-Ese día ya había cubierto mi cupo de buenas acciones-me contesta.
-¿Y te faltaba por rellenar el de las malas?-le pregunto con incredulidad. Pero me sonríe y no puedo evitar que se esfume todo mi enfado. ¿Cómo voy a discutir con él?
Georgine aparece en ese momento, interrumpiéndonos.
-Eric, ¿qué haces mañana?-le pregunta, ignorándome de manera evidente.
-Tengo planes-la contesta. Pero no la mira a ella, sino que dirige su mirada significativamente hacia mí. ¿Se referirá a que planea quedar conmigo? No. ¿Por qué haría eso?
-¿Y el sábado?-le pregunta sin darse por vencida. Enrolla su pelo en un dedo y lo suelta con coqueteo, componiendo su mejor sonrisa.
-Nada-dice Eric.
-Entonces, podrías acompañarme a hacer unas compras.
-Claro.
Yo observo como planean el sábado delante de mis narices sin intervenir. Ni siquiera quiero acompañarles. Sería irritante ver como la caprichosa de Georgine persigue a Eric sin descanso.
¿A quién quiero engañar? Reviento solo de imaginarlos juntos. Pero ahora tengo la oportunidad de fastidiar a Georgine y no pienso desperdiciar la ocasión.
-¿A comprar?-pregunto, fingiendo ilusión.-¿Cuándo vamos?
Georgine me mira con irritación y se le borra la sonrisa. Eric, sin embargo, me mira divertido e interesado.
Georgine tiene demasiados modales para decirme que no estoy invitada, aunque ganas no la faltan.
-El sábado-fuerza una sonrisa.-En Coligny, a las dos.
-Perfecto-la digo con alegría.
Georgine sale por la puerta todavía con la sonrisa forzada, sin comprender demasiado lo que acaba de suceder. La pobre Georgine no está acostumbrada a que las cosas no la salgan bien.
Yo, satisfecha, me voy al jardín. Le echo una última mirada a Eric, que está tirado en el sofá con una sonrisa de pura burla.
Un portazo me despierta a la mañana siguiente de golpe. Miro a mi alrededor en la habitación y encuentro, colgando del respaldo de mi silla, el vestido de la noche anterior. Todo acabó al final con normalidad y volví a casa muy tarde. No hubo nada realmente destacable.
Hoy es domingo y hace un día deliciosamente soleado, ideal para pasarlo en la playa. Desayuno, me pongo el bikini y cojo la toalla.
Aparco el Hummer en una zona privada de la playa que tenemos cerca de casa. No hay casi gente y me alegro. Hoy solo quiero relajarme y tomar el sol.
Paso el día tirada en la toalla con la música del iPod puesta a tope, impidiéndome pensar. No quiero acordarme de Eric, ni de Georgine, ni de Mrs. Smith...
A las siete, cuando ya es hora de ir a casa a cenar, decido darme el último baño. No tengo ninguna gana de volver a mi solitaria mansión y retraso la vuelta en la medida de lo posible. Mis padres se han vuelto a ir de viaje por cuestiones laborales y me han dejado sola de nuevo.
Me estoy bañando cuando noto una especie de pinchazo en el gemelo. Hago una mueca de dolor y levanto la pierna para ver si tengo algo. Me da un calambrazo por toda la pierna al moverla y me encuentro con que tengo el gemelo hinchado y rojo. Miro al agua y veo como una pequeña medusa se aleja. Maldigo para mis adentros y salgo del agua cojeando. Mi bañador negro se ha vuelto aún más oscuro a causa del agua y mi pelo chorrea pegado a mi espalda.
Cerca de mi toalla hay una caseta de vigilantes de la playa que tendrán una pomada para aliviar el dolor. Meto la toalla llena de arena en la bolsa para la playa y me dirijo a la caseta, evitando apoyar mucho la pierna herida. Subo las escaleras de madera blanca de la torre de vigilancia y llamo a la puerta.
-Adelante-me dice una voz familiar y extrañamente burlona al otro lado. Yo entro en la cabina del vigilante y me encuentro con la persona que jamás creí que podría ver allí ni en un millón de años.
Mis ojos se abren de la sorpresa y su boca se abre en una sonrisa divertida.
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