miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulo 14.

Sus labios rozan los míos con suavidad, un leve beso que me deja con ganas de más. Al contacto, una corriente eléctrica recorre mi boca, extendiéndose después por todo mi cuerpo. Echo la cabeza hacia atrás buscando su boca. Él me agarra de la nuca para atraer su cara a la mía y pone la otra mano en mi espalda, causando otra descarga al notar su piel contra la mía. Pega sus labios a los míos y me besa lentamente, con dulzura.
Por primera vez en mi vida siento que todo va bien, que no tengo que temerle a nada, que el mundo es un lugar bonito  al fin y al cabo. Siento que si el cielo existe realmente debo hallarme en él, que si estiro una mano puedo tocar una estrella.
Pero de repente Eric se tensa y me agarra con más fuerza, pegando mi cara y mi cuerpo contra él. El beso se vuelve rápido, casi desesperado. Como si estuviese mal y nos fuesen a castigar por ello, pero aún así quisiese seguir adelante y desafiar al universo entero. Como si, de quedar un solo trozo de nuestro cuerpo que no esté en contacto, fuesemos a morir. Como si hubiese esperado la eternidad entera para tenerme entre sus brazos y su sueño se hubiese vuelto realidad. Como si tuviese miedo de que sea una ilusión que se escape entre sus dedos si no me mantiene junto a él. Como si no hubiese ayer, ni hoy, ni mañana; solo este instante, solo la eternidad.
Nos separamos al final entre jadeos. Él me mira a los ojos y se aparta lentamente de mí. Antes de que se gire para volver a mirar al mar puedo ver en sus facciones un rastro de... ¿culpabilidad? Susurra algo que no consigo entender y se queda inmóvil con los puños apretados y la vista y la mente más allá de la playa. Miró en la misma dirección y me parece ver la sombra de algo en el mar, poco iluminada a pesar de que el brillo de la luna incide directamente sobre ella. Pero en el instante que dura un parpadero, desaparece. Un escalofrío pasa por mi cuerpo, antes de autoconvencerme de que ha sido sólo una ilusión provocada por la historia de Eric. ¿Quién en su sano juicio se creería una leyenda de esa clase?¿Piratas, demonio, caminos en el mar?
Eric sigue sin mirarme. Aprieta la mandíbula y, sin decir una palabra, se gira y sale de la caseta. Ni siquiera me he levantado de la camilla cuando él ha llegado al parking y ha desaparecido entre las sombras. Me quedo en la caseta, anonadada y confusa, intentando encontrar en mi cabeza la causa de su repentina marcha. Después de quedarme ahí diez minutos con la esperanza de que vuelva y me diga que era una broma, acabo dejando la toalla doblada y marchándome a casa en mi coche. Son las once de la noche y los bares están iluminados.
No entiendo qué ha sucedido, qué falla en mí o qué le pasa a él. ¿Hará eso con todas? ¿Las besará y saldrá corriendo? Porque si se cree que voy a ser como todas las demás está muy equivocado. No pienso dejar que juegue conmigo y me maneje a su antojo.
¿Va a ser siempre así? ¿Se acercará a mí, se asustará y a continuación huirá? No, desde luego que no. Cree que esto es un juego, que él establece las normas y yo las voy a seguir, deseosa de encontrarle al final del laberinto y hundiéndome cuando no esté. Se piensa que todo va a ser fácil, yo seré sumisa y él pasará un buen rato, ¿no? Porque en todo esto el que se tiene que divertir es él, a costa de las demás, pisoteándole el corazón a todas y saltando en los charcos de sus lágrimas.
Bueno, pues aquí empieza el juego. Pienso saltarme todas y cada una de las normas. Y seré yo la que no esté al final del laberinto.

Capítulo 13.

Noto como me arde la cara ante su descarada petición. Debo de estar colorada, pero espero que con la poca luz que hay en la cabaña no lo haya notado.
¿Cómo le voy a decir que no, cuando me mira con esos dos pedazos de cielo?
-De acuerdo-murmuro.
Me siento de nuevo en la camilla y me vuelvo a cubrir todo el cuerpo con la toalla.
Eric no dice una palabra. Mira al mar con actitud relajada mientras come.
Nos quedamos así, sin hablar durante un rato, hasta que por fin él abre la boca para decirme señalando al mar:
-¿Ves la estela que dibuja la luna en el mar? Hay leyendas que dicen que es un camino luminoso que lleva al cielo. Otras dicen que es el camino que siguió un famoso pirata. Y lo más sorprendente es que las dos tienen razón.
Yo le escucho como hipnotizada por su voz. Y al ver que no continúa le pregunto:
-¿A qué te refieres?
Él continua con su historia sin mirarme, como si yo no estuviese y hablase para sí mismo.
-Dicen que el pirata Aamon navega por estas tierras. De hecho, se dice que nació aquí mismo, en esta playa, y de ahí venía su gran afición al mar. Dicen que se embarcó para pasar toda la eternidad saqueando a cualquier barco que se atreva a hacerse a la mar cuando haya tormenta. Cuenta la leyenda que su barco estaba lleno de horrorres... Y de promesas. La eternidad, la juventud, la belleza... Deseos inútiles que tendrás que pagar con un precio demasiado caro. Los piratas más sanguinarios del mundo, el mal en estado puro. Ni el mismo Holandés Errante se atrevió jamás a hacerle cara. Y en él viajaban las mujeres más hermosas, y las más crueles. Sirenas traicioneras capaces de arrancarte la vida sin pestañear. Se dice que cuando hay tormenta y en las noches más oscuras se puede ver su sucio y raído barco, casi tan negro como su corazón, navegando cerca de las rocas. Esperando cualquier barco despistado al que poder saquear. Y si le ves venir lo mejor que te puede ocurrir es que mueras ahogado antes de verle la cara al capitán. Porque si te atrapan como prisionero... Ni la muerte podrá librarte del castigo que supondría.
Algo en su tono, perdido y lejano, me hace estremecer.
-Porque Aamon no es solo un pirata-continúa en un susurro, como si estuviese desvelándome un secreto prohibido.- Es uno de los tres demonios al servicio de Satachia, también conocido como Mammon. Su nombre significa riquezas, induce a la avaricia. Dicen que al embarcarse fue marcando tras de sí con sangre de ángel el camino al cielo. Un camino que ni un loco seguiría. Lleno de trampas, de demonios y ángeles corrompidos. Con mujeres que intentan conducirte al fondo del mar. Es un demonio realmente astuto, desde luego. Y más vale que jamás te lo encuentres de cara o desearás morir. Y es duro querer morir y no poder. Una eternidad de sufrimientos se hace muy larga, créeme.
Habla con amargura, como si hubiese tenido que resignarse a un oscuro destino y no pudiese escapar.
Se gira hacia mí con una sonrisa que indica peligro. Se levanta de la silla y se acerca a mí con un par de uvas en la mano. Demasiado cerca. Mi corazón empieza a dar saltos en mi pecho y yo deseo que no advierta lo nerviosa que estoy.
-Lo siento. Debo estar aburriéndote con historias absurdas-me dice en un susurro.-Seguro que cuando te he dicho que te quedases te imaginabas otra cosa.
Yo no le contesto y miro la palma de su mano donde están las uvas. Le abro el puño y le cojo las dos uvas. Están muy dulces y frías. Él se ríe y se inclina hacia mí. Cada vez está más cerca y cada vez mi corazón late más rápido, con expectación.

Capítulo 12.

Me despierto con el ruido de un sonido intermitente. Abro los ojos e intento incorporarme, pero un fuerte dolor de cabeza me convence de que estoy mejor tumbada. El sonido intermitente sigue y yo miro alrededor. Estoy en la caseta del vigilante, tumbada en la camilla y con una toalla cubriéndome el cuerpo. Alguien debe habérmela tendido por encima.
Es de noche y la cabaña está tenuemente iluminada por la luz de la luna y una farola que hay fuera. Eric está en la silla repantingado, observándome con interés mientras se lleva algo a la boca. Son uvas moradas, mis favoritas. Su pie se balancea, golpeando la pared de madera con el talón, en un ritmo lento. Ese es el ruido que me ha despertado.
-¿Qué hago aquí?-le pregunto. Mi voz suena un poco ronca y me la aclaro con un carraspeo.
-Dormir-me contesta.-Te golpeaste con una roca.
Entonces lo recuerdo todo. Intenté salvar a un niño que se ahogaba. Me incorporo de golpe, asustada por la idea de que se haya ahogado al fin y al cabo. Mi cabeza protesta con un agudo pinchazo, pero la ignoro.
-¿Y el niño?-le pregunto con el corazón a mil por hora.
-¿Qué niño?-dice con tranquilidad. Me está intentando martirizar para que me sienta mal.
-El niño que se estaba ahogando.
-Con su madre-me tranquiliza. Entonces me doy cuenta de lo que ha sucedido.
-Iba a morir-le digo en voz baja, mirando a la realidad de cara.-Me golpeé en la cabeza con una roca. Tú... ¿Tú me salvaste?
Le miro a los ojos y él me devuelve la mirada. Es la única vez que no hay rastro de burla en sus ojos. Es evidente que no quiere recordar lo que hizo. Como si hubiese sido un error pero no se arrepintiese. Como si de algún modo hubiese desafiado al mundo rescatándome y estuviese esperando el castigo con la cabeza bien alta.
-Y salvaste también al niño.
Nos quedamos en silencio y él sigue comiendo uvas con indiferencia, como si no le importase haberle salvado la vida a dos personas.
-Cuestión de conciencia. Lo que yo decía-le digo. Aunque en realidad no entiendo demasiado bien por qué. Él no quería salvar al niño, pero nos ha acabado salvando a los dos.
Seguimos en silencio y yo miro el reloj que cuelga de la pared. Las diez de la noche. Debería volver ya a casa. Recojo mi bolsa y me deshago de la toalla que me ha tendido Eric por encima, bajo su atenta mirada.
-Tengo que irme.-Él sigue mirándome mientras se lleva otra uva a la boca.-Gracias.
No dice nada y yo me giro para salir. Pero al dar un paso me agarra de la mano y tira de mí con fuerza y suavidad a la vez, de manera que quedo muy cerca de él. Me mira desde abajo sentado en la silla. Y a pesar de estar más alta que él, siento que sigo sin tener el control de la situación.
Su mirada se clava en mis ojos, provocándome un agradable escalofrío que ahuyenta por un instante el martirio de mi cabeza. Sus ojos azules me recuerdan al tormentoso mar que casi se lleva mi vida. Pero no me asusta, sino que me atrae aún más.
Encuentro sus ojos como torturados. Como si estuviese saltándose las reglas de un juego que no está bajo su control. Pero una pared me impide seguir leyendo en sus ojos. Una pared que oculta un secreto inconfesable.
-Quédate-me pide en un susurro.-Quédate conmigo esta noche.

Capítulo 11.

-¿Así es como rellenas tu cupo de buenas acciones?-le pregunto desde la puerta.
Lleva una camiseta blanca de tirantes propia de un socorrista que le sienta realmente bien. Realza su moreno y sus brazos parecen más fuertes. Debajo lleva un bañador rojo que debe ser su uniforme.
-Estoy a punto de dejar de ser tan buena persona-dice dándome un lento repaso.
En ese momento me doy cuenta de que estoy en bañador, chorreando agua por todas partes y llena de arena. Me tapo con los brazos como puedo y él me tiende una toalla blanca de socorrista, acompañada por una sonrisa burlona. Yo la agarro con brusquedad y me tapo con ella como si fuese una manta.
Me aclaro la garganta intentando aclararme para decirle:
-Me ha picado una medusa.
Le enseño el gemelo hinchado y me hace sentarme en una camilla que hay contra la pared. Él se pone en cuclillas y me observa el gemelo. Acaba untándome una pomada y me impide bañarme en un día por lo menos. Me pide que me quede un rato sentada en la camilla mientras descanso el gemelo.
-¿Trabajas siempre aquí?-intento entablar conversación.
-Solo durante una temporada.
En ese momento una sensación extraña se apodera de mi estómago. Lo achaco a la falta de alimento y sigo preguntándole:
-¿Por qué este trabajo?
-No lo sé-me contesta. Pero en sus ojos leo que tiene razones, aunque revelarlas sería una estupidez por su parte. Me pregunto cuales son. Es siempre tan misterioso... Aunque quizá sea eso lo que le hace tan peligrosamente atractivo.
-Puede que al fin y al cabo seas buena persona y quieras proteger a la gente-le sugiero.
Eso le hace reir de veras.
-No, no es por eso.
-Pues yo creo que es cuestión de conciencia-concluyo.
Estoy planteándome la idea de venir más a menudo a la playa, cuando por el rabillo del ojo advierto movimiento. Me fijo más en el mar con la corazonada de que algo va mal, muy mal.
Y no me equivoco.
Lejos de la orilla hay alguien luchando por salir a la superficie y con los brazos en alto, agitándolos con violencia.
-¡Alguien se está ahogando!-grito, histérica. Eric mira con indiferencia al mar y sigue a lo suyo.-¡Tienes que ayudarle!-le ordeno. Él me mira y no hace ningún ademán de levantarse de su silla para salvarle. Sin embargo, hace una mueca de aburrimiento, como si yo no entendiese que ese no es su deber. Pero claro que es su deber, ¿no? ¡Es el vigilante de la playa!
Sin tiempo de pensar siquiera salgo corriendo hacia el agua. Por la adrenalina del momento no noto ni el dolor de mi gemelo. Me meto en el agua lo más rápido que puedo y nado hacia el niño que se ahoga con toda la fuerza que puedo. Oigo sus gritos pidiendo ayuda, interferidos de vez en cuando por el agua que traga. Sus brazos se mueven en el aire intentando que le vea alguien. Cuando estoy a punto de llegar a él, se hunde en el agua. Yo nado hacia donde creo haberle visto por última vez y me sumerjo. Consigo agarrarle la mano y hago fuerzas para sacarle a la superficie. Casi lo he conseguido, cuando soy yo la que se hunde, arrastrada por la corriente. Doy patadas en el agua intentando mantenerme a flote, pero mi gemelo elige ese momento para fallarme y me quedo sin fuerzas. Intento nadar luchando contra la corriente, pero tengo que arrastrar al niño por la mano y es muy pesado. No, no le puedo soltar. No podría llevar eso toda mi vida en la conciencia. Trato de subirlo a la superficie pero no tengo fuerzas suficientes. La corriente me arrastra de un lado a otro con violencia, como una niña caprichosa jugando con una vieja muñeca. Yo acabo rindiéndome y dejando que me arrastre hacia las rocas.
Se acabó. Será bonito morir intentando salvar a otra persona. Moriré al menos con la conciencia tranquila. Lo único que siento es no poder salvarle y que tengamos que morir los dos.
Cierro los ojos y lanzo una última plegaria a Dios mientras las rocas se van acercando más y más. Noto como mi cabeza colisiona contra algo muy duro, cortándome la respiración.
Y de pronto, nada más que oscuridad.

Capítulo 10.

-Ese día ya había cubierto mi cupo de buenas acciones-me contesta.
-¿Y te faltaba por rellenar el de las malas?-le pregunto con incredulidad. Pero me sonríe y no puedo evitar que se esfume todo mi enfado. ¿Cómo voy a discutir con él?
Georgine aparece en ese momento, interrumpiéndonos.
-Eric, ¿qué haces mañana?-le pregunta, ignorándome de manera evidente.
-Tengo planes-la contesta. Pero no la mira a ella, sino que dirige su mirada significativamente hacia mí. ¿Se referirá a que planea quedar conmigo? No. ¿Por qué haría eso?
-¿Y el sábado?-le pregunta sin darse por vencida. Enrolla su pelo en un dedo y lo suelta con coqueteo, componiendo su mejor sonrisa.
-Nada-dice Eric.
-Entonces, podrías acompañarme a hacer unas compras.
-Claro.
Yo observo como planean el sábado delante de mis narices sin intervenir. Ni siquiera quiero acompañarles. Sería irritante ver como la caprichosa de Georgine persigue a Eric sin descanso.
¿A quién quiero engañar? Reviento solo de imaginarlos juntos. Pero ahora tengo la oportunidad de fastidiar a Georgine y no pienso desperdiciar la ocasión.
-¿A comprar?-pregunto, fingiendo ilusión.-¿Cuándo vamos?
Georgine me mira con irritación y se le borra la sonrisa. Eric, sin embargo, me mira divertido e interesado.
Georgine tiene demasiados modales para decirme que no estoy invitada, aunque ganas no la faltan.
-El sábado-fuerza una sonrisa.-En Coligny, a las dos.
-Perfecto-la digo con alegría.
Georgine sale por la puerta todavía con la sonrisa forzada, sin comprender demasiado lo que acaba de suceder. La pobre Georgine no está acostumbrada a que las cosas no la salgan bien.
Yo, satisfecha, me voy al jardín. Le echo una última mirada a Eric, que está tirado en el sofá con una sonrisa de pura burla.

Un portazo me despierta a la mañana siguiente de golpe. Miro a mi alrededor en la habitación y encuentro, colgando del respaldo de mi silla, el vestido de la noche anterior. Todo acabó al final con normalidad y volví a casa muy tarde. No hubo nada realmente destacable.
Hoy es domingo y hace un día deliciosamente soleado, ideal para pasarlo en la playa. Desayuno, me pongo el bikini y cojo la toalla.
Aparco el Hummer en una zona privada de la playa que tenemos cerca de casa. No hay casi gente y me alegro. Hoy solo quiero relajarme y tomar el sol.
Paso el día tirada en la toalla con la música del iPod puesta a tope, impidiéndome pensar. No quiero acordarme de Eric, ni de Georgine, ni de Mrs. Smith...
A las siete, cuando ya es hora de ir a casa a cenar, decido darme el último baño. No tengo ninguna gana de volver a mi solitaria mansión y retraso la vuelta en la medida de lo posible. Mis padres se han vuelto a ir de viaje por cuestiones laborales y me han dejado sola de nuevo.
Me estoy bañando cuando noto una especie de pinchazo en el gemelo. Hago una mueca de dolor y levanto la pierna para ver si tengo algo. Me da un calambrazo por toda la pierna al moverla y me encuentro con que tengo el gemelo hinchado y rojo. Miro al agua y veo como una pequeña medusa se aleja. Maldigo para mis adentros y salgo del agua cojeando. Mi bañador negro se ha vuelto aún más oscuro a causa del agua y mi pelo chorrea pegado a mi espalda.
Cerca de mi toalla hay una caseta de vigilantes de la playa que tendrán una pomada para aliviar el dolor. Meto la toalla llena de arena en la bolsa para la playa y me dirijo a la caseta, evitando apoyar mucho la pierna herida. Subo las escaleras de madera blanca de la torre de vigilancia y llamo a la puerta.
-Adelante-me dice una voz familiar y extrañamente burlona al otro lado. Yo entro en la cabina del vigilante y me encuentro con la persona que jamás creí que podría ver allí ni en un millón de años.
Mis ojos se abren de la sorpresa y su boca se abre en una sonrisa divertida.

Capítulo 9.

Me siento al borde de la piscina con los pies en el agua y Eric hace lo mismo, quitándose los zapatos y los calcetines.
-¿De dónde eres?-le pregunto tras un rato de silencio.
-Alemania-me contesta.
-¿Por qué has venido?-Me mira divertido por el interrogatorio mientras se burla:
-Por ti.
Yo me pongo roja y no me atrevo a girar la cara para mirarle a los ojos.
-No lo sé-me confiesa al final con un suspiro. Gira la cabeza y lleva la vista al cielo, mientras se alborota el pelo con la mano que no sujeta la cerveza.-Pero no me arrepiento.
Se hace el silencio y yo miro nuestros pies en el agua. Las luces de los laterales los iluminan, difuminados por el movimiento de nuestras piernas. Él tiene los pies cruzados en una actitud relajada, los míos se balancean de un lado a otro, pero sin tocar los suyos.
Me pregunto qué pasaría si por accidente le rozase un pie. Solo un poco, para acercarme más.
Pero no me atrevo. Me limito a contemplarle. Su claro perfil recortado en la oscuridad de la noche. Su apuesto rostro bañado por la luz de la luna. Tan relajado y calmado. Sereno, impasible y valiente. Como desafiando al mundo a perturbar su paz. Casi parece un ser superior. Un ángel o un demonio.
Algo en mí se niega a molestarle, a hacerle romper ese momento de tranquilidad, ese mudo diálogo con el cielo.
Pero no es necesario que yo lo interrumpa. La puerta de cristal se abre y los invitados empiezan a desfilar por el jardín con las copas en la mano y hablando suavemente. Eric gira la cabeza hacia ellos pestañeando, como si se despertase de un sueño. Se pone de pie y se pone los calcetines, incluso con los pies mojados. Se calza los zapatos y se aleja sin dirigirme ni una mirada. Veo como Georgine le alcanza y se pone a hablar con él, agitando sus largas pestañas.
-Gabrielle, levanta de ahí-me dice mi madre viniendo a mi lado. Está enfadada por que me haya ido de la fiesta y esté metida en el agua, y lo sé. Pero lo cierto es que no me preocupa demasiado. Tan solo pienso en volver a quedarme a solas con Eric.
Hago lo que me ordena y me calzo los zapatos. Mrs. Smith me alcanza en ese momento y no me deja escapar.
-Gabrielle, me preguntaba dónde estabas-me dice. Me da un repaso de arriba a bajo y frunce los labios con desaprobación. Sé lo que está pensando: "Georgine nunca me avergonzaría de esta manera".
-Pues aquí estoy, Mrs. Smith-la contesto en tono sumiso.
-Se me ha ocurrido que Georgine y tú podrías jugar el domingo que viene al tenis. El calor no será sofocante y en Van der Meer me han cedido una pista para las once de la mañana.
Mientras ella habla yo miro por encima de su hombro como Georgine y Eric hablan. Con unas palabras de disculpa, Eric se deshace de Georgine para dirigirse al interior de la casa. Tengo que seguirle.
-Por supuesto, Mrs. Smith. Si me disculpa, tengo que ir al servicio.
Me alejo de ella sin esperar que diga nada más. Me meto en el interior de la casa, donde veo a Eric. Está sentado en el sofá, mirandome con curiosidad. Me acerco a él con decisión, pero la pierna me falla y se me dobla con debilidad sin poder soportar mi peso. Caigo al suelo, consiguiendo apoyar las manos antes que la cara.
Eric viene corriendo a mi lado y me ayuda a incorporarme y sentarme en el sofá. Pone sus manos por detrás de mi rodilla y empieza a palpar mi piel.
-Dobla la pierna.
Yo hago lo que me dice y una punzada me recorre el gemelo. Es muy leve y decido no darle importancia. Me pongo de pie para demostrarle que puedo andar, hasta que queda convencido.
-A lo mejor esto no hubiese sucedido de no ser por que me dejaste tirada en el hospital y tuve que forzar mis piernas a andar después del accidente-le digo con frialdad.-Él se sienta en el sofá con una sonrisa divertida. Yo no puedo resistirme a conocer sus razones y le pregunto:-¿Por qué lo hiciste?

Capítulo 8.

-¿Dónde has estado este verano?-me pregunta Georgine con desgana, como si se hubiese dado cuenta de que no voy a ir a ningún lado y se hubiese resignado a mi compañía.
-En Van der Meer-la contesto, desviando la mirada de Eric para mirarla por primera vez.
-Jugando al tenis, supongo-dice. Yo asiento y ella compone una cara de claro sentimiento de superioridad, antes de lanzarme un reto.-Un día deberíamos jugar un pequeño partido.
Georgine es extremadamente competitiva. Jamás ha dejado que la gane en nada y se niega a admitir que soy mejor que ella en algo. Pero, para mi desgracia, es un rival a tener en cuenta.
-Cuando quieras-la contesto. Ella queda satisfecha y gira la conversación hacia Eric, que nos mira divertido, viendo la tirantez de nuestra relación.-¿Qué piensas hacer tú en Agosto, Eric?
Él se encoge de hombros y coge un Martini de la bandeja de un camarero que pasa por allí.
-Quizá viajar, quizá quedarme... Quién sabe.
-Deberías quedarte-le dice Georgine, agarrándole del brazo y bajando la voz, como si estuviera flirteando. En ese momento la situación se vuelve un tanto incómoda para mí y decido alejarme en dirección a los lavabos. Me meto en el servicio de señoras y me miro al espejo. Mi pelo está en su sitio y el poco maquillaje que me he puesto continúa intacto. Mi vestido todavía está limpio y sin una arruga.
Miro con consternación las heridas repartidas por todo mi cuerpo. Sé que todo el mundo las ha notado y se está preguntando con curiosidad qué ha ocurrido, pero han tenido la decencia de no preguntarme.
Decido que no merece la pena volver al salón con toda esa gente estirada. No me sobran precisamente las ganas de meterme en una conversación insípida y soporífera. Me meto en el salón intentando pasar desapercibida y llego a la puerta que da al jardín. Compruebo que no hay nadie mirando y salgo, cerrando la puerta tras de mí.
La piscina, clara y limpia, está iluminada por unos focos que salen de las paredes. En el suelo también hay focos, iluminando un césped bien cuidado donde se asientan unas tumbonas. En una esquina hay dispuesta una barbacoa que se encenderá más tarde, a las 9.
Me quito los tacones y los dejo en una tumbona. Es un alivio sentir el césped colándose entre mis dedos, haciéndome cosquillas. Me acerco al borde de la piscina y me quedo mirando el fondo, fácilmente visible a través de la límpida agua.
-Según me han dicho eres una gran jugadora de tenis-oigo una voz suave y grave a mi lado. Giro la cabeza y me encuentro a Eric a mi lado.
Me encojo de hombros, sin ganas de alardear.
-No tan buena como tú. Todavía.
Él sonríe, acercándose más a mí. Entonces reparo en que lleva una mano en el bolsillo y la otra sujetando una cerveza.
-Apuesto a que no tienes edad para beber-le digo. Y no puedo evitar ironizar:-¿Qué diría la buena de Georgine?-Chasqueo la lengua, fingiendo decepción.
-Nadie tiene porqué saberlo-dice dando un sorbo y ofreciéndome un trago.
-No bebo-le digo, denegando el ofrecimiento.
Eso le hace sonreir, divertido.
-¿Por qué? ¿Te da miedo dejar de acatar las órdenes?
Le miro, desafiante.
-No voy a caer en tu juego. No entiendo de qué va.
-Claro que no-me dice.-Y nunca lo sabrás si no te arriesgas.
Se acerca más y me vuelve a tender la botella. La agarro con decisión y me la llevo a la boca, girando la cabeza para no mirarle. Mi cara está de frente a la piscina mientras echo la cabeza atrás y le doy un largo sorbo. Me limpio la boca con el dorso de la mano y le devuelvo la botella.
La cerveza no está tan mala. Lo cierto es que me gusta bastante. Es la primera gota de alcohol que he probado en toda mi vida y me sienta extraordinariamente bien.
Él sonríe con aprobación y le da otro sorbo a la botella.