lunes, 4 de julio de 2011

Capítulo 3.

Después de una hora jugando Michael se va porque tiene que dar clase de verdad a otra chica. Yo me dirijo a la salida, pasando antes delante de la pista 19 pero Eric ya se ha ido. Decepcionada y deprimida por tener que volver de nuevo sola a mi casa voy cabizbaja hacia la puerta. 
Cojo la bici, me cuelgo la raqueta al hombro y empiezo a pedalear con desgana, sin querer volver a casa. Paso por la calle de Emma, mi mejor amiga, pero no me detengo. No está en la ciudad. Se ha ido de viaje por Europa y no volverá hasta el final del verano. 
Sigo pedaleando y voy a girar a la derecha cuando un coche aparece de la nada con rapidez. Solo me da tiempo a girarme hacia mi izquierda y mirar al bólido por un segundo, antes de que me golpee en la rueda trasera. No tengo tiempo mas que para abrir la boca con sorpresa e intentar agachar la cabeza para protegerme mientras salgo volando por los aires entre los arbustos. Noto el impacto contra el suelo y suelto un grito, pero todo sucede demasiado deprisa para que llegue a darme cuenta de lo que ha sucedido realmente. Empiezo a dar vueltas hasta pararme unos metros más allá de mi bici. Permanezco tumbada, mirando el cielo. Oigo como la puerta del coche se cierra de un portazo y una voz suelta una maldición. Lo siguiente que escucho son pasos acercándose deprisa hacia mí.
-¿Estás bien?-me pregunta una suave voz masculina. Miro a la cara de mi interlocutor y me encuentro nadando en unos ojos azules que permanecerán siempre en mi mente. 
Consigo asentir pero no articulo palabra ni hago ademán de levantarme. Él se acerca a mí y me coge en volandas para llevarme a su coche, agarrando también mi raqueta que ha caido a mi lado. «Debo de haber muerto y esto es el cielo» pienso, sintiendo sus brazos sujetándome.
Me deja con suavidad en la parte trasera de su coche y se aleja para colocar mi bicicleta en su maletero. Por suerte, creo haber sufrido menos daños que ella, que está en un estado penoso. Tiene la rueda trasera pinchada y todo a su alrededor destrozado. Los pedales cuelgan de una manera errónea y la cadena se ha salido de su soporte.
Pero todo eso deja de importarme cuando Eric se dirije de nuevo a mí y se inclina para examinar mis extremidades.
-Mueve la pierna-me dice, cogiendo con suavidad mi pierna derecha. Yo hago lo que me indica. Me cuesta un poco a causa de las heridas en la rodilla, pero lo hago con bastante soltura. Realizamos el mismo proceso para la otra pierna y los brazos, donde seguramente me saldrán grandes moratones.
-Creo que no te has roto nada-es su veredicto final. Me mira con consternación, pasándose la mano por el pelo. Parece que se ha cambiado de ropa y se ha dado una ducha. Ya no va vestido de tenis sino con unos vaqueros y una camiseta normal negra. Me pregunto como no tiene calor vestido así. Su pelo ya no está sudado sino que cae como una suave cascada dorada alrededor de su cabeza.
»Aún así te voy a llevar al hospital, por si acaso-me dice poniéndose en el asiento del conductor. Yo me incorporo y me siento a su lado, en el del copiloto. Me lanza una breve mirada y pone en marcha el coche.
-¿Vives aquí?-le pregunto.
-No-me contesta con brevedad.-Solo estoy de paso.
-¿Jugando al tenis?-sigo interrogándole. Eso le hace reir pero no contesta a mi pregunta. Sin embargo, me la devuelve con forma de otro interrogante:
-¿Quién es tu entrenador?
-Michael.
Eso le hace componer una sonrisa maliciosa, pero antes de que le pregunte nada llegamos al hospital.

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