Me siento al borde de la piscina con los pies en el agua y Eric hace lo mismo, quitándose los zapatos y los calcetines.
-¿De dónde eres?-le pregunto tras un rato de silencio.
-Alemania-me contesta.
-¿Por qué has venido?-Me mira divertido por el interrogatorio mientras se burla:
-Por ti.
Yo me pongo roja y no me atrevo a girar la cara para mirarle a los ojos.
-No lo sé-me confiesa al final con un suspiro. Gira la cabeza y lleva la vista al cielo, mientras se alborota el pelo con la mano que no sujeta la cerveza.-Pero no me arrepiento.
Se hace el silencio y yo miro nuestros pies en el agua. Las luces de los laterales los iluminan, difuminados por el movimiento de nuestras piernas. Él tiene los pies cruzados en una actitud relajada, los míos se balancean de un lado a otro, pero sin tocar los suyos.
Me pregunto qué pasaría si por accidente le rozase un pie. Solo un poco, para acercarme más.
Pero no me atrevo. Me limito a contemplarle. Su claro perfil recortado en la oscuridad de la noche. Su apuesto rostro bañado por la luz de la luna. Tan relajado y calmado. Sereno, impasible y valiente. Como desafiando al mundo a perturbar su paz. Casi parece un ser superior. Un ángel o un demonio.
Algo en mí se niega a molestarle, a hacerle romper ese momento de tranquilidad, ese mudo diálogo con el cielo.
Pero no es necesario que yo lo interrumpa. La puerta de cristal se abre y los invitados empiezan a desfilar por el jardín con las copas en la mano y hablando suavemente. Eric gira la cabeza hacia ellos pestañeando, como si se despertase de un sueño. Se pone de pie y se pone los calcetines, incluso con los pies mojados. Se calza los zapatos y se aleja sin dirigirme ni una mirada. Veo como Georgine le alcanza y se pone a hablar con él, agitando sus largas pestañas.
-Gabrielle, levanta de ahí-me dice mi madre viniendo a mi lado. Está enfadada por que me haya ido de la fiesta y esté metida en el agua, y lo sé. Pero lo cierto es que no me preocupa demasiado. Tan solo pienso en volver a quedarme a solas con Eric.
Hago lo que me ordena y me calzo los zapatos. Mrs. Smith me alcanza en ese momento y no me deja escapar.
-Gabrielle, me preguntaba dónde estabas-me dice. Me da un repaso de arriba a bajo y frunce los labios con desaprobación. Sé lo que está pensando: "Georgine nunca me avergonzaría de esta manera".
-Pues aquí estoy, Mrs. Smith-la contesto en tono sumiso.
-Se me ha ocurrido que Georgine y tú podrías jugar el domingo que viene al tenis. El calor no será sofocante y en Van der Meer me han cedido una pista para las once de la mañana.
Mientras ella habla yo miro por encima de su hombro como Georgine y Eric hablan. Con unas palabras de disculpa, Eric se deshace de Georgine para dirigirse al interior de la casa. Tengo que seguirle.
-Por supuesto, Mrs. Smith. Si me disculpa, tengo que ir al servicio.
Me alejo de ella sin esperar que diga nada más. Me meto en el interior de la casa, donde veo a Eric. Está sentado en el sofá, mirandome con curiosidad. Me acerco a él con decisión, pero la pierna me falla y se me dobla con debilidad sin poder soportar mi peso. Caigo al suelo, consiguiendo apoyar las manos antes que la cara.
Eric viene corriendo a mi lado y me ayuda a incorporarme y sentarme en el sofá. Pone sus manos por detrás de mi rodilla y empieza a palpar mi piel.
-Dobla la pierna.
Yo hago lo que me dice y una punzada me recorre el gemelo. Es muy leve y decido no darle importancia. Me pongo de pie para demostrarle que puedo andar, hasta que queda convencido.
-A lo mejor esto no hubiese sucedido de no ser por que me dejaste tirada en el hospital y tuve que forzar mis piernas a andar después del accidente-le digo con frialdad.-Él se sienta en el sofá con una sonrisa divertida. Yo no puedo resistirme a conocer sus razones y le pregunto:-¿Por qué lo hiciste?
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