sábado, 9 de julio de 2011

Capítulo 5.

Bajo las escaleras con parsimonia, sin ganas de ver a mis padres. Llego por fin al salón donde mi padre lee el periódico. Me paro en la puerta a la espera de que me mire, mientras él pasa las páginas. Al fin, vuelve la cabeza distraidamente y me mira. Se le abren mucho los ojos con sorpresa y se acerca corriendo a mi lado.
-Meryl, ven corriendo-llama a mi madre, que sale de la cocina. No de cocinar, sino de supervisar al servicio. Sería bueno que mi madre se esforzase por algo que sucede enesta casa, incluida yo.
 Me mira y una "o" se forma en sus labios, donde se lleva una mano. Viene también corriendo y me empieza a tocar la cara.
-¿Qué ha pasado?-susurra, casi con horror de oir la historia.
-He tenido un accidente con la bici. Iba hacia aquí desde Van der Meer y un coche me ha golpeado la rueda trasera. Se ha dado a la fuga mientras yo caía rodando por la tierra. No he encontrado la bici pero debe de estar destrozada. He vuelto a Van der Meer y Michael me ha llevado al hospital-les miento. No sé porqué pero no quiero que conozcan la existencia de Eric.
-¿Qué han dicho los médicos?-me pregunta mi padre. Yo me encojo de hombros, pero me arrepiento al sentir un pinchazo en el hombro izquierdo. No hago ningún signo de dolor para que no se alarmen. 
-Que estoy bien-les contesto. Ellos se conforman con la respuesta. Mi padre me palpa una última vez la cara y se va a sentar al sillón con un suspiro. Mi madre se limita a decirme:
-La cena estará lista en quince minutos.
Y vuelve a meterse en la cocina. En su mundo seguro donde el servicio acata sus órdenes, donde su hija no ha sufrido ningún accidente. 
Ni siquiera se han acordado de que hoy es mi cumpleaños. Presiento que no va a haber ni tarta, ni regalos.
Me quedo en el salón sentada al lado de mi padre, que hace caso omiso de mí. Tan solo miro al vacío preguntándome si recordarán algún día que tienen una hija. Dudo que sepan siquiera mi edad. Soy una completa desconocida para mis propios padres.
Aparece Margarita, la cocinera, en dirección al comedor y empieza a dejar los platos, llenos de pasta, donde corresponde. Deja también una bandeja con unos filetes de pollo crujientes y otra con un salteado de verduras. Sale del comedor y aparece mi madre en el salón.
-La cena está lista-nos anuncia. Mi padre cierra el periódico y se dirije al comedor sin mirarme siquiera. Se sienta en la cabecera de la mesa con mi madre  a su izquierda y yo a la derecha. 
Cenamos en silencio, cada uno concentrado en su plato. Yo les miro y me doy cuenta de que realmente ninguno se acuerda. Me aclaro la garganta y les pregunto:
-¿Qué tal vuestro día?
-Igual que todos-contesta mi madre, como si estuviese aburrida de la vida.
Miro a mi padre buscando una respuesta más alentadora. Pero mis esperanzas se esfuman con su corto:
-No demasiado malo.-Se lleva el tenedor a la boca y espera a vaciarla antes de preguntarme:-¿Qué tal el tuyo? Aparte del accidente, claro.
-Me he comprado un trozo de tarta. Para soplar las velas y eso, ya sabéis. Y luego he ido a jugar al tenis con Michael.
Mi madre deja el tenedor en el plato para felicitarme mientras se levanta para darme un beso. Mi padre me da un apretón en el hombro y me felicita. Luego cada uno sigue pendiente de su comida, como si no hubiese pasado nada. Como si se hubiesen acordado de mi cumpleaños.
Acabamos el pollo y me levanto de la mesa con una disculpa. No puedo permanecer más tiempo sentada a la mesa con unas personas que dicen ser mis padres pero solo siento como extraños. Quizá estoy equivocada, pero una madre debe ofrecer un perfil protector, asegurador, cariñoso, afectivo... Y un padre debe aportarte una sensación de protección, de seguridad y afecto que jamás me ha hecho sentir ninguno de los dos.
Las lágrimas se derraman sobre mi almohada y yo no hago nada por impedirlo. Y así, entre llantos, me quedo dormida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario