lunes, 14 de noviembre de 2011

Capítulo 20.

-¿C-cómo?-pestañeo. No lo entiendo. O quizá no lo quiera enteneder, pero ¿qué importa? Quiere que me vaya, eso es lo que quiere. Quiere que me aleje de él para no tener que volver a verme. ¿Tanto me odia?
-Ya lo has oído. Vete-me dice con dureza. Su rostro permanece impasible, sin reflejar emoción alguna. Sin embargo noto como mi rostro refleja mi rápido paso de la incredulidad a la cólera, apretando la mandíbula y frunciendo el ceño.
-¡No!-le chillo. Él no se asusta como esperaba que hiciese. Me mira con curiosidad, como si estuviese haciendo un experimento para ver hasta dónde era capaz de llegar. Bueno, pues se iba a enterar; me iba a salir de todos sus esquemas.-Yo llegué a esta ciudad antes que tú, ¿de acuerdo?-empiezo a rebelarme como una niña pequeña.-Si lo que quieres es estar lejos de mí eres tú el que debe irse.-Respiro hondo antes de soltar su última opción:-O serás tú el que deba echarme por la fuerza.
Me quedo ahí parada en el centro de la habitación con la cabeza alzada y los brazos cruzados. Quiero transmitirle mi posición de inflexibilidad, de firmeza y decisión, pero creo que ni siquiera consigo que me tome en serio.
Comprendo en ese momento que es él el que sigue estableciendo las normas, que si quiere que me vaya lo conseguirá. Pero antes de todo yo voy a jugar duro.
-De acuerdo-acepta Eric. Eso me sorprende más que si me hubiese amenazado o gritado.
Se gira y se vuelve a subir al alféizar, pero esta vez para salir de mi habitación.
-Espera-le detengo. Él se gira para mirarme a los ojos.- ¿Así de fácil?¿Dónde está la trampa?
No puedo creer que no vaya a protestar. Eric no parece una persona acostumbrada a resignarse y a aceptar las cosas sin más con un "de acuerdo".
-No hay trampa. Te lo he pedido por tu bien-dice. Y, a continuación, pega un salto y sale de mi casa. Me asomo corriendo a la ventana para ver si se ha hecho daño. Hay una buena caída hasta el jardín, pero cuando miro él ya no está. Sólo sombras decoran el césped de mi casa, como una horrible representación de mi alma en este momento.
Ahora que Eric se ha ido el vacío de la casa vuelve a ser insostenible. La televisión es apenas la conciencia de un leve murmullo en el cerebro que, de no saber que está encendida, ni siquiera sería consciente de él. Vuelvo a bajar las escaleras y a tumbarme en el sofá. Pero no no puedo relajarme. Las palabras de Eric no paran de rondar mi cabeza, como perros guardianes que me impiden entrar a una oscura mansión. Eso es. La mente de Eric es tan inaccesible e imprevisible que no tengo ni idea de cómo osbrepasar esas malditas paredes. De repente es un buen chico que me lleva al hospital, de repente un idiota que me deja tirada en la carretera. Ahora me salva de ahogarme, luego me besa y me deja tirada. Primero me pide que me aleje, luego me dice que es por mi bien. ¿Va a dejar de contradecirse en algún momento? Es como estar en el ojo de un huracán, yendo y viniendo al antojo de una fuerza enorme a la que ni siquiera puedes igualar.
Pero el juego continúa y, como ya dije, las reglas voy a empezar a dictarlas yo. Eric no se va a salir con la suya, no va a cambiar toda mi vida sólo porque sabe que puede hacerlo y se le ha antojado.
La rabia empieza a invadir mi cerebro lentamente, pero decido guardármela para mañana, pienso canalizarla para lograr mi victoria en el partido y dejarle claro que se acabó. No pienso dejar que dirija mi vida nadie.

Capítulo 19.

Mi casa vuelve a estar vacía. Abro la puerta y enciendo la luz del salón, del pasillo y de la cocina Pero aunque ahuyente la oscuridad, la soledad permanece instalada en mí.
Mi tripa se queja por no haber cenado nada. Al iniciarse la pelea no me dió tiempo de pedir ni una pizza y todas las emociones de la noche me han dado hambre.
Me pongo el pijama, me preparo un plato de pasta con salsa bolognesa y me acurruco en el sofá a ver una película que echan por la tele. Es la típica comedia romántica en la que todo va siempre genial, el chico es encantador y la chica adorablemente inocente. El instituto es divertido, todos cantan canciones pegadizas y siempre hay música romántica de fondo.
No consigo pillar demasiado bien el argumento, pero me distrae durante un rato, impidiendo que mi cabeza vuelva al tema de Eric y Michael.
De repente un ruido que no proviene de la película altera la quietud de la casa. Me incorporo con todos los sentidos alerta, como un gato alzando las orejas.
El ruido se repite. No identifico qué puede ser, pero sí de donde proviene: mi habitación.
Intento pensar en una explicación razonable para el ruido, pero ninguna me convence. Se repite una tercera vez y los pelos de mi nuca se erizan a la vez que mi respiración se acelera. Cojo un cuchillo de la cocina, bajo el volumen de la tele sin apagarla y voy subiendo con pasos cautelosos las escaleras que llevan al piso de arriba. A cada centímetro que me acerco a mi habitación mi corazón se acelera más. El pasillo está oscuro y no veo ni a un palmo de distancia, pero por suerte me conozco la casa a la perfección después de 16 años viviendo en ella. Llego por fin al umbral de la puerta e intento captar algún movimiento en la oscuridad. La única luz la proporciona la luna llena desde el cielo al colarse por la ventana abierta, iluminando tan solo un cuarto de la habitación.
Una sombra se desliza con rapidez al lado de la cama y yo alzo el cuchillo dispuesta a defenderme si es necesario. La sombra se mueve hasta llegar a los lindes del marco de iluminación, pero sigo sin poder distinguir sus rasgos. Mi corazón se acelera aun más, esperando a que dé tan solo un paso.
Y lo da.
-Baja eso, te vas a hacer daño-me dice, ya con el rostro iluminado.
Bajo el cuchillo con lentitud, estupefacta al descubrir la identidad de mi asaltador de morada.
-Eric, ¿cómo has entrado?
-La ventana estaba abierta-la señala, sentándose en el marco como si estuviese previendo una escapada rápida si las cosas se ponen feas para él.
Juraría que la había cerrado antes de irme, no soy de las que van dejando ventanas abiertas, pero también es posible que se me olvidase.
-¿Has venido a disculparte? Porque no es a mí a quien deberías pedir perdón-le digo cruzándome de brazos y colocándome instintivamente a la defensiva.
-No, esas no eran mis intenciones-me dice relajado.
-¿Y cuáles son?
Se baja de la ventana y se acerca a mí con lentitud. Las rodillas me empiezan a fallar, pero las ignoro y alzo la barbilla, desafiante. No va a conseguir intimidarme de nuevo. Se acabó eso de sentirme como una niña pequeña, inofensiva y vulnerable a su lado.
-Pedirte que te vayas.
Alzo una ceja con incredulidad. Acabo por soltar una carcajada sarcástica, al no tener muy claro cómo debo reaccionar ante esta afirmación.
-¿De mi propia casa?¿Debo recordarte que aquí eres tú el intruso?
-No me refiero de tu casa. Me refiero de la isla, o preferiblemente del país.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Capítulo 18.

Al final consigo meter a Michael en mi coche para llevarle a su casa. Pongo la radio bajita y le doy una toalla que llevo siempre en el maletero para que se seque un poco.
De camino a su casa Michael parece volver en sí y me mira avergonzado. Vuelve su tono dulce y su sonrisa generosa.
-Oye, Gab...-Mantengo los ojos fijos en la carretera a la espera de que continúe.-Siento todo lo que ha pasado; no sé qué me ha ocurrido, de verdad.
-P-pero...-intento decir. No me salen las palabras. Estoy tan confusa por todo lo que ha pasado que no sé ni qué decirle.-¿A qué ha venido el numerito?¿De qué conoces a Eric para juzgarle de ese modo?
Su sonrisa se borra y sus hombros se tensan. Me mira fijamente con los dientes apretados. Yo le devuelvo la mirada con preocupación. ¿Se va a poner así cada vez que nombre a Eric?¿Por qué le altera tanto?
-¿Qué ha pasado?-Su pregunta suena como una acusación. Yo pestañeo sin saber a qué se refiere.- Gabrielle, te conozco lo suficiente, tu cara es como un libro abierto. ¿Qué ha pasado entre Eric y tú?
Esa pregunta hace que se me abra la boca en un gesto de sincera sorpresa. ¿Cómo ha podido adivinarlo? Sé que no soy precisamente de las que su cara es como una máscara pero, ¿cómo ha podido adivinar algo así?
-N-no ha pasado nada-tartamudeo. Vuelvo a mirar a la carretera para que no pueda seguir mirándome a los ojos.
Oh, Dios mío, Gabrielle-murmura.-Entonces sí que ha pasado algo, ¿verdad?
Llegamos en ese momento a su casa y paro el coche, todavía sin mirarle. Ahora soy yo la que estoy avergonzada. Michael ha sido mi confidente desde que tenía doce años y él 16, y no he sido capaz de contarle lo que pasó hace una semana en la playa, después de que él me dijera que me alejase de Eric.
-Hace una semana, en la playa-le digo, intentando que lo adivine para no tener que contarle nada. No quiero decirlo en voz alta, no quiero reconocer lo humillante que fue.
-Dios, Gab...-su voz deja de ser tan dura, solo... decepcionada. Aunque eso lo hace aun más insoportable. Suspira y me atrae hacia él para abrazarme.
-Tenías razón, es un capullo-le digo, con la voz ahogada por su hombro.-Cometí un error.
Pero no le confieso que, aunque intento arrepentirme de lo que sucedió, ni por un instante he llegado a considerarlo una mala decisión. A pesar de que luego saliese corriendo, a pesar de que él no sintiese nada, a pesar de que estuviese mal.
-No, puede que no lo hicieses-dice Michael. Su tono es pensativo, como si estuviese recordando algo que le dijeron hacía tiempo.
-Tengo que irme a casa-le digo, separándome de él y volviendo a encender el motor. Michael sale de mi coche y, cuando entra a su casa y cierra la puerta, vuelvo a sentirme completamente sola.
Conduzco hacia mi casa, con los faros de mi coche iluminando la carretera. Tengo que pararme a la mitad del camino para no atropellar a un ciervo que cruza despistado la carretera. El animal se para al ser iluminado por mis faros y me mira. Yo le devuelvo al mirada y, como si quisiese asegurarme que me estoy volviendo loca, me guiña un ojo.

Capítulo 17.

La lluvia resbala por el rostro de Eric y le pega el pelo dorado a la frente. Mira a Michael con indiferencia y tranquilidad, como si le aburriese pelearse, o como si estuviese tan seguro de su victoria que no le preocupase en absoluto.
De fondo los rayos que cen desde el cielo animan la pelea como ángeles cayendo. La lluvia no cesa y cae cada vez con más fuerza, empapando toda nuestra ropa hasta convertirla en una segunda piel. El aparcamiento está resbaladizo y solitario, tan oscuro como la noche que nos rodea, exceptuando un par de focos que iluminan el imaginario ring de lucha.
Michael es el que lanza el primer puñetazo, un gancho de derecha directo a la barbilla de su contrincante. Pero nunca llega a impactar. Eric es más rápido y lo ve venir, apartándose a un lado.
-¡Para, Michel, para!-le chillo. Su rostro se ha convertido en una máscara de pura determinación. Parece que ni siquiera me oye a pesar de estar gritándole casi en el oído.
Georgine me aparta a un lado y yo la dejo, mirando todavía al hombre que parece mi entrenador aunque yo ya no le vea del mismo modo. ¿Dónde está mi Michael pacifista? ¿El Michael que no se mete en peleas, educado y buen chico? Se ha transformado por completo para dejar paso a un ángel vengador.
Muchael lanza otro puñetazo lleno de rabia. De repente Eric se aparta a un lado y le devuelve el golpe en plena mejilla, haciéndole trastabillar y caerse al suelo. Está tranquilo, como si apenas tuviese que mover un dedo. Un rayo vuelve a caer y veo la humillada expresión de Michael, que se frota la cara mirándole a los ojos desde el suelo, para luego ponerse en pie.
Michael se acerca a Eric para vengarse, quien prácticamente le invita a ir, quedándose quieto y componiendo un amago de sonrisa burlona.
Pero yo me pongo en medio de los dos antes de que vuelvan a empezar con los golpes. El pelo me chorrea por la espalda y está liso por el peso del agua. Parece que me haya tirado a una piscina con la ropa puesta. Por suerte hoy no llevo maquillaje que me pueda hacer parecer un mapache, aunque igualmente estoy horrible.
- Parad ya, los dos-les ordeno, girándome para mirar a Eric a los ojos. Pero Michael intenta apartarme de nuevo así que, dándole a él por perdido, me dirijo a Eric, que me mira por debajo de sus pestañas llenas de gotitas de lluvia.
-Eric, para esto-le pido, antes de hacerme a un lado. Sigue mirándome con sus increíbles ojos mientras Michael se acerca a él. No sé si no lo ve venir o le da igual, pero Michael por fin consigue acertarle en plena cara. Una sonrisa de triunfo ilumina la cara de mi entrenador, pero la de Eric no transmite siquiera dolor. Permanece impasible mientras me mira y se gira para irse con las manos en los bolsillos.
Georgine sale corriendo detrás de él, con los brazos alzados en señal de incredulidad. Solo llego a oir un par de frases, antes de que se pierdan en la oscuridad del aparcamiento.
-Pero ¿qué te pasa? ¿Tengo que demostrarte de otra manera lo que ella te hace?
No me paro a reflexionar sobre ello, sino que salgo corriendo a por Michael, que está sentado en el suelo intentando respirar hondo.
-Michael, ¿estás bien?-le pregunto preocupada. Le acaricio el pelo y llego a la mejilla. Aprieta los labios por el dolor y recuerdo que es ahí donde Eric le ha golpeado.
Él asiente con la mirada perdida en el asfalto. Yo sigo acariciándole el pelo con nerviosismo, evitando rozarle siquiera la mejilla. La lluvia sigue cayendo pero los truenos empiezan a alejarse. Eso debería ser tranquilizador, pero el silencio que la tormenta deja a su paso me aterroriza aún más.
De repente, al ver a Michael, empiezo a comprender que nunca le he conocido de verdad en estos cinco años que llevamos como amigos. Y ese pensamiento me hace sentir terriblemente sola, abandonada por un mundo que ni siquiera parece el mío.

Capítulo 16.

-Eric, cariño, ¿qué vas a pedir?-le pregunta Georgine. El duelo de miradas continua incluso mientras Eric contesta.
-Se me ha quitado el hambre.-Tiene un tono bajo y oscuro que me pone la piel de gallina y me eriza el pelo de la nuca. Un trueno suena a lo lejos, una tormenta se avecina. Miro por la ventana extrañada, recordando el cielo azul completamente despejado cuando salía de casa.
Georgine continúa indiferente, pero el silencio incómodo que se establece en la mesa acaba aburriéndola.
-Gabrielle, mi abuela ha reservado una pista en Van der Meer mañana a las diez para nuestro partido.
-¿Un partido?-me pregunta Michael.
-¿Por qué no hacemos un partido de dobles?-se le ocurre a Eric.-Georgine y yo contra vosotros dos.
-De acuerdo-acepta Michael el reto. La conversación empieza a salirse de lo normal. Parece como si, en vez de estar retándose a un partido, se retasen a un duelo a vida o muerte.
Vuelve la oscura sonrisa de Eric. Debería decir que me asusta y me horroriza ese lado malvado, pero lo cierto es que su nueva actitud de chico malo me empuja aun más hacia él.
-Oye, Eric-vuelve a intervenir Georgine, tocándole el cuello de la camiseta.-¿Qué te parece si luego alargamos un poco más la velada tú y yo? Quiero bañarme en el mar.
Eric sonríe y se acerca lentamente a ella. Sé lo que va a hacer a continuación aunque intente negarlo en mi cabeza. Quiero cerrar los ojos e ignorar lo que está a punto de suceder, pero mi parte masoca me lo impide.
Eric besa a Georgine por fin, no sin antes lanzarme una mirada. Michael me mira, pero yo soy incapaz de mirarle, aunque consigo fingir que me da exactamente igual. Porque, realmente, ¿qué puedo hacer?¿Lanzarme al cuello de ambos e impedirles que sigan?¿Hacer una escena dramática agarrando mi bolso y corriendo al baño a llorar? No, no pienso hacer ninguna de las dos cosas. Levanto la cabeza con decisión y miro por la ventana como la lluvia cae. Pero la imagen de su beso se refleja en la ventana y no puedo evitar que mi ceño se frunza ligeramente por la decepción. Pero consigo recomponerme rápidamente antes de que Michel vea mi expresión.
Al final Eric y Georgine se separan. Georgine me mira con suficiencia, diciéndome con los ojos: "¿Te ha quedado ya claro que es mío?" Eric mira a Michael, que le devuelve la mirada apretando la mandíbula.
-¿De verdad teníais que hacerlo?-le pregunta.
-¿Te molesta?-dice Eric entrecerrando los ojos y sonriendo burlón.
-Sí. ¿Quieres arreglarlo fuera?-le amenaza.
-Encantado.
Los dos salen de la mesa y nos dejan, a una divertida Georgine y a mí, mirándoles.
-Michael, ¿qué haces?-voy corriendo tras él, intentando apelar a su sentido común. Le agarro del brazo, que mueve intentando soltarse con brusquedad.
-No te metas en esto, Gabrielle- dice con la mirada llena de decisión. Joder, tengo que detenerles. Georgine me agarra a mí del brazo y me gira hacia ella con brusquedad.
-Déjales, Gabrielle.- Les mira con los ojos llenos de diversión y una amplia sonrisa. Parece como si adorase ver pelear a dos tios, ¿qué la pasa?
Me suelto de su mano y sigo a Eric y a Michael. Ella pone los ojos en blanco con irritación, pero viene detrás.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Capítulo 15.

Aparezco el sábado cómo había prometido muy al pesar de Georgine. Están en una fuente a la entrada de la playa, donde un montón de niños ríen y juegan yendo de chorro en chorro de agua.
Georgine está enrollándose un mechón de su pelo y luego soltándolo mientras pestañea descaradamente. Eric apenas la mira, observando con una expresión pensativa y sombría a los niños. Una niña se le queda mirando y se para delante de él.
-¿Qué miras?-le pregunta con curiosidad. Eric repara en ella y la mira desde arriba, dándome la espalda. Pero antes de que se gire puedo ver como una lenta sonrisa aparece en su cara.. Una sonrisa que no me da buena espina.
-¿No te han dicho nunca tus padres que no debes hablar con desconocidos?-la preguntó. Cuando la niña se encogió de hombros, Eric añadió en un susurro amenazante:- Podrían ser personas malas, acabarías haciéndote daño...
De repente la niña parece asustada. Empieza a hacer pucheros, a punto de llorar. Acaba corriendo nerviosa y buscando a sus padres.
Me paro un momento con curiosidad. Eric vuelve a girarse y puedo ver todas sus facciones, que observan todo impasibles y con dureza. Georgine comienza a reirse a carcajadas.
-Vaya, Eric, pensaba que habías perdido facultades, pero...
Georgine no acaba la frase, porque en ese momento Eric advierte mi presencia y ella, siguiendo su mirada, también me ve. Viendo que ya no me queda otra, me acerco a ellos fingiendo normalidad, como si no les hubiese estado escuchando.
-Gabrielle, has venido por fin-me dice Georgine con una nota tirante. Eric no dice nada, se limita a mirar de arriba abajo el vestido verde veraniego que llevo.
Empezamos a caminar de tienda en tienda mientras Georgine va vaciando su tarjeta de crédito. Eric lleva sus bolsas como un perfecto caballero, mientras yo aguanto los pesados flirteos de Georgine.
Dan las siete de la tarde y decidimos cenar en el Frosty Frog. Georgine se sienta muy pegada al lado de Eric, que permanece indiferente mientras mira el menú. Mi cara, que transmite mi desidia, cambia en un segundo cuando oigo un familiar:
-¡Gab!
Michael me mira con sorpresa de pie al lado de mi mesa.
-¡Michael! ¿Qué haces aquí?
-Vengo a recoger unas pizzas.
-Siéntate-le pido, haciéndole un hueco a mi lado.-Georgine, Eric: este es Michael-les presento.
Georgine mira a Michael con desdén, sin saludarle siquiera. Con una mueca de superioridad se pone a leer el menú, ignorándole.
Pero cuando las miradas de Michael y Eric se encuentran es como si en alguna parte del mundo una batalla hubiese estallado. Eric no oculta su odio a Michael, que hace exactamente lo mismo.
-¿De qué os conocéis?-pregunta Eric.
-Michael es mi entrenador en Van der Meer y mi amigo desde hace años-contesto yo.
Michael me mira y sé perfectamente lo que me quiere decir: "¿qué haces con él?". Pero no lo comprendo es obvio que Michael y Eric no se conocían de antes, pero en la mirada de ambos hay un rastro de reconocimiento que no llego a entender. Como si se hubiesen encontrado en otra vida.
Entonces recuerdo la advertencia de Michael la primera vez que le pregunté por Eric "no te conviene, Gabrielle. Aléjate de él".