miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulo 11.

-¿Así es como rellenas tu cupo de buenas acciones?-le pregunto desde la puerta.
Lleva una camiseta blanca de tirantes propia de un socorrista que le sienta realmente bien. Realza su moreno y sus brazos parecen más fuertes. Debajo lleva un bañador rojo que debe ser su uniforme.
-Estoy a punto de dejar de ser tan buena persona-dice dándome un lento repaso.
En ese momento me doy cuenta de que estoy en bañador, chorreando agua por todas partes y llena de arena. Me tapo con los brazos como puedo y él me tiende una toalla blanca de socorrista, acompañada por una sonrisa burlona. Yo la agarro con brusquedad y me tapo con ella como si fuese una manta.
Me aclaro la garganta intentando aclararme para decirle:
-Me ha picado una medusa.
Le enseño el gemelo hinchado y me hace sentarme en una camilla que hay contra la pared. Él se pone en cuclillas y me observa el gemelo. Acaba untándome una pomada y me impide bañarme en un día por lo menos. Me pide que me quede un rato sentada en la camilla mientras descanso el gemelo.
-¿Trabajas siempre aquí?-intento entablar conversación.
-Solo durante una temporada.
En ese momento una sensación extraña se apodera de mi estómago. Lo achaco a la falta de alimento y sigo preguntándole:
-¿Por qué este trabajo?
-No lo sé-me contesta. Pero en sus ojos leo que tiene razones, aunque revelarlas sería una estupidez por su parte. Me pregunto cuales son. Es siempre tan misterioso... Aunque quizá sea eso lo que le hace tan peligrosamente atractivo.
-Puede que al fin y al cabo seas buena persona y quieras proteger a la gente-le sugiero.
Eso le hace reir de veras.
-No, no es por eso.
-Pues yo creo que es cuestión de conciencia-concluyo.
Estoy planteándome la idea de venir más a menudo a la playa, cuando por el rabillo del ojo advierto movimiento. Me fijo más en el mar con la corazonada de que algo va mal, muy mal.
Y no me equivoco.
Lejos de la orilla hay alguien luchando por salir a la superficie y con los brazos en alto, agitándolos con violencia.
-¡Alguien se está ahogando!-grito, histérica. Eric mira con indiferencia al mar y sigue a lo suyo.-¡Tienes que ayudarle!-le ordeno. Él me mira y no hace ningún ademán de levantarse de su silla para salvarle. Sin embargo, hace una mueca de aburrimiento, como si yo no entendiese que ese no es su deber. Pero claro que es su deber, ¿no? ¡Es el vigilante de la playa!
Sin tiempo de pensar siquiera salgo corriendo hacia el agua. Por la adrenalina del momento no noto ni el dolor de mi gemelo. Me meto en el agua lo más rápido que puedo y nado hacia el niño que se ahoga con toda la fuerza que puedo. Oigo sus gritos pidiendo ayuda, interferidos de vez en cuando por el agua que traga. Sus brazos se mueven en el aire intentando que le vea alguien. Cuando estoy a punto de llegar a él, se hunde en el agua. Yo nado hacia donde creo haberle visto por última vez y me sumerjo. Consigo agarrarle la mano y hago fuerzas para sacarle a la superficie. Casi lo he conseguido, cuando soy yo la que se hunde, arrastrada por la corriente. Doy patadas en el agua intentando mantenerme a flote, pero mi gemelo elige ese momento para fallarme y me quedo sin fuerzas. Intento nadar luchando contra la corriente, pero tengo que arrastrar al niño por la mano y es muy pesado. No, no le puedo soltar. No podría llevar eso toda mi vida en la conciencia. Trato de subirlo a la superficie pero no tengo fuerzas suficientes. La corriente me arrastra de un lado a otro con violencia, como una niña caprichosa jugando con una vieja muñeca. Yo acabo rindiéndome y dejando que me arrastre hacia las rocas.
Se acabó. Será bonito morir intentando salvar a otra persona. Moriré al menos con la conciencia tranquila. Lo único que siento es no poder salvarle y que tengamos que morir los dos.
Cierro los ojos y lanzo una última plegaria a Dios mientras las rocas se van acercando más y más. Noto como mi cabeza colisiona contra algo muy duro, cortándome la respiración.
Y de pronto, nada más que oscuridad.

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