombre significa riquezas, induce a la avaricia. Dicen que al embarcarse fue marcando tras de sí con sangre de ángel el camino al cielo. Un camino que ni un loco seguiría. Lleno de trampas, de demonios y ángeles corrompidos. Con mujeres que intentan conducirte al fondo del mar. Es un demonio realmente astuto, desde luego. Y más vale que jamás te lo encuentres de cara o desearás morir. Y es duro querer morir y no poder. Una eternidad de sufrimientos se hace muy larga, créeme.
Habla con amargura, como si hubiese tenido que resignarse a un oscuro destino y no pudiese escapar.
Se gira hacia mí con una sonrisa que indica peligro. Se levanta de la silla y se acerca a mí con un par de uvas en la mano. Demasiado cerca. Mi corazón empieza a dar saltos en mi pecho y yo deseo que no advierta lo nerviosa que estoy.
-Lo siento. Debo estar aburriéndote con historias absurdas-me dice en un susurro.-Seguro que cuando te he dicho que te quedases te imaginabas otra cosa.
Yo no le contesto y miro la palma de su mano donde están las uvas. Le abro el puño y le cojo las dos uvas. Están muy dulces y frías. Él se ríe y se inclina hacia mí. Cada vez está más cerca y cada vez mi corazón late más rápido, con expectación.
Capítulo 12.
Me despierto con el ruido de un sonido intermitente. Abro los ojos e intento incorporarme, pero un fuerte dolor de cabeza me convence de que estoy mejor tumbada. El sonido intermitente sigue y yo miro alrededor. Estoy en la caseta del vigilante, tumbada en la camilla y con una toalla cubriéndome el cuerpo. Alguien debe habérmela tendido por encima.
Es de noche y la cabaña está tenuemente iluminada por la luz de la luna y una farola que hay fuera. Eric está en la silla repantingado, observándome con interés mientras se lleva algo a la boca. Son uvas moradas, mis favoritas. Su pie se balancea, golpeando la pared de madera con el talón, en un ritmo lento. Ese es el ruido que me ha despertado.
-¿Qué hago aquí?-le pregunto. Mi voz suena un poco ronca y me la aclaro con un carraspeo.
-Dormir-me contesta.-Te golpeaste con una roca.
Entonces lo recuerdo todo. Intenté salvar a un niño que se ahogaba. Me incorporo de golpe, asustada por la idea de que se haya ahogado al fin y al cabo. Mi cabeza protesta con un agudo pinchazo, pero la ignoro.
-¿Y el niño?-le pregunto con el corazón a mil por hora.
-¿Qué niño?-dice con tranquilidad. Me está intentando martirizar para que me sienta mal.
-El niño que se estaba ahogando.
-Con su madre-me tranquiliza. Entonces me doy cuenta de lo que ha sucedido.
-Iba a morir-le digo en voz baja, mirando a la realidad de cara.-Me golpeé en la cabeza con una roca. Tú... ¿Tú me salvaste?
Le miro a los ojos y él me devuelve la mirada. Es la única vez que no hay rastro de burla en sus ojos. Es evidente que no quiere recordar lo que hizo. Como si hubiese sido un error pero no se arrepintiese. Como si de algún modo hubiese desafiado al mundo rescatándome y estuviese esperando el castigo con la cabeza bien alta.
-Y salvaste también al niño.
Nos quedamos en silencio y él sigue comiendo uvas con indiferencia, como si no le importase haberle salvado la vida a dos personas.
-Cuestión de conciencia. Lo que yo decía-le digo. Aunque en realidad no entiendo demasiado bien por qué. Él no quería salvar al niño, pero nos ha acabado salvando a los dos.
Seguimos en silencio y yo miro el reloj que cuelga de la pared. Las diez de la noche. Debería volver ya a casa. Recojo mi bolsa y me deshago de la toalla que me ha tendido Eric por encima, bajo su atenta mirada.
-Tengo que irme.-Él sigue mirándome mientras se lleva otra uva a la boca.-Gracias.
No dice nada y yo me giro para salir. Pero al dar un paso me agarra de la mano y tira de mí con fuerza y suavidad a la vez, de manera que quedo muy cerca de él. Me mira desde abajo sentado en la silla. Y a pesar de estar más alta que él, siento que sigo sin tener el control de la situación.
Su mirada se clava en mis ojos, provocándome un agradable escalofrío que ahuyenta por un instante el martirio de mi cabeza. Sus ojos azules me recuerdan al tormentoso mar que casi se lleva mi vida. Pero no me asusta, sino que me atrae aún más.
Encuentro sus ojos como torturados. Como si estuviese saltándose las reglas de un juego que no está bajo su control. Pero una pared me impide seguir leyendo en sus ojos. Una pared que oculta un secreto inconfesable.
-Quédate-me pide en un susurro.-Quédate conmigo esta noche.
Es de noche y la cabaña está tenuemente iluminada por la luz de la luna y una farola que hay fuera. Eric está en la silla repantingado, observándome con interés mientras se lleva algo a la boca. Son uvas moradas, mis favoritas. Su pie se balancea, golpeando la pared de madera con el talón, en un ritmo lento. Ese es el ruido que me ha despertado.
-¿Qué hago aquí?-le pregunto. Mi voz suena un poco ronca y me la aclaro con un carraspeo.
-Dormir-me contesta.-Te golpeaste con una roca.
Entonces lo recuerdo todo. Intenté salvar a un niño que se ahogaba. Me incorporo de golpe, asustada por la idea de que se haya ahogado al fin y al cabo. Mi cabeza protesta con un agudo pinchazo, pero la ignoro.
-¿Y el niño?-le pregunto con el corazón a mil por hora.
-¿Qué niño?-dice con tranquilidad. Me está intentando martirizar para que me sienta mal.
-El niño que se estaba ahogando.
-Con su madre-me tranquiliza. Entonces me doy cuenta de lo que ha sucedido.
-Iba a morir-le digo en voz baja, mirando a la realidad de cara.-Me golpeé en la cabeza con una roca. Tú... ¿Tú me salvaste?
Le miro a los ojos y él me devuelve la mirada. Es la única vez que no hay rastro de burla en sus ojos. Es evidente que no quiere recordar lo que hizo. Como si hubiese sido un error pero no se arrepintiese. Como si de algún modo hubiese desafiado al mundo rescatándome y estuviese esperando el castigo con la cabeza bien alta.
-Y salvaste también al niño.
Nos quedamos en silencio y él sigue comiendo uvas con indiferencia, como si no le importase haberle salvado la vida a dos personas.
-Cuestión de conciencia. Lo que yo decía-le digo. Aunque en realidad no entiendo demasiado bien por qué. Él no quería salvar al niño, pero nos ha acabado salvando a los dos.
Seguimos en silencio y yo miro el reloj que cuelga de la pared. Las diez de la noche. Debería volver ya a casa. Recojo mi bolsa y me deshago de la toalla que me ha tendido Eric por encima, bajo su atenta mirada.
-Tengo que irme.-Él sigue mirándome mientras se lleva otra uva a la boca.-Gracias.
No dice nada y yo me giro para salir. Pero al dar un paso me agarra de la mano y tira de mí con fuerza y suavidad a la vez, de manera que quedo muy cerca de él. Me mira desde abajo sentado en la silla. Y a pesar de estar más alta que él, siento que sigo sin tener el control de la situación.
Su mirada se clava en mis ojos, provocándome un agradable escalofrío que ahuyenta por un instante el martirio de mi cabeza. Sus ojos azules me recuerdan al tormentoso mar que casi se lleva mi vida. Pero no me asusta, sino que me atrae aún más.
Encuentro sus ojos como torturados. Como si estuviese saltándose las reglas de un juego que no está bajo su control. Pero una pared me impide seguir leyendo en sus ojos. Una pared que oculta un secreto inconfesable.
-Quédate-me pide en un susurro.-Quédate conmigo esta noche.
Capítulo 11.
-¿Así es como rellenas tu cupo de buenas acciones?-le pregunto desde la puerta.
Lleva una camiseta blanca de tirantes propia de un socorrista que le sienta realmente bien. Realza su moreno y sus brazos parecen más fuertes. Debajo lleva un bañador rojo que debe ser su uniforme.
-Estoy a punto de dejar de ser tan buena persona-dice dándome un lento repaso.
En ese momento me doy cuenta de que estoy en bañador, chorreando agua por todas partes y llena de arena. Me tapo con los brazos como puedo y él me tiende una toalla blanca de socorrista, acompañada por una sonrisa burlona. Yo la agarro con brusquedad y me tapo con ella como si fuese una manta.
Me aclaro la garganta intentando aclararme para decirle:
-Me ha picado una medusa.
Le enseño el gemelo hinchado y me hace sentarme en una camilla que hay contra la pared. Él se pone en cuclillas y me observa el gemelo. Acaba untándome una pomada y me impide bañarme en un día por lo menos. Me pide que me quede un rato sentada en la camilla mientras descanso el gemelo.
-¿Trabajas siempre aquí?-intento entablar conversación.
-Solo durante una temporada.
En ese momento una sensación extraña se apodera de mi estómago. Lo achaco a la falta de alimento y sigo preguntándole:
-¿Por qué este trabajo?
-No lo sé-me contesta. Pero en sus ojos leo que tiene razones, aunque revelarlas sería una estupidez por su parte. Me pregunto cuales son. Es siempre tan misterioso... Aunque quizá sea eso lo que le hace tan peligrosamente atractivo.
-Puede que al fin y al cabo seas buena persona y quieras proteger a la gente-le sugiero.
Eso le hace reir de veras.
-No, no es por eso.
-Pues yo creo que es cuestión de conciencia-concluyo.
Estoy planteándome la idea de venir más a menudo a la playa, cuando por el rabillo del ojo advierto movimiento. Me fijo más en el mar con la corazonada de que algo va mal, muy mal.
Y no me equivoco.
Lejos de la orilla hay alguien luchando por salir a la superficie y con los brazos en alto, agitándolos con violencia.
-¡Alguien se está ahogando!-grito, histérica. Eric mira con indiferencia al mar y sigue a lo suyo.-¡Tienes que ayudarle!-le ordeno. Él me mira y no hace ningún ademán de levantarse de su silla para salvarle. Sin embargo, hace una mueca de aburrimiento, como si yo no entendiese que ese no es su deber. Pero claro que es su deber, ¿no? ¡Es el vigilante de la playa!
Sin tiempo de pensar siquiera salgo corriendo hacia el agua. Por la adrenalina del momento no noto ni el dolor de mi gemelo. Me meto en el agua lo más rápido que puedo y nado hacia el niño que se ahoga con toda la fuerza que puedo. Oigo sus gritos pidiendo ayuda, interferidos de vez en cuando por el agua que traga. Sus brazos se mueven en el aire intentando que le vea alguien. Cuando estoy a punto de llegar a él, se hunde en el agua. Yo nado hacia donde creo haberle visto por última vez y me sumerjo. Consigo agarrarle la mano y hago fuerzas para sacarle a la superficie. Casi lo he conseguido, cuando soy yo la que se hunde, arrastrada por la corriente. Doy patadas en el agua intentando mantenerme a flote, pero mi gemelo elige ese momento para fallarme y me quedo sin fuerzas. Intento nadar luchando contra la corriente, pero tengo que arrastrar al niño por la mano y es muy pesado. No, no le puedo soltar. No podría llevar eso toda mi vida en la conciencia. Trato de subirlo a la superficie pero no tengo fuerzas suficientes. La corriente me arrastra de un lado a otro con violencia, como una niña caprichosa jugando con una vieja muñeca. Yo acabo rindiéndome y dejando que me arrastre hacia las rocas.
Se acabó. Será bonito morir intentando salvar a otra persona. Moriré al menos con la conciencia tranquila. Lo único que siento es no poder salvarle y que tengamos que morir los dos.
Cierro los ojos y lanzo una última plegaria a Dios mientras las rocas se van acercando más y más. Noto como mi cabeza colisiona contra algo muy duro, cortándome la respiración.
Y de pronto, nada más que oscuridad.
Lleva una camiseta blanca de tirantes propia de un socorrista que le sienta realmente bien. Realza su moreno y sus brazos parecen más fuertes. Debajo lleva un bañador rojo que debe ser su uniforme.
-Estoy a punto de dejar de ser tan buena persona-dice dándome un lento repaso.
En ese momento me doy cuenta de que estoy en bañador, chorreando agua por todas partes y llena de arena. Me tapo con los brazos como puedo y él me tiende una toalla blanca de socorrista, acompañada por una sonrisa burlona. Yo la agarro con brusquedad y me tapo con ella como si fuese una manta.
Me aclaro la garganta intentando aclararme para decirle:
-Me ha picado una medusa.
Le enseño el gemelo hinchado y me hace sentarme en una camilla que hay contra la pared. Él se pone en cuclillas y me observa el gemelo. Acaba untándome una pomada y me impide bañarme en un día por lo menos. Me pide que me quede un rato sentada en la camilla mientras descanso el gemelo.
-¿Trabajas siempre aquí?-intento entablar conversación.
-Solo durante una temporada.
En ese momento una sensación extraña se apodera de mi estómago. Lo achaco a la falta de alimento y sigo preguntándole:
-¿Por qué este trabajo?
-No lo sé-me contesta. Pero en sus ojos leo que tiene razones, aunque revelarlas sería una estupidez por su parte. Me pregunto cuales son. Es siempre tan misterioso... Aunque quizá sea eso lo que le hace tan peligrosamente atractivo.
-Puede que al fin y al cabo seas buena persona y quieras proteger a la gente-le sugiero.
Eso le hace reir de veras.
-No, no es por eso.
-Pues yo creo que es cuestión de conciencia-concluyo.
Estoy planteándome la idea de venir más a menudo a la playa, cuando por el rabillo del ojo advierto movimiento. Me fijo más en el mar con la corazonada de que algo va mal, muy mal.
Y no me equivoco.
Lejos de la orilla hay alguien luchando por salir a la superficie y con los brazos en alto, agitándolos con violencia.
-¡Alguien se está ahogando!-grito, histérica. Eric mira con indiferencia al mar y sigue a lo suyo.-¡Tienes que ayudarle!-le ordeno. Él me mira y no hace ningún ademán de levantarse de su silla para salvarle. Sin embargo, hace una mueca de aburrimiento, como si yo no entendiese que ese no es su deber. Pero claro que es su deber, ¿no? ¡Es el vigilante de la playa!
Sin tiempo de pensar siquiera salgo corriendo hacia el agua. Por la adrenalina del momento no noto ni el dolor de mi gemelo. Me meto en el agua lo más rápido que puedo y nado hacia el niño que se ahoga con toda la fuerza que puedo. Oigo sus gritos pidiendo ayuda, interferidos de vez en cuando por el agua que traga. Sus brazos se mueven en el aire intentando que le vea alguien. Cuando estoy a punto de llegar a él, se hunde en el agua. Yo nado hacia donde creo haberle visto por última vez y me sumerjo. Consigo agarrarle la mano y hago fuerzas para sacarle a la superficie. Casi lo he conseguido, cuando soy yo la que se hunde, arrastrada por la corriente. Doy patadas en el agua intentando mantenerme a flote, pero mi gemelo elige ese momento para fallarme y me quedo sin fuerzas. Intento nadar luchando contra la corriente, pero tengo que arrastrar al niño por la mano y es muy pesado. No, no le puedo soltar. No podría llevar eso toda mi vida en la conciencia. Trato de subirlo a la superficie pero no tengo fuerzas suficientes. La corriente me arrastra de un lado a otro con violencia, como una niña caprichosa jugando con una vieja muñeca. Yo acabo rindiéndome y dejando que me arrastre hacia las rocas.
Se acabó. Será bonito morir intentando salvar a otra persona. Moriré al menos con la conciencia tranquila. Lo único que siento es no poder salvarle y que tengamos que morir los dos.
Cierro los ojos y lanzo una última plegaria a Dios mientras las rocas se van acercando más y más. Noto como mi cabeza colisiona contra algo muy duro, cortándome la respiración.
Y de pronto, nada más que oscuridad.
Capítulo 10.
-Ese día ya había cubierto mi cupo de buenas acciones-me contesta.
-¿Y te faltaba por rellenar el de las malas?-le pregunto con incredulidad. Pero me sonríe y no puedo evitar que se esfume todo mi enfado. ¿Cómo voy a discutir con él?
Georgine aparece en ese momento, interrumpiéndonos.
-Eric, ¿qué haces mañana?-le pregunta, ignorándome de manera evidente.
-Tengo planes-la contesta. Pero no la mira a ella, sino que dirige su mirada significativamente hacia mí. ¿Se referirá a que planea quedar conmigo? No. ¿Por qué haría eso?
-¿Y el sábado?-le pregunta sin darse por vencida. Enrolla su pelo en un dedo y lo suelta con coqueteo, componiendo su mejor sonrisa.
-Nada-dice Eric.
-Entonces, podrías acompañarme a hacer unas compras.
-Claro.
Yo observo como planean el sábado delante de mis narices sin intervenir. Ni siquiera quiero acompañarles. Sería irritante ver como la caprichosa de Georgine persigue a Eric sin descanso.
¿A quién quiero engañar? Reviento solo de imaginarlos juntos. Pero ahora tengo la oportunidad de fastidiar a Georgine y no pienso desperdiciar la ocasión.
-¿A comprar?-pregunto, fingiendo ilusión.-¿Cuándo vamos?
Georgine me mira con irritación y se le borra la sonrisa. Eric, sin embargo, me mira divertido e interesado.
Georgine tiene demasiados modales para decirme que no estoy invitada, aunque ganas no la faltan.
-El sábado-fuerza una sonrisa.-En Coligny, a las dos.
-Perfecto-la digo con alegría.
Georgine sale por la puerta todavía con la sonrisa forzada, sin comprender demasiado lo que acaba de suceder. La pobre Georgine no está acostumbrada a que las cosas no la salgan bien.
Yo, satisfecha, me voy al jardín. Le echo una última mirada a Eric, que está tirado en el sofá con una sonrisa de pura burla.
Un portazo me despierta a la mañana siguiente de golpe. Miro a mi alrededor en la habitación y encuentro, colgando del respaldo de mi silla, el vestido de la noche anterior. Todo acabó al final con normalidad y volví a casa muy tarde. No hubo nada realmente destacable.
Hoy es domingo y hace un día deliciosamente soleado, ideal para pasarlo en la playa. Desayuno, me pongo el bikini y cojo la toalla.
Aparco el Hummer en una zona privada de la playa que tenemos cerca de casa. No hay casi gente y me alegro. Hoy solo quiero relajarme y tomar el sol.
Paso el día tirada en la toalla con la música del iPod puesta a tope, impidiéndome pensar. No quiero acordarme de Eric, ni de Georgine, ni de Mrs. Smith...
A las siete, cuando ya es hora de ir a casa a cenar, decido darme el último baño. No tengo ninguna gana de volver a mi solitaria mansión y retraso la vuelta en la medida de lo posible. Mis padres se han vuelto a ir de viaje por cuestiones laborales y me han dejado sola de nuevo.
Me estoy bañando cuando noto una especie de pinchazo en el gemelo. Hago una mueca de dolor y levanto la pierna para ver si tengo algo. Me da un calambrazo por toda la pierna al moverla y me encuentro con que tengo el gemelo hinchado y rojo. Miro al agua y veo como una pequeña medusa se aleja. Maldigo para mis adentros y salgo del agua cojeando. Mi bañador negro se ha vuelto aún más oscuro a causa del agua y mi pelo chorrea pegado a mi espalda.
Cerca de mi toalla hay una caseta de vigilantes de la playa que tendrán una pomada para aliviar el dolor. Meto la toalla llena de arena en la bolsa para la playa y me dirijo a la caseta, evitando apoyar mucho la pierna herida. Subo las escaleras de madera blanca de la torre de vigilancia y llamo a la puerta.
-Adelante-me dice una voz familiar y extrañamente burlona al otro lado. Yo entro en la cabina del vigilante y me encuentro con la persona que jamás creí que podría ver allí ni en un millón de años.
Mis ojos se abren de la sorpresa y su boca se abre en una sonrisa divertida.
-¿Y te faltaba por rellenar el de las malas?-le pregunto con incredulidad. Pero me sonríe y no puedo evitar que se esfume todo mi enfado. ¿Cómo voy a discutir con él?
Georgine aparece en ese momento, interrumpiéndonos.
-Eric, ¿qué haces mañana?-le pregunta, ignorándome de manera evidente.
-Tengo planes-la contesta. Pero no la mira a ella, sino que dirige su mirada significativamente hacia mí. ¿Se referirá a que planea quedar conmigo? No. ¿Por qué haría eso?
-¿Y el sábado?-le pregunta sin darse por vencida. Enrolla su pelo en un dedo y lo suelta con coqueteo, componiendo su mejor sonrisa.
-Nada-dice Eric.
-Entonces, podrías acompañarme a hacer unas compras.
-Claro.
Yo observo como planean el sábado delante de mis narices sin intervenir. Ni siquiera quiero acompañarles. Sería irritante ver como la caprichosa de Georgine persigue a Eric sin descanso.
¿A quién quiero engañar? Reviento solo de imaginarlos juntos. Pero ahora tengo la oportunidad de fastidiar a Georgine y no pienso desperdiciar la ocasión.
-¿A comprar?-pregunto, fingiendo ilusión.-¿Cuándo vamos?
Georgine me mira con irritación y se le borra la sonrisa. Eric, sin embargo, me mira divertido e interesado.
Georgine tiene demasiados modales para decirme que no estoy invitada, aunque ganas no la faltan.
-El sábado-fuerza una sonrisa.-En Coligny, a las dos.
-Perfecto-la digo con alegría.
Georgine sale por la puerta todavía con la sonrisa forzada, sin comprender demasiado lo que acaba de suceder. La pobre Georgine no está acostumbrada a que las cosas no la salgan bien.
Yo, satisfecha, me voy al jardín. Le echo una última mirada a Eric, que está tirado en el sofá con una sonrisa de pura burla.
Un portazo me despierta a la mañana siguiente de golpe. Miro a mi alrededor en la habitación y encuentro, colgando del respaldo de mi silla, el vestido de la noche anterior. Todo acabó al final con normalidad y volví a casa muy tarde. No hubo nada realmente destacable.
Hoy es domingo y hace un día deliciosamente soleado, ideal para pasarlo en la playa. Desayuno, me pongo el bikini y cojo la toalla.
Aparco el Hummer en una zona privada de la playa que tenemos cerca de casa. No hay casi gente y me alegro. Hoy solo quiero relajarme y tomar el sol.
Paso el día tirada en la toalla con la música del iPod puesta a tope, impidiéndome pensar. No quiero acordarme de Eric, ni de Georgine, ni de Mrs. Smith...
A las siete, cuando ya es hora de ir a casa a cenar, decido darme el último baño. No tengo ninguna gana de volver a mi solitaria mansión y retraso la vuelta en la medida de lo posible. Mis padres se han vuelto a ir de viaje por cuestiones laborales y me han dejado sola de nuevo.
Me estoy bañando cuando noto una especie de pinchazo en el gemelo. Hago una mueca de dolor y levanto la pierna para ver si tengo algo. Me da un calambrazo por toda la pierna al moverla y me encuentro con que tengo el gemelo hinchado y rojo. Miro al agua y veo como una pequeña medusa se aleja. Maldigo para mis adentros y salgo del agua cojeando. Mi bañador negro se ha vuelto aún más oscuro a causa del agua y mi pelo chorrea pegado a mi espalda.
Cerca de mi toalla hay una caseta de vigilantes de la playa que tendrán una pomada para aliviar el dolor. Meto la toalla llena de arena en la bolsa para la playa y me dirijo a la caseta, evitando apoyar mucho la pierna herida. Subo las escaleras de madera blanca de la torre de vigilancia y llamo a la puerta.
-Adelante-me dice una voz familiar y extrañamente burlona al otro lado. Yo entro en la cabina del vigilante y me encuentro con la persona que jamás creí que podría ver allí ni en un millón de años.
Mis ojos se abren de la sorpresa y su boca se abre en una sonrisa divertida.
Capítulo 9.
Me siento al borde de la piscina con los pies en el agua y Eric hace lo mismo, quitándose los zapatos y los calcetines.
-¿De dónde eres?-le pregunto tras un rato de silencio.
-Alemania-me contesta.
-¿Por qué has venido?-Me mira divertido por el interrogatorio mientras se burla:
-Por ti.
Yo me pongo roja y no me atrevo a girar la cara para mirarle a los ojos.
-No lo sé-me confiesa al final con un suspiro. Gira la cabeza y lleva la vista al cielo, mientras se alborota el pelo con la mano que no sujeta la cerveza.-Pero no me arrepiento.
Se hace el silencio y yo miro nuestros pies en el agua. Las luces de los laterales los iluminan, difuminados por el movimiento de nuestras piernas. Él tiene los pies cruzados en una actitud relajada, los míos se balancean de un lado a otro, pero sin tocar los suyos.
Me pregunto qué pasaría si por accidente le rozase un pie. Solo un poco, para acercarme más.
Pero no me atrevo. Me limito a contemplarle. Su claro perfil recortado en la oscuridad de la noche. Su apuesto rostro bañado por la luz de la luna. Tan relajado y calmado. Sereno, impasible y valiente. Como desafiando al mundo a perturbar su paz. Casi parece un ser superior. Un ángel o un demonio.
Algo en mí se niega a molestarle, a hacerle romper ese momento de tranquilidad, ese mudo diálogo con el cielo.
Pero no es necesario que yo lo interrumpa. La puerta de cristal se abre y los invitados empiezan a desfilar por el jardín con las copas en la mano y hablando suavemente. Eric gira la cabeza hacia ellos pestañeando, como si se despertase de un sueño. Se pone de pie y se pone los calcetines, incluso con los pies mojados. Se calza los zapatos y se aleja sin dirigirme ni una mirada. Veo como Georgine le alcanza y se pone a hablar con él, agitando sus largas pestañas.
-Gabrielle, levanta de ahí-me dice mi madre viniendo a mi lado. Está enfadada por que me haya ido de la fiesta y esté metida en el agua, y lo sé. Pero lo cierto es que no me preocupa demasiado. Tan solo pienso en volver a quedarme a solas con Eric.
Hago lo que me ordena y me calzo los zapatos. Mrs. Smith me alcanza en ese momento y no me deja escapar.
-Gabrielle, me preguntaba dónde estabas-me dice. Me da un repaso de arriba a bajo y frunce los labios con desaprobación. Sé lo que está pensando: "Georgine nunca me avergonzaría de esta manera".
-Pues aquí estoy, Mrs. Smith-la contesto en tono sumiso.
-Se me ha ocurrido que Georgine y tú podrías jugar el domingo que viene al tenis. El calor no será sofocante y en Van der Meer me han cedido una pista para las once de la mañana.
Mientras ella habla yo miro por encima de su hombro como Georgine y Eric hablan. Con unas palabras de disculpa, Eric se deshace de Georgine para dirigirse al interior de la casa. Tengo que seguirle.
-Por supuesto, Mrs. Smith. Si me disculpa, tengo que ir al servicio.
Me alejo de ella sin esperar que diga nada más. Me meto en el interior de la casa, donde veo a Eric. Está sentado en el sofá, mirandome con curiosidad. Me acerco a él con decisión, pero la pierna me falla y se me dobla con debilidad sin poder soportar mi peso. Caigo al suelo, consiguiendo apoyar las manos antes que la cara.
Eric viene corriendo a mi lado y me ayuda a incorporarme y sentarme en el sofá. Pone sus manos por detrás de mi rodilla y empieza a palpar mi piel.
-Dobla la pierna.
Yo hago lo que me dice y una punzada me recorre el gemelo. Es muy leve y decido no darle importancia. Me pongo de pie para demostrarle que puedo andar, hasta que queda convencido.
-A lo mejor esto no hubiese sucedido de no ser por que me dejaste tirada en el hospital y tuve que forzar mis piernas a andar después del accidente-le digo con frialdad.-Él se sienta en el sofá con una sonrisa divertida. Yo no puedo resistirme a conocer sus razones y le pregunto:-¿Por qué lo hiciste?
-¿De dónde eres?-le pregunto tras un rato de silencio.
-Alemania-me contesta.
-¿Por qué has venido?-Me mira divertido por el interrogatorio mientras se burla:
-Por ti.
Yo me pongo roja y no me atrevo a girar la cara para mirarle a los ojos.
-No lo sé-me confiesa al final con un suspiro. Gira la cabeza y lleva la vista al cielo, mientras se alborota el pelo con la mano que no sujeta la cerveza.-Pero no me arrepiento.
Se hace el silencio y yo miro nuestros pies en el agua. Las luces de los laterales los iluminan, difuminados por el movimiento de nuestras piernas. Él tiene los pies cruzados en una actitud relajada, los míos se balancean de un lado a otro, pero sin tocar los suyos.
Me pregunto qué pasaría si por accidente le rozase un pie. Solo un poco, para acercarme más.
Pero no me atrevo. Me limito a contemplarle. Su claro perfil recortado en la oscuridad de la noche. Su apuesto rostro bañado por la luz de la luna. Tan relajado y calmado. Sereno, impasible y valiente. Como desafiando al mundo a perturbar su paz. Casi parece un ser superior. Un ángel o un demonio.
Algo en mí se niega a molestarle, a hacerle romper ese momento de tranquilidad, ese mudo diálogo con el cielo.
Pero no es necesario que yo lo interrumpa. La puerta de cristal se abre y los invitados empiezan a desfilar por el jardín con las copas en la mano y hablando suavemente. Eric gira la cabeza hacia ellos pestañeando, como si se despertase de un sueño. Se pone de pie y se pone los calcetines, incluso con los pies mojados. Se calza los zapatos y se aleja sin dirigirme ni una mirada. Veo como Georgine le alcanza y se pone a hablar con él, agitando sus largas pestañas.
-Gabrielle, levanta de ahí-me dice mi madre viniendo a mi lado. Está enfadada por que me haya ido de la fiesta y esté metida en el agua, y lo sé. Pero lo cierto es que no me preocupa demasiado. Tan solo pienso en volver a quedarme a solas con Eric.
Hago lo que me ordena y me calzo los zapatos. Mrs. Smith me alcanza en ese momento y no me deja escapar.
-Gabrielle, me preguntaba dónde estabas-me dice. Me da un repaso de arriba a bajo y frunce los labios con desaprobación. Sé lo que está pensando: "Georgine nunca me avergonzaría de esta manera".
-Pues aquí estoy, Mrs. Smith-la contesto en tono sumiso.
-Se me ha ocurrido que Georgine y tú podrías jugar el domingo que viene al tenis. El calor no será sofocante y en Van der Meer me han cedido una pista para las once de la mañana.
Mientras ella habla yo miro por encima de su hombro como Georgine y Eric hablan. Con unas palabras de disculpa, Eric se deshace de Georgine para dirigirse al interior de la casa. Tengo que seguirle.
-Por supuesto, Mrs. Smith. Si me disculpa, tengo que ir al servicio.
Me alejo de ella sin esperar que diga nada más. Me meto en el interior de la casa, donde veo a Eric. Está sentado en el sofá, mirandome con curiosidad. Me acerco a él con decisión, pero la pierna me falla y se me dobla con debilidad sin poder soportar mi peso. Caigo al suelo, consiguiendo apoyar las manos antes que la cara.
Eric viene corriendo a mi lado y me ayuda a incorporarme y sentarme en el sofá. Pone sus manos por detrás de mi rodilla y empieza a palpar mi piel.
-Dobla la pierna.
Yo hago lo que me dice y una punzada me recorre el gemelo. Es muy leve y decido no darle importancia. Me pongo de pie para demostrarle que puedo andar, hasta que queda convencido.
-A lo mejor esto no hubiese sucedido de no ser por que me dejaste tirada en el hospital y tuve que forzar mis piernas a andar después del accidente-le digo con frialdad.-Él se sienta en el sofá con una sonrisa divertida. Yo no puedo resistirme a conocer sus razones y le pregunto:-¿Por qué lo hiciste?
Capítulo 8.
-¿Dónde has estado este verano?-me pregunta Georgine con desgana, como si se hubiese dado cuenta de que no voy a ir a ningún lado y se hubiese resignado a mi compañía.
-En Van der Meer-la contesto, desviando la mirada de Eric para mirarla por primera vez.
-Jugando al tenis, supongo-dice. Yo asiento y ella compone una cara de claro sentimiento de superioridad, antes de lanzarme un reto.-Un día deberíamos jugar un pequeño partido.
Georgine es extremadamente competitiva. Jamás ha dejado que la gane en nada y se niega a admitir que soy mejor que ella en algo. Pero, para mi desgracia, es un rival a tener en cuenta.
-Cuando quieras-la contesto. Ella queda satisfecha y gira la conversación hacia Eric, que nos mira divertido, viendo la tirantez de nuestra relación.-¿Qué piensas hacer tú en Agosto, Eric?
Él se encoge de hombros y coge un Martini de la bandeja de un camarero que pasa por allí.
-Quizá viajar, quizá quedarme... Quién sabe.
-Deberías quedarte-le dice Georgine, agarrándole del brazo y bajando la voz, como si estuviera flirteando. En ese momento la situación se vuelve un tanto incómoda para mí y decido alejarme en dirección a los lavabos. Me meto en el servicio de señoras y me miro al espejo. Mi pelo está en su sitio y el poco maquillaje que me he puesto continúa intacto. Mi vestido todavía está limpio y sin una arruga.
Miro con consternación las heridas repartidas por todo mi cuerpo. Sé que todo el mundo las ha notado y se está preguntando con curiosidad qué ha ocurrido, pero han tenido la decencia de no preguntarme.
Decido que no merece la pena volver al salón con toda esa gente estirada. No me sobran precisamente las ganas de meterme en una conversación insípida y soporífera. Me meto en el salón intentando pasar desapercibida y llego a la puerta que da al jardín. Compruebo que no hay nadie mirando y salgo, cerrando la puerta tras de mí.
La piscina, clara y limpia, está iluminada por unos focos que salen de las paredes. En el suelo también hay focos, iluminando un césped bien cuidado donde se asientan unas tumbonas. En una esquina hay dispuesta una barbacoa que se encenderá más tarde, a las 9.
Me quito los tacones y los dejo en una tumbona. Es un alivio sentir el césped colándose entre mis dedos, haciéndome cosquillas. Me acerco al borde de la piscina y me quedo mirando el fondo, fácilmente visible a través de la límpida agua.
-Según me han dicho eres una gran jugadora de tenis-oigo una voz suave y grave a mi lado. Giro la cabeza y me encuentro a Eric a mi lado.
Me encojo de hombros, sin ganas de alardear.
-No tan buena como tú. Todavía.
Él sonríe, acercándose más a mí. Entonces reparo en que lleva una mano en el bolsillo y la otra sujetando una cerveza.
-Apuesto a que no tienes edad para beber-le digo. Y no puedo evitar ironizar:-¿Qué diría la buena de Georgine?-Chasqueo la lengua, fingiendo decepción.
-Nadie tiene porqué saberlo-dice dando un sorbo y ofreciéndome un trago.
-No bebo-le digo, denegando el ofrecimiento.
Eso le hace sonreir, divertido.
-¿Por qué? ¿Te da miedo dejar de acatar las órdenes?
Le miro, desafiante.
-No voy a caer en tu juego. No entiendo de qué va.
-Claro que no-me dice.-Y nunca lo sabrás si no te arriesgas.
Se acerca más y me vuelve a tender la botella. La agarro con decisión y me la llevo a la boca, girando la cabeza para no mirarle. Mi cara está de frente a la piscina mientras echo la cabeza atrás y le doy un largo sorbo. Me limpio la boca con el dorso de la mano y le devuelvo la botella.
La cerveza no está tan mala. Lo cierto es que me gusta bastante. Es la primera gota de alcohol que he probado en toda mi vida y me sienta extraordinariamente bien.
Él sonríe con aprobación y le da otro sorbo a la botella.
-En Van der Meer-la contesto, desviando la mirada de Eric para mirarla por primera vez.
-Jugando al tenis, supongo-dice. Yo asiento y ella compone una cara de claro sentimiento de superioridad, antes de lanzarme un reto.-Un día deberíamos jugar un pequeño partido.
Georgine es extremadamente competitiva. Jamás ha dejado que la gane en nada y se niega a admitir que soy mejor que ella en algo. Pero, para mi desgracia, es un rival a tener en cuenta.
-Cuando quieras-la contesto. Ella queda satisfecha y gira la conversación hacia Eric, que nos mira divertido, viendo la tirantez de nuestra relación.-¿Qué piensas hacer tú en Agosto, Eric?
Él se encoge de hombros y coge un Martini de la bandeja de un camarero que pasa por allí.
-Quizá viajar, quizá quedarme... Quién sabe.
-Deberías quedarte-le dice Georgine, agarrándole del brazo y bajando la voz, como si estuviera flirteando. En ese momento la situación se vuelve un tanto incómoda para mí y decido alejarme en dirección a los lavabos. Me meto en el servicio de señoras y me miro al espejo. Mi pelo está en su sitio y el poco maquillaje que me he puesto continúa intacto. Mi vestido todavía está limpio y sin una arruga.
Miro con consternación las heridas repartidas por todo mi cuerpo. Sé que todo el mundo las ha notado y se está preguntando con curiosidad qué ha ocurrido, pero han tenido la decencia de no preguntarme.
Decido que no merece la pena volver al salón con toda esa gente estirada. No me sobran precisamente las ganas de meterme en una conversación insípida y soporífera. Me meto en el salón intentando pasar desapercibida y llego a la puerta que da al jardín. Compruebo que no hay nadie mirando y salgo, cerrando la puerta tras de mí.
La piscina, clara y limpia, está iluminada por unos focos que salen de las paredes. En el suelo también hay focos, iluminando un césped bien cuidado donde se asientan unas tumbonas. En una esquina hay dispuesta una barbacoa que se encenderá más tarde, a las 9.
Me quito los tacones y los dejo en una tumbona. Es un alivio sentir el césped colándose entre mis dedos, haciéndome cosquillas. Me acerco al borde de la piscina y me quedo mirando el fondo, fácilmente visible a través de la límpida agua.
-Según me han dicho eres una gran jugadora de tenis-oigo una voz suave y grave a mi lado. Giro la cabeza y me encuentro a Eric a mi lado.
Me encojo de hombros, sin ganas de alardear.
-No tan buena como tú. Todavía.
Él sonríe, acercándose más a mí. Entonces reparo en que lleva una mano en el bolsillo y la otra sujetando una cerveza.
-Apuesto a que no tienes edad para beber-le digo. Y no puedo evitar ironizar:-¿Qué diría la buena de Georgine?-Chasqueo la lengua, fingiendo decepción.
-Nadie tiene porqué saberlo-dice dando un sorbo y ofreciéndome un trago.
-No bebo-le digo, denegando el ofrecimiento.
Eso le hace sonreir, divertido.
-¿Por qué? ¿Te da miedo dejar de acatar las órdenes?
Le miro, desafiante.
-No voy a caer en tu juego. No entiendo de qué va.
-Claro que no-me dice.-Y nunca lo sabrás si no te arriesgas.
Se acerca más y me vuelve a tender la botella. La agarro con decisión y me la llevo a la boca, girando la cabeza para no mirarle. Mi cara está de frente a la piscina mientras echo la cabeza atrás y le doy un largo sorbo. Me limpio la boca con el dorso de la mano y le devuelvo la botella.
La cerveza no está tan mala. Lo cierto es que me gusta bastante. Es la primera gota de alcohol que he probado en toda mi vida y me sienta extraordinariamente bien.
Él sonríe con aprobación y le da otro sorbo a la botella.
domingo, 10 de julio de 2011
Capítulo 7.
A su lado está Georgine, la insoportable sobrina de Mrs. Smith, que le habla animadamente sin darse cuenta de que él no la presta atención.
-Gabrielle, querida, acompáñame-oigo una voz suave pero severa a mi lado. Una voz que jamás admite una réplica o un "no" por respuesta.-Quiero que conozcas a alguien.
Sigo a Mrs. Smith a través de la sala, dirigiéndole una última mirada a Eric, que mira como me marcho tras los pasos de la anfitriona.
Mrs. Smith se para delante de un hombre grande con un traje gris, que parece sacado de una película de los sesenta. Lleva el pelo negro peinado hacia atrás, dejando ver algunas entradas. Los ojillos marrones me estudian con interés mientras me tiende la mano.
-Gabrielle, te presento a Henri Johnson. El mayor comerciante del país.
-No exageres, Patti-la dice con una sonrisa afectuosa, mientras le estrecho la mano.-Encantado de conocerte, Gabrielle.
Sigo a Patti mientras me presenta a un montón más de personas a las que siempre define como "las mejores del país", con un notable orgullo por relacionarse con semejantes celebridades. Yo intento prestar atención, pero acabo sonriendo y estrechando manos como un robot, sin enterarme.
Me pregunto de qué estarán hablando Eric y Georgine. Ella debe estar flirteando con él, obviamente. El caso es si él la sigue.
Pero no tardo en enterarme de qué hablan, porque Patti se dirije al otro lado del salón, en dirección a ellos. Nos paramos justo enfrente, interrumpiendo el soporífero monólogo de Georgine sobre su fabuloso verano en París. Eric tiene la mirada perdida, como si no le interesase lo más mínimo todas las fiestas que Georgine se corrió, pero alza la cabeza con curiosidad cuando nos paramos a su lado.
-Gabrielle, ya conoces a Georgine. Éste es Eric Tunner, un inteligente y talentoso joven que tuve el honor de conocer hace un par de días.
Intercambian una mirada entre ellos cuando enuncia sus cualidades, como si hubiese algo detrás de ese "talento". Yo supongo que se refiere al tenis y no puedo mas que estar de acuerdo.
-Me alegro de verte de nuevo, Gabrielle-me dice Georgine con una falsa sonrisa. Mentirosa...
Eric me tiende la mano y yo la miro, para luego mirarle a los ojos. Él me devuelve la mirada, retándome a estrechársela. Yo entrecierro los ojos y se la estrecho, intentando decirle que no funcionará eso de intentar intimidarme.
Voy a estrecharle la mano y al rozarle con los dedos noto como una descarga de energía pasa entre nosotros. Unas cosquillas empiezan en mi mano y recorren mi brazo hasta pasar por todo mi cuerpo, hasta las puntas de mis pies, como un agradable calambre. Me agarra la mano y noto como si tuviésemos el mundo entero sostenido entre nuestras manos y pudiésemos hacer cualquier cosa.
Aparto mi mano y le miro a los ojos, preguntándome si ha sentido lo mismo. Él me devuelve la mirada sin una palabra y ningún cambio en su expresión. Quizá hayan sido imaginaciones mías.
Mrs. Smith carraspea, mirándonos con severidad. Se gira para irse, pero antes de que se dé la vuelta acierto a ver lo que parece una sonrisa de satisfacción en su cara.
-Gabrielle, querida, acompáñame-oigo una voz suave pero severa a mi lado. Una voz que jamás admite una réplica o un "no" por respuesta.-Quiero que conozcas a alguien.
Sigo a Mrs. Smith a través de la sala, dirigiéndole una última mirada a Eric, que mira como me marcho tras los pasos de la anfitriona.
Mrs. Smith se para delante de un hombre grande con un traje gris, que parece sacado de una película de los sesenta. Lleva el pelo negro peinado hacia atrás, dejando ver algunas entradas. Los ojillos marrones me estudian con interés mientras me tiende la mano.
-Gabrielle, te presento a Henri Johnson. El mayor comerciante del país.
-No exageres, Patti-la dice con una sonrisa afectuosa, mientras le estrecho la mano.-Encantado de conocerte, Gabrielle.
Sigo a Patti mientras me presenta a un montón más de personas a las que siempre define como "las mejores del país", con un notable orgullo por relacionarse con semejantes celebridades. Yo intento prestar atención, pero acabo sonriendo y estrechando manos como un robot, sin enterarme.
Me pregunto de qué estarán hablando Eric y Georgine. Ella debe estar flirteando con él, obviamente. El caso es si él la sigue.
Pero no tardo en enterarme de qué hablan, porque Patti se dirije al otro lado del salón, en dirección a ellos. Nos paramos justo enfrente, interrumpiendo el soporífero monólogo de Georgine sobre su fabuloso verano en París. Eric tiene la mirada perdida, como si no le interesase lo más mínimo todas las fiestas que Georgine se corrió, pero alza la cabeza con curiosidad cuando nos paramos a su lado.
-Gabrielle, ya conoces a Georgine. Éste es Eric Tunner, un inteligente y talentoso joven que tuve el honor de conocer hace un par de días.
Intercambian una mirada entre ellos cuando enuncia sus cualidades, como si hubiese algo detrás de ese "talento". Yo supongo que se refiere al tenis y no puedo mas que estar de acuerdo.
-Me alegro de verte de nuevo, Gabrielle-me dice Georgine con una falsa sonrisa. Mentirosa...
Eric me tiende la mano y yo la miro, para luego mirarle a los ojos. Él me devuelve la mirada, retándome a estrechársela. Yo entrecierro los ojos y se la estrecho, intentando decirle que no funcionará eso de intentar intimidarme.
Voy a estrecharle la mano y al rozarle con los dedos noto como una descarga de energía pasa entre nosotros. Unas cosquillas empiezan en mi mano y recorren mi brazo hasta pasar por todo mi cuerpo, hasta las puntas de mis pies, como un agradable calambre. Me agarra la mano y noto como si tuviésemos el mundo entero sostenido entre nuestras manos y pudiésemos hacer cualquier cosa.
Aparto mi mano y le miro a los ojos, preguntándome si ha sentido lo mismo. Él me devuelve la mirada sin una palabra y ningún cambio en su expresión. Quizá hayan sido imaginaciones mías.
Mrs. Smith carraspea, mirándonos con severidad. Se gira para irse, pero antes de que se dé la vuelta acierto a ver lo que parece una sonrisa de satisfacción en su cara.
Capítulo 6.
-¿Estás lista, querida?-me pregunta mi madre distraídamente mientras habla por teléfono.
Yo asiento, pero ella ya se ha dado la vuelta y continúa con su parloteo.
Llevo un vestido de gasa blanca por encima de las rodillas, ajustado en la cintura por un lazo gordo beige. El escote por delante y por detrás es en pico, adornado en el cuello por una fina cadena de plata, de la que pende una pequeña cruz de cuarzo blanco.
Mis padres son creyentes y me inculcaron la religión de pequeña, igual que mi colegio, estrictamente católico. Somos practicantes y cada domingo vamos a misa, pero para ellos consiste más en un acto social que de fe. Sin embargo, a mí me proporciona cierta estabilidad y tranquilidad en mi vida saber que allá arriba hay Alguien cuidándome de la manera que mis padres no lo hacen. Es reconfortante poder contar con Alguien, incluso cuando no lo ves.
Salgo por la puerta y me dirijo al coche a esperarles, a la vista de que ninguno me dice nada. Me meto en el lujoso Mercedes y suelto un suspiro. Lo cierto es que las ganas de ir a la barbacoa no me sobran precisamente. Pongo el aire acondicionado, aliviada por no tener que estar fuera, maldiciendo al sol por el insoportable calor.
Mi madre entra al coche y mi padre se sienta al volante.
-Llevas mal puesta la corbata, querido-le dice mi madre, poniéndosela bien. Mi padre manda mientras un mensaje por la blackberry. Trabajo, supongo. No hay día en que no le vea mandando e-mails a su trabajo de continuo. Es el jefe de una gran empresa de marketing. Él se encarga de llevar prácticamente todos los negocios y por tanto todo el peso cae en él. No se puede decir que no tenga su recompensa, desde luego. No me quejo de vivir mal, pero las cosas materiales no proporcionan la felicidad que yo desearía.
Mi madre es abogada. Y muy buena, la verdad. Tiene un buffet privado que montó hace años con una compañera de la Universidad y las va viento en popa. Supongo que mi madre tiene un montón de cualidades que la han hecho una de las mejores abogadas del país. Es fría, concisa, inteligente, observadora, perspicaz y jamás se deja dominar por las emociones, si es que alguna vez ha sentido alguna.
Mi padre se guarda la blackberry en el bolsillo, con el nudo de la corbata perfectamente hecho. Mi madre se pone pintalabios, mirándose en un pequeño espejito de Dior, que guarda luego en su bolso. Yo miro por la ventana, deseando salir corriendo y nadar, nadar, nadar, hasta cruzar el océano y empezar una vida nueva en otro continente. Con unos padres que me quieran de verdad, sin tener que ir a estúpidas barbacoas y dedicándome al tenis por completo, la única afición que tengo desde pequeña.
El coche se pone en marcha y el paisaje empieza a cambiar. Árboles, lagos y casas grandes y lujosas se suceden, cambiando.
Llegamos por fin a la casa de los Smith, donde nos recibe Mrs. Smith, una señora ya entrada en años que sigue estancada en el siglo XIX. Su piel, tersa a pesar de su edad, no se arruga nunca con los hoyuelos de una sonrisa, y jamás la he visto esbozar una expresión que no fuese de suficiencia o desaprobación.
-Vaya, queridos, qué alegría veros-dice con un ligero acento francés, que denota su procedencia. Me mira con sus pequeños ojillos de águila y revisa mi vestimenta.-Estás radiante, Gabrielle.
Se gira y su vestido negro ondea a su alrededor con timidez. Lleva el pelo en un tirante moño en la nuca, fijado con cantidades ingentes de laca, que lo mantienen quieto mientras camina con pequeños pasos al interior de la casa.
Entramos en su salón, decorado con un gusto muy clásico, donde un montón de gente charla con suavidad, con copas de champán en la mano. Al entrar, todos se giran a mirarnos, parando por un momento la conversación. Me fijo en todas las caras, reconociendo algunas y viendo nuevas. Pero solo hay una en la que me detengo, reconociéndola al instante.
Su pelo dorado cae sobre su frente y sus ojos azules están fijos en mí. El asomo de una sonrisa de burla decora su cara mientras me ve aparecer.
Yo asiento, pero ella ya se ha dado la vuelta y continúa con su parloteo.
Llevo un vestido de gasa blanca por encima de las rodillas, ajustado en la cintura por un lazo gordo beige. El escote por delante y por detrás es en pico, adornado en el cuello por una fina cadena de plata, de la que pende una pequeña cruz de cuarzo blanco.
Mis padres son creyentes y me inculcaron la religión de pequeña, igual que mi colegio, estrictamente católico. Somos practicantes y cada domingo vamos a misa, pero para ellos consiste más en un acto social que de fe. Sin embargo, a mí me proporciona cierta estabilidad y tranquilidad en mi vida saber que allá arriba hay Alguien cuidándome de la manera que mis padres no lo hacen. Es reconfortante poder contar con Alguien, incluso cuando no lo ves.
Salgo por la puerta y me dirijo al coche a esperarles, a la vista de que ninguno me dice nada. Me meto en el lujoso Mercedes y suelto un suspiro. Lo cierto es que las ganas de ir a la barbacoa no me sobran precisamente. Pongo el aire acondicionado, aliviada por no tener que estar fuera, maldiciendo al sol por el insoportable calor.
Mi madre entra al coche y mi padre se sienta al volante.
-Llevas mal puesta la corbata, querido-le dice mi madre, poniéndosela bien. Mi padre manda mientras un mensaje por la blackberry. Trabajo, supongo. No hay día en que no le vea mandando e-mails a su trabajo de continuo. Es el jefe de una gran empresa de marketing. Él se encarga de llevar prácticamente todos los negocios y por tanto todo el peso cae en él. No se puede decir que no tenga su recompensa, desde luego. No me quejo de vivir mal, pero las cosas materiales no proporcionan la felicidad que yo desearía.
Mi madre es abogada. Y muy buena, la verdad. Tiene un buffet privado que montó hace años con una compañera de la Universidad y las va viento en popa. Supongo que mi madre tiene un montón de cualidades que la han hecho una de las mejores abogadas del país. Es fría, concisa, inteligente, observadora, perspicaz y jamás se deja dominar por las emociones, si es que alguna vez ha sentido alguna.
Mi padre se guarda la blackberry en el bolsillo, con el nudo de la corbata perfectamente hecho. Mi madre se pone pintalabios, mirándose en un pequeño espejito de Dior, que guarda luego en su bolso. Yo miro por la ventana, deseando salir corriendo y nadar, nadar, nadar, hasta cruzar el océano y empezar una vida nueva en otro continente. Con unos padres que me quieran de verdad, sin tener que ir a estúpidas barbacoas y dedicándome al tenis por completo, la única afición que tengo desde pequeña.
El coche se pone en marcha y el paisaje empieza a cambiar. Árboles, lagos y casas grandes y lujosas se suceden, cambiando.
Llegamos por fin a la casa de los Smith, donde nos recibe Mrs. Smith, una señora ya entrada en años que sigue estancada en el siglo XIX. Su piel, tersa a pesar de su edad, no se arruga nunca con los hoyuelos de una sonrisa, y jamás la he visto esbozar una expresión que no fuese de suficiencia o desaprobación.
-Vaya, queridos, qué alegría veros-dice con un ligero acento francés, que denota su procedencia. Me mira con sus pequeños ojillos de águila y revisa mi vestimenta.-Estás radiante, Gabrielle.
Se gira y su vestido negro ondea a su alrededor con timidez. Lleva el pelo en un tirante moño en la nuca, fijado con cantidades ingentes de laca, que lo mantienen quieto mientras camina con pequeños pasos al interior de la casa.
Entramos en su salón, decorado con un gusto muy clásico, donde un montón de gente charla con suavidad, con copas de champán en la mano. Al entrar, todos se giran a mirarnos, parando por un momento la conversación. Me fijo en todas las caras, reconociendo algunas y viendo nuevas. Pero solo hay una en la que me detengo, reconociéndola al instante.
Su pelo dorado cae sobre su frente y sus ojos azules están fijos en mí. El asomo de una sonrisa de burla decora su cara mientras me ve aparecer.
sábado, 9 de julio de 2011
Capítulo 5.
Bajo las escaleras con parsimonia, sin ganas de ver a mis padres. Llego por fin al salón donde mi padre lee el periódico. Me paro en la puerta a la espera de que me mire, mientras él pasa las páginas. Al fin, vuelve la cabeza distraidamente y me mira. Se le abren mucho los ojos con sorpresa y se acerca corriendo a mi lado.
-Meryl, ven corriendo-llama a mi madre, que sale de la cocina. No de cocinar, sino de supervisar al servicio. Sería bueno que mi madre se esforzase por algo que sucede enesta casa, incluida yo.
Me mira y una "o" se forma en sus labios, donde se lleva una mano. Viene también corriendo y me empieza a tocar la cara.
-¿Qué ha pasado?-susurra, casi con horror de oir la historia.
-He tenido un accidente con la bici. Iba hacia aquí desde Van der Meer y un coche me ha golpeado la rueda trasera. Se ha dado a la fuga mientras yo caía rodando por la tierra. No he encontrado la bici pero debe de estar destrozada. He vuelto a Van der Meer y Michael me ha llevado al hospital-les miento. No sé porqué pero no quiero que conozcan la existencia de Eric.
-¿Qué han dicho los médicos?-me pregunta mi padre. Yo me encojo de hombros, pero me arrepiento al sentir un pinchazo en el hombro izquierdo. No hago ningún signo de dolor para que no se alarmen.
-Que estoy bien-les contesto. Ellos se conforman con la respuesta. Mi padre me palpa una última vez la cara y se va a sentar al sillón con un suspiro. Mi madre se limita a decirme:
-La cena estará lista en quince minutos.
Y vuelve a meterse en la cocina. En su mundo seguro donde el servicio acata sus órdenes, donde su hija no ha sufrido ningún accidente.
Ni siquiera se han acordado de que hoy es mi cumpleaños. Presiento que no va a haber ni tarta, ni regalos.
Me quedo en el salón sentada al lado de mi padre, que hace caso omiso de mí. Tan solo miro al vacío preguntándome si recordarán algún día que tienen una hija. Dudo que sepan siquiera mi edad. Soy una completa desconocida para mis propios padres.
Aparece Margarita, la cocinera, en dirección al comedor y empieza a dejar los platos, llenos de pasta, donde corresponde. Deja también una bandeja con unos filetes de pollo crujientes y otra con un salteado de verduras. Sale del comedor y aparece mi madre en el salón.
-La cena está lista-nos anuncia. Mi padre cierra el periódico y se dirije al comedor sin mirarme siquiera. Se sienta en la cabecera de la mesa con mi madre a su izquierda y yo a la derecha.
Cenamos en silencio, cada uno concentrado en su plato. Yo les miro y me doy cuenta de que realmente ninguno se acuerda. Me aclaro la garganta y les pregunto:
-¿Qué tal vuestro día?
-Igual que todos-contesta mi madre, como si estuviese aburrida de la vida.
Miro a mi padre buscando una respuesta más alentadora. Pero mis esperanzas se esfuman con su corto:
-No demasiado malo.-Se lleva el tenedor a la boca y espera a vaciarla antes de preguntarme:-¿Qué tal el tuyo? Aparte del accidente, claro.
-Me he comprado un trozo de tarta. Para soplar las velas y eso, ya sabéis. Y luego he ido a jugar al tenis con Michael.
Mi madre deja el tenedor en el plato para felicitarme mientras se levanta para darme un beso. Mi padre me da un apretón en el hombro y me felicita. Luego cada uno sigue pendiente de su comida, como si no hubiese pasado nada. Como si se hubiesen acordado de mi cumpleaños.
Acabamos el pollo y me levanto de la mesa con una disculpa. No puedo permanecer más tiempo sentada a la mesa con unas personas que dicen ser mis padres pero solo siento como extraños. Quizá estoy equivocada, pero una madre debe ofrecer un perfil protector, asegurador, cariñoso, afectivo... Y un padre debe aportarte una sensación de protección, de seguridad y afecto que jamás me ha hecho sentir ninguno de los dos.
Las lágrimas se derraman sobre mi almohada y yo no hago nada por impedirlo. Y así, entre llantos, me quedo dormida.
-Meryl, ven corriendo-llama a mi madre, que sale de la cocina. No de cocinar, sino de supervisar al servicio. Sería bueno que mi madre se esforzase por algo que sucede enesta casa, incluida yo.
Me mira y una "o" se forma en sus labios, donde se lleva una mano. Viene también corriendo y me empieza a tocar la cara.
-¿Qué ha pasado?-susurra, casi con horror de oir la historia.
-He tenido un accidente con la bici. Iba hacia aquí desde Van der Meer y un coche me ha golpeado la rueda trasera. Se ha dado a la fuga mientras yo caía rodando por la tierra. No he encontrado la bici pero debe de estar destrozada. He vuelto a Van der Meer y Michael me ha llevado al hospital-les miento. No sé porqué pero no quiero que conozcan la existencia de Eric.
-¿Qué han dicho los médicos?-me pregunta mi padre. Yo me encojo de hombros, pero me arrepiento al sentir un pinchazo en el hombro izquierdo. No hago ningún signo de dolor para que no se alarmen.
-Que estoy bien-les contesto. Ellos se conforman con la respuesta. Mi padre me palpa una última vez la cara y se va a sentar al sillón con un suspiro. Mi madre se limita a decirme:
-La cena estará lista en quince minutos.
Y vuelve a meterse en la cocina. En su mundo seguro donde el servicio acata sus órdenes, donde su hija no ha sufrido ningún accidente.
Ni siquiera se han acordado de que hoy es mi cumpleaños. Presiento que no va a haber ni tarta, ni regalos.
Me quedo en el salón sentada al lado de mi padre, que hace caso omiso de mí. Tan solo miro al vacío preguntándome si recordarán algún día que tienen una hija. Dudo que sepan siquiera mi edad. Soy una completa desconocida para mis propios padres.
Aparece Margarita, la cocinera, en dirección al comedor y empieza a dejar los platos, llenos de pasta, donde corresponde. Deja también una bandeja con unos filetes de pollo crujientes y otra con un salteado de verduras. Sale del comedor y aparece mi madre en el salón.
-La cena está lista-nos anuncia. Mi padre cierra el periódico y se dirije al comedor sin mirarme siquiera. Se sienta en la cabecera de la mesa con mi madre a su izquierda y yo a la derecha.
Cenamos en silencio, cada uno concentrado en su plato. Yo les miro y me doy cuenta de que realmente ninguno se acuerda. Me aclaro la garganta y les pregunto:
-¿Qué tal vuestro día?
-Igual que todos-contesta mi madre, como si estuviese aburrida de la vida.
Miro a mi padre buscando una respuesta más alentadora. Pero mis esperanzas se esfuman con su corto:
-No demasiado malo.-Se lleva el tenedor a la boca y espera a vaciarla antes de preguntarme:-¿Qué tal el tuyo? Aparte del accidente, claro.
-Me he comprado un trozo de tarta. Para soplar las velas y eso, ya sabéis. Y luego he ido a jugar al tenis con Michael.
Mi madre deja el tenedor en el plato para felicitarme mientras se levanta para darme un beso. Mi padre me da un apretón en el hombro y me felicita. Luego cada uno sigue pendiente de su comida, como si no hubiese pasado nada. Como si se hubiesen acordado de mi cumpleaños.
Acabamos el pollo y me levanto de la mesa con una disculpa. No puedo permanecer más tiempo sentada a la mesa con unas personas que dicen ser mis padres pero solo siento como extraños. Quizá estoy equivocada, pero una madre debe ofrecer un perfil protector, asegurador, cariñoso, afectivo... Y un padre debe aportarte una sensación de protección, de seguridad y afecto que jamás me ha hecho sentir ninguno de los dos.
Las lágrimas se derraman sobre mi almohada y yo no hago nada por impedirlo. Y así, entre llantos, me quedo dormida.
lunes, 4 de julio de 2011
Capítulo 4.
Nos dirigimos a la recepción de urgencias, donde le facilito mis datos a la enfermera. Cuando llego a mi fecha de nacimiento alza la cabeza y me sonríe.
-Felicidades.
Yo la devuelvo la sonrisa, pero me duele la cara y me sale algo parecido a una mueca.
-Menudo regalo de cumpleaños-dice Eric.
-Los he tenido mejores, no lo dudes-le contesto sentándome en una silla.
-Gabrielle-me llama un doctor cinco minutos después. Me levanto y me dirijo a su consulta, con Eric a mi lado que anda cerca de mí por si me caigo.
Me hace una inspección general y me manda a casa diciendo que no es nada grave y que como mucho me puede dar algo de jaqueca, y en ese caso una aspirina lo soluciona.
Llegamos de nuevo al parking y voy a subirme al coche de Eric, cuando veo que abre el maletero. Saca mi bici y la coloca tumbada sobre el asfalto.
-¿Qué estás haciendo?-le pregunto. Él me mira mientras cierra otra vez el maletero.
-Estás bien así que ya no tengo ninguna culpa y puedes volver a casa tú solita.
-¿Cómo? Has destrozado mi bici- le recuerdo.
Él se encoje de hombros con indiferencia.
-No deberías haber estado en medio de la carretera.
-Y tú deberías mirar por donde conduces-le digo, empezando a cabrearme.
-No soy yo el que ha salido malparado-me replica metiéndose en el coche y arrancándolo.
En menos de diez segundos está fuera de mi vista. Maldigo contra él y empiezo a caminar, arrastrando la bici tras de mí. Dándome cuenta de que no me sirve de nada la abandono en un contenedor y sigo andando.
Después de más de una hora caminando llego a casa y me tumbo en la cama.
No puedo creer que Eric sea tan cabrón. Eso ha sido pasarse de la raya. ¿Cómo se le ocurre? Abandonarme de esa manera...
Me levanto y voy al baño, para enfrentarme de una vez por todas a mi reflejo. Tengo el pelo negro enmarañado y con unos nudos que me va a costar deshacer y justo en el nacimiento, en la frente, una herida con sangre reseca al rededor. En mi mejilla derecha hay un arañazo y mi ceja izquierda está llena de sangre. Mis ojos, de un violeta realmente extraño, no han sufrido demasiado daño pero el izquierdo está levemente hinchado. Igual que mi labio inferior, que también tiene sangre reseca. Mi barbilla tiene un cortede aspecto bastante horrible, pero no me preocupa demasiado.
Me miro los brazos y las piernas, recubiertos por arañazos y moratones se muy mal aspecto. Los nudillos de mis manos están en carne viva y me duelen al cerrar el puño.
Me aplico alcohol en todas las heridas y me niego a hacer ninguna señal de que me escuecen. Eso me pasa por andar sin casco y sin protecciones.
Oigo la puerta de casa cerrarse y me doy cuenta de que mis padres ya han venido. Ahora me toca explicarles donde está la bici y por qué estoy llena de heridas.
Ya puedo ver a mi madre soltar un grito de horror y a mi padre palparme la frente para ver si estoy bien. Una bonita manera de fingir que al fin y al cabo sí que se preocupan por mí. Cuando en realidad los tres sabemos que es mentira.
-Felicidades.
Yo la devuelvo la sonrisa, pero me duele la cara y me sale algo parecido a una mueca.
-Menudo regalo de cumpleaños-dice Eric.
-Los he tenido mejores, no lo dudes-le contesto sentándome en una silla.
-Gabrielle-me llama un doctor cinco minutos después. Me levanto y me dirijo a su consulta, con Eric a mi lado que anda cerca de mí por si me caigo.
Me hace una inspección general y me manda a casa diciendo que no es nada grave y que como mucho me puede dar algo de jaqueca, y en ese caso una aspirina lo soluciona.
Llegamos de nuevo al parking y voy a subirme al coche de Eric, cuando veo que abre el maletero. Saca mi bici y la coloca tumbada sobre el asfalto.
-¿Qué estás haciendo?-le pregunto. Él me mira mientras cierra otra vez el maletero.
-Estás bien así que ya no tengo ninguna culpa y puedes volver a casa tú solita.
-¿Cómo? Has destrozado mi bici- le recuerdo.
Él se encoje de hombros con indiferencia.
-No deberías haber estado en medio de la carretera.
-Y tú deberías mirar por donde conduces-le digo, empezando a cabrearme.
-No soy yo el que ha salido malparado-me replica metiéndose en el coche y arrancándolo.
En menos de diez segundos está fuera de mi vista. Maldigo contra él y empiezo a caminar, arrastrando la bici tras de mí. Dándome cuenta de que no me sirve de nada la abandono en un contenedor y sigo andando.
Después de más de una hora caminando llego a casa y me tumbo en la cama.
No puedo creer que Eric sea tan cabrón. Eso ha sido pasarse de la raya. ¿Cómo se le ocurre? Abandonarme de esa manera...
Me levanto y voy al baño, para enfrentarme de una vez por todas a mi reflejo. Tengo el pelo negro enmarañado y con unos nudos que me va a costar deshacer y justo en el nacimiento, en la frente, una herida con sangre reseca al rededor. En mi mejilla derecha hay un arañazo y mi ceja izquierda está llena de sangre. Mis ojos, de un violeta realmente extraño, no han sufrido demasiado daño pero el izquierdo está levemente hinchado. Igual que mi labio inferior, que también tiene sangre reseca. Mi barbilla tiene un cortede aspecto bastante horrible, pero no me preocupa demasiado.
Me miro los brazos y las piernas, recubiertos por arañazos y moratones se muy mal aspecto. Los nudillos de mis manos están en carne viva y me duelen al cerrar el puño.
Me aplico alcohol en todas las heridas y me niego a hacer ninguna señal de que me escuecen. Eso me pasa por andar sin casco y sin protecciones.
Oigo la puerta de casa cerrarse y me doy cuenta de que mis padres ya han venido. Ahora me toca explicarles donde está la bici y por qué estoy llena de heridas.
Ya puedo ver a mi madre soltar un grito de horror y a mi padre palparme la frente para ver si estoy bien. Una bonita manera de fingir que al fin y al cabo sí que se preocupan por mí. Cuando en realidad los tres sabemos que es mentira.
Capítulo 3.
Después de una hora jugando Michael se va porque tiene que dar clase de verdad a otra chica. Yo me dirijo a la salida, pasando antes delante de la pista 19 pero Eric ya se ha ido. Decepcionada y deprimida por tener que volver de nuevo sola a mi casa voy cabizbaja hacia la puerta.
Cojo la bici, me cuelgo la raqueta al hombro y empiezo a pedalear con desgana, sin querer volver a casa. Paso por la calle de Emma, mi mejor amiga, pero no me detengo. No está en la ciudad. Se ha ido de viaje por Europa y no volverá hasta el final del verano.
Sigo pedaleando y voy a girar a la derecha cuando un coche aparece de la nada con rapidez. Solo me da tiempo a girarme hacia mi izquierda y mirar al bólido por un segundo, antes de que me golpee en la rueda trasera. No tengo tiempo mas que para abrir la boca con sorpresa e intentar agachar la cabeza para protegerme mientras salgo volando por los aires entre los arbustos. Noto el impacto contra el suelo y suelto un grito, pero todo sucede demasiado deprisa para que llegue a darme cuenta de lo que ha sucedido realmente. Empiezo a dar vueltas hasta pararme unos metros más allá de mi bici. Permanezco tumbada, mirando el cielo. Oigo como la puerta del coche se cierra de un portazo y una voz suelta una maldición. Lo siguiente que escucho son pasos acercándose deprisa hacia mí.
-¿Estás bien?-me pregunta una suave voz masculina. Miro a la cara de mi interlocutor y me encuentro nadando en unos ojos azules que permanecerán siempre en mi mente.
Consigo asentir pero no articulo palabra ni hago ademán de levantarme. Él se acerca a mí y me coge en volandas para llevarme a su coche, agarrando también mi raqueta que ha caido a mi lado. «Debo de haber muerto y esto es el cielo» pienso, sintiendo sus brazos sujetándome.
Me deja con suavidad en la parte trasera de su coche y se aleja para colocar mi bicicleta en su maletero. Por suerte, creo haber sufrido menos daños que ella, que está en un estado penoso. Tiene la rueda trasera pinchada y todo a su alrededor destrozado. Los pedales cuelgan de una manera errónea y la cadena se ha salido de su soporte.
Pero todo eso deja de importarme cuando Eric se dirije de nuevo a mí y se inclina para examinar mis extremidades.
-Mueve la pierna-me dice, cogiendo con suavidad mi pierna derecha. Yo hago lo que me indica. Me cuesta un poco a causa de las heridas en la rodilla, pero lo hago con bastante soltura. Realizamos el mismo proceso para la otra pierna y los brazos, donde seguramente me saldrán grandes moratones.
-Creo que no te has roto nada-es su veredicto final. Me mira con consternación, pasándose la mano por el pelo. Parece que se ha cambiado de ropa y se ha dado una ducha. Ya no va vestido de tenis sino con unos vaqueros y una camiseta normal negra. Me pregunto como no tiene calor vestido así. Su pelo ya no está sudado sino que cae como una suave cascada dorada alrededor de su cabeza.
»Aún así te voy a llevar al hospital, por si acaso-me dice poniéndose en el asiento del conductor. Yo me incorporo y me siento a su lado, en el del copiloto. Me lanza una breve mirada y pone en marcha el coche.
-¿Vives aquí?-le pregunto.
-No-me contesta con brevedad.-Solo estoy de paso.
-¿Jugando al tenis?-sigo interrogándole. Eso le hace reir pero no contesta a mi pregunta. Sin embargo, me la devuelve con forma de otro interrogante:
-¿Quién es tu entrenador?
-Michael.
Eso le hace componer una sonrisa maliciosa, pero antes de que le pregunte nada llegamos al hospital.
Cojo la bici, me cuelgo la raqueta al hombro y empiezo a pedalear con desgana, sin querer volver a casa. Paso por la calle de Emma, mi mejor amiga, pero no me detengo. No está en la ciudad. Se ha ido de viaje por Europa y no volverá hasta el final del verano.
Sigo pedaleando y voy a girar a la derecha cuando un coche aparece de la nada con rapidez. Solo me da tiempo a girarme hacia mi izquierda y mirar al bólido por un segundo, antes de que me golpee en la rueda trasera. No tengo tiempo mas que para abrir la boca con sorpresa e intentar agachar la cabeza para protegerme mientras salgo volando por los aires entre los arbustos. Noto el impacto contra el suelo y suelto un grito, pero todo sucede demasiado deprisa para que llegue a darme cuenta de lo que ha sucedido realmente. Empiezo a dar vueltas hasta pararme unos metros más allá de mi bici. Permanezco tumbada, mirando el cielo. Oigo como la puerta del coche se cierra de un portazo y una voz suelta una maldición. Lo siguiente que escucho son pasos acercándose deprisa hacia mí.
-¿Estás bien?-me pregunta una suave voz masculina. Miro a la cara de mi interlocutor y me encuentro nadando en unos ojos azules que permanecerán siempre en mi mente.
Consigo asentir pero no articulo palabra ni hago ademán de levantarme. Él se acerca a mí y me coge en volandas para llevarme a su coche, agarrando también mi raqueta que ha caido a mi lado. «Debo de haber muerto y esto es el cielo» pienso, sintiendo sus brazos sujetándome.
Me deja con suavidad en la parte trasera de su coche y se aleja para colocar mi bicicleta en su maletero. Por suerte, creo haber sufrido menos daños que ella, que está en un estado penoso. Tiene la rueda trasera pinchada y todo a su alrededor destrozado. Los pedales cuelgan de una manera errónea y la cadena se ha salido de su soporte.
Pero todo eso deja de importarme cuando Eric se dirije de nuevo a mí y se inclina para examinar mis extremidades.
-Mueve la pierna-me dice, cogiendo con suavidad mi pierna derecha. Yo hago lo que me indica. Me cuesta un poco a causa de las heridas en la rodilla, pero lo hago con bastante soltura. Realizamos el mismo proceso para la otra pierna y los brazos, donde seguramente me saldrán grandes moratones.
-Creo que no te has roto nada-es su veredicto final. Me mira con consternación, pasándose la mano por el pelo. Parece que se ha cambiado de ropa y se ha dado una ducha. Ya no va vestido de tenis sino con unos vaqueros y una camiseta normal negra. Me pregunto como no tiene calor vestido así. Su pelo ya no está sudado sino que cae como una suave cascada dorada alrededor de su cabeza.
»Aún así te voy a llevar al hospital, por si acaso-me dice poniéndose en el asiento del conductor. Yo me incorporo y me siento a su lado, en el del copiloto. Me lanza una breve mirada y pone en marcha el coche.
-¿Vives aquí?-le pregunto.
-No-me contesta con brevedad.-Solo estoy de paso.
-¿Jugando al tenis?-sigo interrogándole. Eso le hace reir pero no contesta a mi pregunta. Sin embargo, me la devuelve con forma de otro interrogante:
-¿Quién es tu entrenador?
-Michael.
Eso le hace componer una sonrisa maliciosa, pero antes de que le pregunte nada llegamos al hospital.
Capítulo 2.
En ese momento siento que mis dieciseis años de vida han sido sencillamente para acabar en ese instante. Que toda mi vida se ha borrado de mi mente para concentrarse en este minuto. Que el mundo entero ha desaparecido porque no puede competir con el nuevo mundo que hemos creado él y yo en un simple instante.
Tiene los ojos como el mar en un día de calma. Límpidos, tranquilos y con una corriente que me impulsa a querer mirar dentro de ellos. Y el pelo como un campo de tierno trigo, pegado a su frente por el sudor. La piel ligeramente tostada, resaltando sus ojos, y la boca ligeramente abierta, jadeando por el cansancio, dejando ver una blanca dentadura bien colocada.
No sé cuánto tiempo pasamos mirándonos y realmente no me importa, porque es como un segundo pero a la vez como toda la eternidad. Podría haberme tirado horas sencillamente mirándole, pero su entrenador nos interrumpe gritando con voz potente:
-¡Eric!
Él se da la vuelta, rompiendo el contacto visual, mientras bebe un trago de agua antes de volver corriendo a la cancha.
-Gab-me llama una voz masculina que ya considero como mi conciencia. Me giro y me encuentro a Michael, mi entrenador particular.-¿Estás lista?
Noto cómo me pongo colorada, como si me hubiese pillado haciendo algo prohibido, mientras asiento. Bajo la cabeza para huir de su mirada, que parece interrogarme sobre lo que sucede.
Nos dirigimos a una pista en la otra punta de Van der Meer, lo que me desconsuela ya que no podré seguir viendo a Eric.
Me lanza algunas bolas y yo las golpeo, distraída. La mitad van a la red y la otra mitad fuera. Mi mente está en otra cancha, fija en unos ojos azules que no pueden ser de este mundo.
Al final Michael me deja un rato para descansar y beber agua. Me siento en una de las gradas y le doy un trago a mi botella de Gatorade. Se acerca y se sienta a mi lado, mirándome. Después de un rato con su mirada clavada en mí empiezo a sentirme incómoda y me giro hacia él.
-¿Qué?
-¿Qué te pasa hoy?-me pregunta divertido por mi incomodidad.
Lo cierto es que esperaba que se le pasase desapercibida mi distracción, incluso sabiendo que eso es imposible. Michael es la persona que mejor me conoce. Mi entrenador cinco veces a la semana y a veces incluso más, mi mejor amigo y mi hospedador cuando mis padres se van de viaje y me siento sola.
Me encojo de hombros como respuesta y sigo bebiendo, apartando la vista de él y concentrándome en una nube para evitar mirarle. Luego me doy cuenta de que él puede decirme quién es Eric.
-Ese chico que jugaba en la pista 19... ¿Quién es? Es un gran jugador.
Levanta las cejas, sorprendido.
-¿Eric?-pregunta. Yo asiento y en su cara se forma una sonrisa irónica, como si le apenase enormemente los piropos que salían de su boca.-Es de Alemania. Un gran talento; de los mejores. Joseph es su entrenador particular.
Yo espero que siga hablando, pero no lo hace.
-¿Y ya está?-le pregunto.
-¿Qué más quieres que te diga?-alza las cejas.
-Su edad, cuánto tiempo va a estar aquí, si tiene novia...-le sugiero.
Pero su mirada se oscurece y su sonrisa se borra.
-No te conviene, Gabrielle-me dice.-Aléjate de él.
Se levanta y se dirige a la pista de nuevo. Coge varias bolas y empieza a sacar con una fuerza descomunal.
«Gabrielle». Nunca me ha llamado por mi nombre completo, ni siquiera el primer día que me conoció. ¿Qué puede tener ese chico que sea tan terrible? ¿Y si no quiero alejarme de él? ¿Y si quiero acercarme más?
Tiene los ojos como el mar en un día de calma. Límpidos, tranquilos y con una corriente que me impulsa a querer mirar dentro de ellos. Y el pelo como un campo de tierno trigo, pegado a su frente por el sudor. La piel ligeramente tostada, resaltando sus ojos, y la boca ligeramente abierta, jadeando por el cansancio, dejando ver una blanca dentadura bien colocada.
No sé cuánto tiempo pasamos mirándonos y realmente no me importa, porque es como un segundo pero a la vez como toda la eternidad. Podría haberme tirado horas sencillamente mirándole, pero su entrenador nos interrumpe gritando con voz potente:
-¡Eric!
Él se da la vuelta, rompiendo el contacto visual, mientras bebe un trago de agua antes de volver corriendo a la cancha.
-Gab-me llama una voz masculina que ya considero como mi conciencia. Me giro y me encuentro a Michael, mi entrenador particular.-¿Estás lista?
Noto cómo me pongo colorada, como si me hubiese pillado haciendo algo prohibido, mientras asiento. Bajo la cabeza para huir de su mirada, que parece interrogarme sobre lo que sucede.
Nos dirigimos a una pista en la otra punta de Van der Meer, lo que me desconsuela ya que no podré seguir viendo a Eric.
Me lanza algunas bolas y yo las golpeo, distraída. La mitad van a la red y la otra mitad fuera. Mi mente está en otra cancha, fija en unos ojos azules que no pueden ser de este mundo.
Al final Michael me deja un rato para descansar y beber agua. Me siento en una de las gradas y le doy un trago a mi botella de Gatorade. Se acerca y se sienta a mi lado, mirándome. Después de un rato con su mirada clavada en mí empiezo a sentirme incómoda y me giro hacia él.
-¿Qué?
-¿Qué te pasa hoy?-me pregunta divertido por mi incomodidad.
Lo cierto es que esperaba que se le pasase desapercibida mi distracción, incluso sabiendo que eso es imposible. Michael es la persona que mejor me conoce. Mi entrenador cinco veces a la semana y a veces incluso más, mi mejor amigo y mi hospedador cuando mis padres se van de viaje y me siento sola.
Me encojo de hombros como respuesta y sigo bebiendo, apartando la vista de él y concentrándome en una nube para evitar mirarle. Luego me doy cuenta de que él puede decirme quién es Eric.
-Ese chico que jugaba en la pista 19... ¿Quién es? Es un gran jugador.
Levanta las cejas, sorprendido.
-¿Eric?-pregunta. Yo asiento y en su cara se forma una sonrisa irónica, como si le apenase enormemente los piropos que salían de su boca.-Es de Alemania. Un gran talento; de los mejores. Joseph es su entrenador particular.
Yo espero que siga hablando, pero no lo hace.
-¿Y ya está?-le pregunto.
-¿Qué más quieres que te diga?-alza las cejas.
-Su edad, cuánto tiempo va a estar aquí, si tiene novia...-le sugiero.
Pero su mirada se oscurece y su sonrisa se borra.
-No te conviene, Gabrielle-me dice.-Aléjate de él.
Se levanta y se dirige a la pista de nuevo. Coge varias bolas y empieza a sacar con una fuerza descomunal.
«Gabrielle». Nunca me ha llamado por mi nombre completo, ni siquiera el primer día que me conoció. ¿Qué puede tener ese chico que sea tan terrible? ¿Y si no quiero alejarme de él? ¿Y si quiero acercarme más?
Capítulo 1.
Cojo aire y soplo la única vela sobre un trozo minúsculo de tarta. Un fino hilillo de humo sale, desprendiendo un suave olor a quemado. Mientras se disuelve en el aire yo miro por la ventana, esperando ver aparecer el coche de mis padres. Pero nunca llega.
Con resignación, asumiendo que voy a pasar otro cumpleaños sola, devuelvo la vista a la tentadora pieza de chocolate que me he regalado por mi cumpleaños. Quito la vela con cuidado de que no caiga ni una gota de cera sobre la tarta. Acto seguido meto mi dedo en la crema de chocolate que la recubre y me lo llevo a la boca. Deliciosamente empalagoso. Sigo comiendo sin utilizar cubiertos, tan solo con mis manos. Es mi cumpleaños, puedo permitírmelo.
«Dulces dieciseis» pienso con amargura mientras recojo la comida. La casa está silenciosa, solo conmigo en ella. El único sonido que se escucha es el que yo produzco recogiendo los platos. Acabo y me dirijo a mi cuarto. Pongo la radio a todo volumen, para no sentirme tan sola y para que no me deje pensar demasiado. Suena «The A Team» de Ed Sheeran. La tarareo mientras me siento en la ventana a ver a los niños en el jardín. Es verano y hace un calor asfixiante aquí, en Hilton Head Island. Pero como si no fuese suficiente y el clima quisiese matarnos a todos, la humedad también es muy elevada.
Miro el reloj de mi mesita de noche. Las seis de la tarde. Decido que no me puedo quedar el día de mi cumpleaños tirada en mi habitación sin hacer absolutamente nada, y me visto con mi traje de tenis para ir un rato al Van der Meer a jugar.
Cojo la bicicleta del garaje, me cuelgo la raqueta del hombro y me pongo en marcha. Vivo en Long Cove en una plantación de la isla donde también viven algunas de mis amigas. Está más o menos a 15 minutos en bici, pero con este calor se me hacen eternos.
Cuando llego, mi ropa está bastante sudada y mi pelo se pega a mi espalda de una manera asquerosa.
Me dirijo a mi pista de tenis habitual y por el camino me encuentro a algunos instructores de tenis que me felicitan. Yo se lo agradezco y les sonrío, dándome cuenta de que son los primeros que se acuerdan. Esta idea me deprime aún más, pero continúo andando. Me paro enfrente de la pista 19, alrededor de la cual hay un número inusual de gente congregada. Oigo el sonido de una raqueta golpeando con fuerza una pelota y me acerco a ver qué mira tanta gente.
Están jugando un partido. Un chico joven de más o menos mi edad, con el pelo dorado oscurecido por el sudor y la piel morena también. Juega contra un hombre orondo que le lanza las bolas de un lado a otro, haciéndole correr. No le he visto nunca por aquí, pero tiene pinta de jefe de los profesores de tenis.
El chico juega increíblemente bien. Le devuelve las bolas con fuerza y corre con todas sus ganas. Lo comparo a mí y casi me entra la risa; me da mil vueltas.
El chico acaba mandando una fuera por muy poco y hacen un descanso. Todo el mundo se empieza a dispersar, pero yo me quedo un rato más, mirándole. Se sienta en una silla que hay cerca de mí y bebe agua. Alza la cabeza, notando mis ojos clavados en él, y nuestras miradas se cruzan.
Con resignación, asumiendo que voy a pasar otro cumpleaños sola, devuelvo la vista a la tentadora pieza de chocolate que me he regalado por mi cumpleaños. Quito la vela con cuidado de que no caiga ni una gota de cera sobre la tarta. Acto seguido meto mi dedo en la crema de chocolate que la recubre y me lo llevo a la boca. Deliciosamente empalagoso. Sigo comiendo sin utilizar cubiertos, tan solo con mis manos. Es mi cumpleaños, puedo permitírmelo.
«Dulces dieciseis» pienso con amargura mientras recojo la comida. La casa está silenciosa, solo conmigo en ella. El único sonido que se escucha es el que yo produzco recogiendo los platos. Acabo y me dirijo a mi cuarto. Pongo la radio a todo volumen, para no sentirme tan sola y para que no me deje pensar demasiado. Suena «The A Team» de Ed Sheeran. La tarareo mientras me siento en la ventana a ver a los niños en el jardín. Es verano y hace un calor asfixiante aquí, en Hilton Head Island. Pero como si no fuese suficiente y el clima quisiese matarnos a todos, la humedad también es muy elevada.
Miro el reloj de mi mesita de noche. Las seis de la tarde. Decido que no me puedo quedar el día de mi cumpleaños tirada en mi habitación sin hacer absolutamente nada, y me visto con mi traje de tenis para ir un rato al Van der Meer a jugar.
Cojo la bicicleta del garaje, me cuelgo la raqueta del hombro y me pongo en marcha. Vivo en Long Cove en una plantación de la isla donde también viven algunas de mis amigas. Está más o menos a 15 minutos en bici, pero con este calor se me hacen eternos.
Cuando llego, mi ropa está bastante sudada y mi pelo se pega a mi espalda de una manera asquerosa.
Me dirijo a mi pista de tenis habitual y por el camino me encuentro a algunos instructores de tenis que me felicitan. Yo se lo agradezco y les sonrío, dándome cuenta de que son los primeros que se acuerdan. Esta idea me deprime aún más, pero continúo andando. Me paro enfrente de la pista 19, alrededor de la cual hay un número inusual de gente congregada. Oigo el sonido de una raqueta golpeando con fuerza una pelota y me acerco a ver qué mira tanta gente.
Están jugando un partido. Un chico joven de más o menos mi edad, con el pelo dorado oscurecido por el sudor y la piel morena también. Juega contra un hombre orondo que le lanza las bolas de un lado a otro, haciéndole correr. No le he visto nunca por aquí, pero tiene pinta de jefe de los profesores de tenis.
El chico juega increíblemente bien. Le devuelve las bolas con fuerza y corre con todas sus ganas. Lo comparo a mí y casi me entra la risa; me da mil vueltas.
El chico acaba mandando una fuera por muy poco y hacen un descanso. Todo el mundo se empieza a dispersar, pero yo me quedo un rato más, mirándole. Se sienta en una silla que hay cerca de mí y bebe agua. Alza la cabeza, notando mis ojos clavados en él, y nuestras miradas se cruzan.
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