lunes, 14 de noviembre de 2011

Capítulo 19.

Mi casa vuelve a estar vacía. Abro la puerta y enciendo la luz del salón, del pasillo y de la cocina Pero aunque ahuyente la oscuridad, la soledad permanece instalada en mí.
Mi tripa se queja por no haber cenado nada. Al iniciarse la pelea no me dió tiempo de pedir ni una pizza y todas las emociones de la noche me han dado hambre.
Me pongo el pijama, me preparo un plato de pasta con salsa bolognesa y me acurruco en el sofá a ver una película que echan por la tele. Es la típica comedia romántica en la que todo va siempre genial, el chico es encantador y la chica adorablemente inocente. El instituto es divertido, todos cantan canciones pegadizas y siempre hay música romántica de fondo.
No consigo pillar demasiado bien el argumento, pero me distrae durante un rato, impidiendo que mi cabeza vuelva al tema de Eric y Michael.
De repente un ruido que no proviene de la película altera la quietud de la casa. Me incorporo con todos los sentidos alerta, como un gato alzando las orejas.
El ruido se repite. No identifico qué puede ser, pero sí de donde proviene: mi habitación.
Intento pensar en una explicación razonable para el ruido, pero ninguna me convence. Se repite una tercera vez y los pelos de mi nuca se erizan a la vez que mi respiración se acelera. Cojo un cuchillo de la cocina, bajo el volumen de la tele sin apagarla y voy subiendo con pasos cautelosos las escaleras que llevan al piso de arriba. A cada centímetro que me acerco a mi habitación mi corazón se acelera más. El pasillo está oscuro y no veo ni a un palmo de distancia, pero por suerte me conozco la casa a la perfección después de 16 años viviendo en ella. Llego por fin al umbral de la puerta e intento captar algún movimiento en la oscuridad. La única luz la proporciona la luna llena desde el cielo al colarse por la ventana abierta, iluminando tan solo un cuarto de la habitación.
Una sombra se desliza con rapidez al lado de la cama y yo alzo el cuchillo dispuesta a defenderme si es necesario. La sombra se mueve hasta llegar a los lindes del marco de iluminación, pero sigo sin poder distinguir sus rasgos. Mi corazón se acelera aun más, esperando a que dé tan solo un paso.
Y lo da.
-Baja eso, te vas a hacer daño-me dice, ya con el rostro iluminado.
Bajo el cuchillo con lentitud, estupefacta al descubrir la identidad de mi asaltador de morada.
-Eric, ¿cómo has entrado?
-La ventana estaba abierta-la señala, sentándose en el marco como si estuviese previendo una escapada rápida si las cosas se ponen feas para él.
Juraría que la había cerrado antes de irme, no soy de las que van dejando ventanas abiertas, pero también es posible que se me olvidase.
-¿Has venido a disculparte? Porque no es a mí a quien deberías pedir perdón-le digo cruzándome de brazos y colocándome instintivamente a la defensiva.
-No, esas no eran mis intenciones-me dice relajado.
-¿Y cuáles son?
Se baja de la ventana y se acerca a mí con lentitud. Las rodillas me empiezan a fallar, pero las ignoro y alzo la barbilla, desafiante. No va a conseguir intimidarme de nuevo. Se acabó eso de sentirme como una niña pequeña, inofensiva y vulnerable a su lado.
-Pedirte que te vayas.
Alzo una ceja con incredulidad. Acabo por soltar una carcajada sarcástica, al no tener muy claro cómo debo reaccionar ante esta afirmación.
-¿De mi propia casa?¿Debo recordarte que aquí eres tú el intruso?
-No me refiero de tu casa. Me refiero de la isla, o preferiblemente del país.

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