-¿C-cómo?-pestañeo. No lo entiendo. O quizá no lo quiera enteneder, pero ¿qué importa? Quiere que me vaya, eso es lo que quiere. Quiere que me aleje de él para no tener que volver a verme. ¿Tanto me odia?
-Ya lo has oído. Vete-me dice con dureza. Su rostro permanece impasible, sin reflejar emoción alguna. Sin embargo noto como mi rostro refleja mi rápido paso de la incredulidad a la cólera, apretando la mandíbula y frunciendo el ceño.
-¡No!-le chillo. Él no se asusta como esperaba que hiciese. Me mira con curiosidad, como si estuviese haciendo un experimento para ver hasta dónde era capaz de llegar. Bueno, pues se iba a enterar; me iba a salir de todos sus esquemas.-Yo llegué a esta ciudad antes que tú, ¿de acuerdo?-empiezo a rebelarme como una niña pequeña.-Si lo que quieres es estar lejos de mí eres tú el que debe irse.-Respiro hondo antes de soltar su última opción:-O serás tú el que deba echarme por la fuerza.
Me quedo ahí parada en el centro de la habitación con la cabeza alzada y los brazos cruzados. Quiero transmitirle mi posición de inflexibilidad, de firmeza y decisión, pero creo que ni siquiera consigo que me tome en serio.
Comprendo en ese momento que es él el que sigue estableciendo las normas, que si quiere que me vaya lo conseguirá. Pero antes de todo yo voy a jugar duro.
-De acuerdo-acepta Eric. Eso me sorprende más que si me hubiese amenazado o gritado.
Se gira y se vuelve a subir al alféizar, pero esta vez para salir de mi habitación.
-Espera-le detengo. Él se gira para mirarme a los ojos.- ¿Así de fácil?¿Dónde está la trampa?
No puedo creer que no vaya a protestar. Eric no parece una persona acostumbrada a resignarse y a aceptar las cosas sin más con un "de acuerdo".
-No hay trampa. Te lo he pedido por tu bien-dice. Y, a continuación, pega un salto y sale de mi casa. Me asomo corriendo a la ventana para ver si se ha hecho daño. Hay una buena caída hasta el jardín, pero cuando miro él ya no está. Sólo sombras decoran el césped de mi casa, como una horrible representación de mi alma en este momento.
Ahora que Eric se ha ido el vacío de la casa vuelve a ser insostenible. La televisión es apenas la conciencia de un leve murmullo en el cerebro que, de no saber que está encendida, ni siquiera sería consciente de él. Vuelvo a bajar las escaleras y a tumbarme en el sofá. Pero no no puedo relajarme. Las palabras de Eric no paran de rondar mi cabeza, como perros guardianes que me impiden entrar a una oscura mansión. Eso es. La mente de Eric es tan inaccesible e imprevisible que no tengo ni idea de cómo osbrepasar esas malditas paredes. De repente es un buen chico que me lleva al hospital, de repente un idiota que me deja tirada en la carretera. Ahora me salva de ahogarme, luego me besa y me deja tirada. Primero me pide que me aleje, luego me dice que es por mi bien. ¿Va a dejar de contradecirse en algún momento? Es como estar en el ojo de un huracán, yendo y viniendo al antojo de una fuerza enorme a la que ni siquiera puedes igualar.
Pero el juego continúa y, como ya dije, las reglas voy a empezar a dictarlas yo. Eric no se va a salir con la suya, no va a cambiar toda mi vida sólo porque sabe que puede hacerlo y se le ha antojado.
La rabia empieza a invadir mi cerebro lentamente, pero decido guardármela para mañana, pienso canalizarla para lograr mi victoria en el partido y dejarle claro que se acabó. No pienso dejar que dirija mi vida nadie.
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