Sus labios rozan los míos con suavidad, un leve beso que me deja con ganas de más. Al contacto, una corriente eléctrica recorre mi boca, extendiéndose después por todo mi cuerpo. Echo la cabeza hacia atrás buscando su boca. Él me agarra de la nuca para atraer su cara a la mía y pone la otra mano en mi espalda, causando otra descarga al notar su piel contra la mía. Pega sus labios a los míos y me besa lentamente, con dulzura.
Por primera vez en mi vida siento que todo va bien, que no tengo que temerle a nada, que el mundo es un lugar bonito al fin y al cabo. Siento que si el cielo existe realmente debo hallarme en él, que si estiro una mano puedo tocar una estrella.
Pero de repente Eric se tensa y me agarra con más fuerza, pegando mi cara y mi cuerpo contra él. El beso se vuelve rápido, casi desesperado. Como si estuviese mal y nos fuesen a castigar por ello, pero aún así quisiese seguir adelante y desafiar al universo entero. Como si, de quedar un solo trozo de nuestro cuerpo que no esté en contacto, fuesemos a morir. Como si hubiese esperado la eternidad entera para tenerme entre sus brazos y su sueño se hubiese vuelto realidad. Como si tuviese miedo de que sea una ilusión que se escape entre sus dedos si no me mantiene junto a él. Como si no hubiese ayer, ni hoy, ni mañana; solo este instante, solo la eternidad.
Nos separamos al final entre jadeos. Él me mira a los ojos y se aparta lentamente de mí. Antes de que se gire para volver a mirar al mar puedo ver en sus facciones un rastro de... ¿culpabilidad? Susurra algo que no consigo entender y se queda inmóvil con los puños apretados y la vista y la mente más allá de la playa. Miró en la misma dirección y me parece ver la sombra de algo en el mar, poco iluminada a pesar de que el brillo de la luna incide directamente sobre ella. Pero en el instante que dura un parpadero, desaparece. Un escalofrío pasa por mi cuerpo, antes de autoconvencerme de que ha sido sólo una ilusión provocada por la historia de Eric. ¿Quién en su sano juicio se creería una leyenda de esa clase?¿Piratas, demonio, caminos en el mar?
Eric sigue sin mirarme. Aprieta la mandíbula y, sin decir una palabra, se gira y sale de la caseta. Ni siquiera me he levantado de la camilla cuando él ha llegado al parking y ha desaparecido entre las sombras. Me quedo en la caseta, anonadada y confusa, intentando encontrar en mi cabeza la causa de su repentina marcha. Después de quedarme ahí diez minutos con la esperanza de que vuelva y me diga que era una broma, acabo dejando la toalla doblada y marchándome a casa en mi coche. Son las once de la noche y los bares están iluminados.
No entiendo qué ha sucedido, qué falla en mí o qué le pasa a él. ¿Hará eso con todas? ¿Las besará y saldrá corriendo? Porque si se cree que voy a ser como todas las demás está muy equivocado. No pienso dejar que juegue conmigo y me maneje a su antojo.
¿Va a ser siempre así? ¿Se acercará a mí, se asustará y a continuación huirá? No, desde luego que no. Cree que esto es un juego, que él establece las normas y yo las voy a seguir, deseosa de encontrarle al final del laberinto y hundiéndome cuando no esté. Se piensa que todo va a ser fácil, yo seré sumisa y él pasará un buen rato, ¿no? Porque en todo esto el que se tiene que divertir es él, a costa de las demás, pisoteándole el corazón a todas y saltando en los charcos de sus lágrimas.
Bueno, pues aquí empieza el juego. Pienso saltarme todas y cada una de las normas. Y seré yo la que no esté al final del laberinto.
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