Al final consigo meter a Michael en mi coche para llevarle a su casa. Pongo la radio bajita y le doy una toalla que llevo siempre en el maletero para que se seque un poco.
De camino a su casa Michael parece volver en sí y me mira avergonzado. Vuelve su tono dulce y su sonrisa generosa.
-Oye, Gab...-Mantengo los ojos fijos en la carretera a la espera de que continúe.-Siento todo lo que ha pasado; no sé qué me ha ocurrido, de verdad.
-P-pero...-intento decir. No me salen las palabras. Estoy tan confusa por todo lo que ha pasado que no sé ni qué decirle.-¿A qué ha venido el numerito?¿De qué conoces a Eric para juzgarle de ese modo?
Su sonrisa se borra y sus hombros se tensan. Me mira fijamente con los dientes apretados. Yo le devuelvo la mirada con preocupación. ¿Se va a poner así cada vez que nombre a Eric?¿Por qué le altera tanto?
-¿Qué ha pasado?-Su pregunta suena como una acusación. Yo pestañeo sin saber a qué se refiere.- Gabrielle, te conozco lo suficiente, tu cara es como un libro abierto. ¿Qué ha pasado entre Eric y tú?
Esa pregunta hace que se me abra la boca en un gesto de sincera sorpresa. ¿Cómo ha podido adivinarlo? Sé que no soy precisamente de las que su cara es como una máscara pero, ¿cómo ha podido adivinar algo así?
-N-no ha pasado nada-tartamudeo. Vuelvo a mirar a la carretera para que no pueda seguir mirándome a los ojos.
Oh, Dios mío, Gabrielle-murmura.-Entonces sí que ha pasado algo, ¿verdad?
Llegamos en ese momento a su casa y paro el coche, todavía sin mirarle. Ahora soy yo la que estoy avergonzada. Michael ha sido mi confidente desde que tenía doce años y él 16, y no he sido capaz de contarle lo que pasó hace una semana en la playa, después de que él me dijera que me alejase de Eric.
-Hace una semana, en la playa-le digo, intentando que lo adivine para no tener que contarle nada. No quiero decirlo en voz alta, no quiero reconocer lo humillante que fue.
-Dios, Gab...-su voz deja de ser tan dura, solo... decepcionada. Aunque eso lo hace aun más insoportable. Suspira y me atrae hacia él para abrazarme.
-Tenías razón, es un capullo-le digo, con la voz ahogada por su hombro.-Cometí un error.
Pero no le confieso que, aunque intento arrepentirme de lo que sucedió, ni por un instante he llegado a considerarlo una mala decisión. A pesar de que luego saliese corriendo, a pesar de que él no sintiese nada, a pesar de que estuviese mal.
-No, puede que no lo hicieses-dice Michael. Su tono es pensativo, como si estuviese recordando algo que le dijeron hacía tiempo.
-Tengo que irme a casa-le digo, separándome de él y volviendo a encender el motor. Michael sale de mi coche y, cuando entra a su casa y cierra la puerta, vuelvo a sentirme completamente sola.
Conduzco hacia mi casa, con los faros de mi coche iluminando la carretera. Tengo que pararme a la mitad del camino para no atropellar a un ciervo que cruza despistado la carretera. El animal se para al ser iluminado por mis faros y me mira. Yo le devuelvo al mirada y, como si quisiese asegurarme que me estoy volviendo loca, me guiña un ojo.
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