Cojo aire y soplo la única vela sobre un trozo minúsculo de tarta. Un fino hilillo de humo sale, desprendiendo un suave olor a quemado. Mientras se disuelve en el aire yo miro por la ventana, esperando ver aparecer el coche de mis padres. Pero nunca llega.
Con resignación, asumiendo que voy a pasar otro cumpleaños sola, devuelvo la vista a la tentadora pieza de chocolate que me he regalado por mi cumpleaños. Quito la vela con cuidado de que no caiga ni una gota de cera sobre la tarta. Acto seguido meto mi dedo en la crema de chocolate que la recubre y me lo llevo a la boca. Deliciosamente empalagoso. Sigo comiendo sin utilizar cubiertos, tan solo con mis manos. Es mi cumpleaños, puedo permitírmelo.
«Dulces dieciseis» pienso con amargura mientras recojo la comida. La casa está silenciosa, solo conmigo en ella. El único sonido que se escucha es el que yo produzco recogiendo los platos. Acabo y me dirijo a mi cuarto. Pongo la radio a todo volumen, para no sentirme tan sola y para que no me deje pensar demasiado. Suena «The A Team» de Ed Sheeran. La tarareo mientras me siento en la ventana a ver a los niños en el jardín. Es verano y hace un calor asfixiante aquí, en Hilton Head Island. Pero como si no fuese suficiente y el clima quisiese matarnos a todos, la humedad también es muy elevada.
Miro el reloj de mi mesita de noche. Las seis de la tarde. Decido que no me puedo quedar el día de mi cumpleaños tirada en mi habitación sin hacer absolutamente nada, y me visto con mi traje de tenis para ir un rato al Van der Meer a jugar.
Cojo la bicicleta del garaje, me cuelgo la raqueta del hombro y me pongo en marcha. Vivo en Long Cove en una plantación de la isla donde también viven algunas de mis amigas. Está más o menos a 15 minutos en bici, pero con este calor se me hacen eternos.
Cuando llego, mi ropa está bastante sudada y mi pelo se pega a mi espalda de una manera asquerosa.
Me dirijo a mi pista de tenis habitual y por el camino me encuentro a algunos instructores de tenis que me felicitan. Yo se lo agradezco y les sonrío, dándome cuenta de que son los primeros que se acuerdan. Esta idea me deprime aún más, pero continúo andando. Me paro enfrente de la pista 19, alrededor de la cual hay un número inusual de gente congregada. Oigo el sonido de una raqueta golpeando con fuerza una pelota y me acerco a ver qué mira tanta gente.
Están jugando un partido. Un chico joven de más o menos mi edad, con el pelo dorado oscurecido por el sudor y la piel morena también. Juega contra un hombre orondo que le lanza las bolas de un lado a otro, haciéndole correr. No le he visto nunca por aquí, pero tiene pinta de jefe de los profesores de tenis.
El chico juega increíblemente bien. Le devuelve las bolas con fuerza y corre con todas sus ganas. Lo comparo a mí y casi me entra la risa; me da mil vueltas.
El chico acaba mandando una fuera por muy poco y hacen un descanso. Todo el mundo se empieza a dispersar, pero yo me quedo un rato más, mirándole. Se sienta en una silla que hay cerca de mí y bebe agua. Alza la cabeza, notando mis ojos clavados en él, y nuestras miradas se cruzan.
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