-¿Estás lista, querida?-me pregunta mi madre distraídamente mientras habla por teléfono.
Yo asiento, pero ella ya se ha dado la vuelta y continúa con su parloteo.
Llevo un vestido de gasa blanca por encima de las rodillas, ajustado en la cintura por un lazo gordo beige. El escote por delante y por detrás es en pico, adornado en el cuello por una fina cadena de plata, de la que pende una pequeña cruz de cuarzo blanco.
Mis padres son creyentes y me inculcaron la religión de pequeña, igual que mi colegio, estrictamente católico. Somos practicantes y cada domingo vamos a misa, pero para ellos consiste más en un acto social que de fe. Sin embargo, a mí me proporciona cierta estabilidad y tranquilidad en mi vida saber que allá arriba hay Alguien cuidándome de la manera que mis padres no lo hacen. Es reconfortante poder contar con Alguien, incluso cuando no lo ves.
Salgo por la puerta y me dirijo al coche a esperarles, a la vista de que ninguno me dice nada. Me meto en el lujoso Mercedes y suelto un suspiro. Lo cierto es que las ganas de ir a la barbacoa no me sobran precisamente. Pongo el aire acondicionado, aliviada por no tener que estar fuera, maldiciendo al sol por el insoportable calor.
Mi madre entra al coche y mi padre se sienta al volante.
-Llevas mal puesta la corbata, querido-le dice mi madre, poniéndosela bien. Mi padre manda mientras un mensaje por la blackberry. Trabajo, supongo. No hay día en que no le vea mandando e-mails a su trabajo de continuo. Es el jefe de una gran empresa de marketing. Él se encarga de llevar prácticamente todos los negocios y por tanto todo el peso cae en él. No se puede decir que no tenga su recompensa, desde luego. No me quejo de vivir mal, pero las cosas materiales no proporcionan la felicidad que yo desearía.
Mi madre es abogada. Y muy buena, la verdad. Tiene un buffet privado que montó hace años con una compañera de la Universidad y las va viento en popa. Supongo que mi madre tiene un montón de cualidades que la han hecho una de las mejores abogadas del país. Es fría, concisa, inteligente, observadora, perspicaz y jamás se deja dominar por las emociones, si es que alguna vez ha sentido alguna.
Mi padre se guarda la blackberry en el bolsillo, con el nudo de la corbata perfectamente hecho. Mi madre se pone pintalabios, mirándose en un pequeño espejito de Dior, que guarda luego en su bolso. Yo miro por la ventana, deseando salir corriendo y nadar, nadar, nadar, hasta cruzar el océano y empezar una vida nueva en otro continente. Con unos padres que me quieran de verdad, sin tener que ir a estúpidas barbacoas y dedicándome al tenis por completo, la única afición que tengo desde pequeña.
El coche se pone en marcha y el paisaje empieza a cambiar. Árboles, lagos y casas grandes y lujosas se suceden, cambiando.
Llegamos por fin a la casa de los Smith, donde nos recibe Mrs. Smith, una señora ya entrada en años que sigue estancada en el siglo XIX. Su piel, tersa a pesar de su edad, no se arruga nunca con los hoyuelos de una sonrisa, y jamás la he visto esbozar una expresión que no fuese de suficiencia o desaprobación.
-Vaya, queridos, qué alegría veros-dice con un ligero acento francés, que denota su procedencia. Me mira con sus pequeños ojillos de águila y revisa mi vestimenta.-Estás radiante, Gabrielle.
Se gira y su vestido negro ondea a su alrededor con timidez. Lleva el pelo en un tirante moño en la nuca, fijado con cantidades ingentes de laca, que lo mantienen quieto mientras camina con pequeños pasos al interior de la casa.
Entramos en su salón, decorado con un gusto muy clásico, donde un montón de gente charla con suavidad, con copas de champán en la mano. Al entrar, todos se giran a mirarnos, parando por un momento la conversación. Me fijo en todas las caras, reconociendo algunas y viendo nuevas. Pero solo hay una en la que me detengo, reconociéndola al instante.
Su pelo dorado cae sobre su frente y sus ojos azules están fijos en mí. El asomo de una sonrisa de burla decora su cara mientras me ve aparecer.
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