miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulo 8.

-¿Dónde has estado este verano?-me pregunta Georgine con desgana, como si se hubiese dado cuenta de que no voy a ir a ningún lado y se hubiese resignado a mi compañía.
-En Van der Meer-la contesto, desviando la mirada de Eric para mirarla por primera vez.
-Jugando al tenis, supongo-dice. Yo asiento y ella compone una cara de claro sentimiento de superioridad, antes de lanzarme un reto.-Un día deberíamos jugar un pequeño partido.
Georgine es extremadamente competitiva. Jamás ha dejado que la gane en nada y se niega a admitir que soy mejor que ella en algo. Pero, para mi desgracia, es un rival a tener en cuenta.
-Cuando quieras-la contesto. Ella queda satisfecha y gira la conversación hacia Eric, que nos mira divertido, viendo la tirantez de nuestra relación.-¿Qué piensas hacer tú en Agosto, Eric?
Él se encoge de hombros y coge un Martini de la bandeja de un camarero que pasa por allí.
-Quizá viajar, quizá quedarme... Quién sabe.
-Deberías quedarte-le dice Georgine, agarrándole del brazo y bajando la voz, como si estuviera flirteando. En ese momento la situación se vuelve un tanto incómoda para mí y decido alejarme en dirección a los lavabos. Me meto en el servicio de señoras y me miro al espejo. Mi pelo está en su sitio y el poco maquillaje que me he puesto continúa intacto. Mi vestido todavía está limpio y sin una arruga.
Miro con consternación las heridas repartidas por todo mi cuerpo. Sé que todo el mundo las ha notado y se está preguntando con curiosidad qué ha ocurrido, pero han tenido la decencia de no preguntarme.
Decido que no merece la pena volver al salón con toda esa gente estirada. No me sobran precisamente las ganas de meterme en una conversación insípida y soporífera. Me meto en el salón intentando pasar desapercibida y llego a la puerta que da al jardín. Compruebo que no hay nadie mirando y salgo, cerrando la puerta tras de mí.
La piscina, clara y limpia, está iluminada por unos focos que salen de las paredes. En el suelo también hay focos, iluminando un césped bien cuidado donde se asientan unas tumbonas. En una esquina hay dispuesta una barbacoa que se encenderá más tarde, a las 9.
Me quito los tacones y los dejo en una tumbona. Es un alivio sentir el césped colándose entre mis dedos, haciéndome cosquillas. Me acerco al borde de la piscina y me quedo mirando el fondo, fácilmente visible a través de la límpida agua.
-Según me han dicho eres una gran jugadora de tenis-oigo una voz suave y grave a mi lado. Giro la cabeza y me encuentro a Eric a mi lado.
Me encojo de hombros, sin ganas de alardear.
-No tan buena como tú. Todavía.
Él sonríe, acercándose más a mí. Entonces reparo en que lleva una mano en el bolsillo y la otra sujetando una cerveza.
-Apuesto a que no tienes edad para beber-le digo. Y no puedo evitar ironizar:-¿Qué diría la buena de Georgine?-Chasqueo la lengua, fingiendo decepción.
-Nadie tiene porqué saberlo-dice dando un sorbo y ofreciéndome un trago.
-No bebo-le digo, denegando el ofrecimiento.
Eso le hace sonreir, divertido.
-¿Por qué? ¿Te da miedo dejar de acatar las órdenes?
Le miro, desafiante.
-No voy a caer en tu juego. No entiendo de qué va.
-Claro que no-me dice.-Y nunca lo sabrás si no te arriesgas.
Se acerca más y me vuelve a tender la botella. La agarro con decisión y me la llevo a la boca, girando la cabeza para no mirarle. Mi cara está de frente a la piscina mientras echo la cabeza atrás y le doy un largo sorbo. Me limpio la boca con el dorso de la mano y le devuelvo la botella.
La cerveza no está tan mala. Lo cierto es que me gusta bastante. Es la primera gota de alcohol que he probado en toda mi vida y me sienta extraordinariamente bien.
Él sonríe con aprobación y le da otro sorbo a la botella.

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