miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulo 12.

Me despierto con el ruido de un sonido intermitente. Abro los ojos e intento incorporarme, pero un fuerte dolor de cabeza me convence de que estoy mejor tumbada. El sonido intermitente sigue y yo miro alrededor. Estoy en la caseta del vigilante, tumbada en la camilla y con una toalla cubriéndome el cuerpo. Alguien debe habérmela tendido por encima.
Es de noche y la cabaña está tenuemente iluminada por la luz de la luna y una farola que hay fuera. Eric está en la silla repantingado, observándome con interés mientras se lleva algo a la boca. Son uvas moradas, mis favoritas. Su pie se balancea, golpeando la pared de madera con el talón, en un ritmo lento. Ese es el ruido que me ha despertado.
-¿Qué hago aquí?-le pregunto. Mi voz suena un poco ronca y me la aclaro con un carraspeo.
-Dormir-me contesta.-Te golpeaste con una roca.
Entonces lo recuerdo todo. Intenté salvar a un niño que se ahogaba. Me incorporo de golpe, asustada por la idea de que se haya ahogado al fin y al cabo. Mi cabeza protesta con un agudo pinchazo, pero la ignoro.
-¿Y el niño?-le pregunto con el corazón a mil por hora.
-¿Qué niño?-dice con tranquilidad. Me está intentando martirizar para que me sienta mal.
-El niño que se estaba ahogando.
-Con su madre-me tranquiliza. Entonces me doy cuenta de lo que ha sucedido.
-Iba a morir-le digo en voz baja, mirando a la realidad de cara.-Me golpeé en la cabeza con una roca. Tú... ¿Tú me salvaste?
Le miro a los ojos y él me devuelve la mirada. Es la única vez que no hay rastro de burla en sus ojos. Es evidente que no quiere recordar lo que hizo. Como si hubiese sido un error pero no se arrepintiese. Como si de algún modo hubiese desafiado al mundo rescatándome y estuviese esperando el castigo con la cabeza bien alta.
-Y salvaste también al niño.
Nos quedamos en silencio y él sigue comiendo uvas con indiferencia, como si no le importase haberle salvado la vida a dos personas.
-Cuestión de conciencia. Lo que yo decía-le digo. Aunque en realidad no entiendo demasiado bien por qué. Él no quería salvar al niño, pero nos ha acabado salvando a los dos.
Seguimos en silencio y yo miro el reloj que cuelga de la pared. Las diez de la noche. Debería volver ya a casa. Recojo mi bolsa y me deshago de la toalla que me ha tendido Eric por encima, bajo su atenta mirada.
-Tengo que irme.-Él sigue mirándome mientras se lleva otra uva a la boca.-Gracias.
No dice nada y yo me giro para salir. Pero al dar un paso me agarra de la mano y tira de mí con fuerza y suavidad a la vez, de manera que quedo muy cerca de él. Me mira desde abajo sentado en la silla. Y a pesar de estar más alta que él, siento que sigo sin tener el control de la situación.
Su mirada se clava en mis ojos, provocándome un agradable escalofrío que ahuyenta por un instante el martirio de mi cabeza. Sus ojos azules me recuerdan al tormentoso mar que casi se lleva mi vida. Pero no me asusta, sino que me atrae aún más.
Encuentro sus ojos como torturados. Como si estuviese saltándose las reglas de un juego que no está bajo su control. Pero una pared me impide seguir leyendo en sus ojos. Una pared que oculta un secreto inconfesable.
-Quédate-me pide en un susurro.-Quédate conmigo esta noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario