En ese momento siento que mis dieciseis años de vida han sido sencillamente para acabar en ese instante. Que toda mi vida se ha borrado de mi mente para concentrarse en este minuto. Que el mundo entero ha desaparecido porque no puede competir con el nuevo mundo que hemos creado él y yo en un simple instante.
Tiene los ojos como el mar en un día de calma. Límpidos, tranquilos y con una corriente que me impulsa a querer mirar dentro de ellos. Y el pelo como un campo de tierno trigo, pegado a su frente por el sudor. La piel ligeramente tostada, resaltando sus ojos, y la boca ligeramente abierta, jadeando por el cansancio, dejando ver una blanca dentadura bien colocada.
No sé cuánto tiempo pasamos mirándonos y realmente no me importa, porque es como un segundo pero a la vez como toda la eternidad. Podría haberme tirado horas sencillamente mirándole, pero su entrenador nos interrumpe gritando con voz potente:
-¡Eric!
Él se da la vuelta, rompiendo el contacto visual, mientras bebe un trago de agua antes de volver corriendo a la cancha.
-Gab-me llama una voz masculina que ya considero como mi conciencia. Me giro y me encuentro a Michael, mi entrenador particular.-¿Estás lista?
Noto cómo me pongo colorada, como si me hubiese pillado haciendo algo prohibido, mientras asiento. Bajo la cabeza para huir de su mirada, que parece interrogarme sobre lo que sucede.
Nos dirigimos a una pista en la otra punta de Van der Meer, lo que me desconsuela ya que no podré seguir viendo a Eric.
Me lanza algunas bolas y yo las golpeo, distraída. La mitad van a la red y la otra mitad fuera. Mi mente está en otra cancha, fija en unos ojos azules que no pueden ser de este mundo.
Al final Michael me deja un rato para descansar y beber agua. Me siento en una de las gradas y le doy un trago a mi botella de Gatorade. Se acerca y se sienta a mi lado, mirándome. Después de un rato con su mirada clavada en mí empiezo a sentirme incómoda y me giro hacia él.
-¿Qué?
-¿Qué te pasa hoy?-me pregunta divertido por mi incomodidad.
Lo cierto es que esperaba que se le pasase desapercibida mi distracción, incluso sabiendo que eso es imposible. Michael es la persona que mejor me conoce. Mi entrenador cinco veces a la semana y a veces incluso más, mi mejor amigo y mi hospedador cuando mis padres se van de viaje y me siento sola.
Me encojo de hombros como respuesta y sigo bebiendo, apartando la vista de él y concentrándome en una nube para evitar mirarle. Luego me doy cuenta de que él puede decirme quién es Eric.
-Ese chico que jugaba en la pista 19... ¿Quién es? Es un gran jugador.
Levanta las cejas, sorprendido.
-¿Eric?-pregunta. Yo asiento y en su cara se forma una sonrisa irónica, como si le apenase enormemente los piropos que salían de su boca.-Es de Alemania. Un gran talento; de los mejores. Joseph es su entrenador particular.
Yo espero que siga hablando, pero no lo hace.
-¿Y ya está?-le pregunto.
-¿Qué más quieres que te diga?-alza las cejas.
-Su edad, cuánto tiempo va a estar aquí, si tiene novia...-le sugiero.
Pero su mirada se oscurece y su sonrisa se borra.
-No te conviene, Gabrielle-me dice.-Aléjate de él.
Se levanta y se dirige a la pista de nuevo. Coge varias bolas y empieza a sacar con una fuerza descomunal.
«Gabrielle». Nunca me ha llamado por mi nombre completo, ni siquiera el primer día que me conoció. ¿Qué puede tener ese chico que sea tan terrible? ¿Y si no quiero alejarme de él? ¿Y si quiero acercarme más?
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