A su lado está Georgine, la insoportable sobrina de Mrs. Smith, que le habla animadamente sin darse cuenta de que él no la presta atención.
-Gabrielle, querida, acompáñame-oigo una voz suave pero severa a mi lado. Una voz que jamás admite una réplica o un "no" por respuesta.-Quiero que conozcas a alguien.
Sigo a Mrs. Smith a través de la sala, dirigiéndole una última mirada a Eric, que mira como me marcho tras los pasos de la anfitriona.
Mrs. Smith se para delante de un hombre grande con un traje gris, que parece sacado de una película de los sesenta. Lleva el pelo negro peinado hacia atrás, dejando ver algunas entradas. Los ojillos marrones me estudian con interés mientras me tiende la mano.
-Gabrielle, te presento a Henri Johnson. El mayor comerciante del país.
-No exageres, Patti-la dice con una sonrisa afectuosa, mientras le estrecho la mano.-Encantado de conocerte, Gabrielle.
Sigo a Patti mientras me presenta a un montón más de personas a las que siempre define como "las mejores del país", con un notable orgullo por relacionarse con semejantes celebridades. Yo intento prestar atención, pero acabo sonriendo y estrechando manos como un robot, sin enterarme.
Me pregunto de qué estarán hablando Eric y Georgine. Ella debe estar flirteando con él, obviamente. El caso es si él la sigue.
Pero no tardo en enterarme de qué hablan, porque Patti se dirije al otro lado del salón, en dirección a ellos. Nos paramos justo enfrente, interrumpiendo el soporífero monólogo de Georgine sobre su fabuloso verano en París. Eric tiene la mirada perdida, como si no le interesase lo más mínimo todas las fiestas que Georgine se corrió, pero alza la cabeza con curiosidad cuando nos paramos a su lado.
-Gabrielle, ya conoces a Georgine. Éste es Eric Tunner, un inteligente y talentoso joven que tuve el honor de conocer hace un par de días.
Intercambian una mirada entre ellos cuando enuncia sus cualidades, como si hubiese algo detrás de ese "talento". Yo supongo que se refiere al tenis y no puedo mas que estar de acuerdo.
-Me alegro de verte de nuevo, Gabrielle-me dice Georgine con una falsa sonrisa. Mentirosa...
Eric me tiende la mano y yo la miro, para luego mirarle a los ojos. Él me devuelve la mirada, retándome a estrechársela. Yo entrecierro los ojos y se la estrecho, intentando decirle que no funcionará eso de intentar intimidarme.
Voy a estrecharle la mano y al rozarle con los dedos noto como una descarga de energía pasa entre nosotros. Unas cosquillas empiezan en mi mano y recorren mi brazo hasta pasar por todo mi cuerpo, hasta las puntas de mis pies, como un agradable calambre. Me agarra la mano y noto como si tuviésemos el mundo entero sostenido entre nuestras manos y pudiésemos hacer cualquier cosa.
Aparto mi mano y le miro a los ojos, preguntándome si ha sentido lo mismo. Él me devuelve la mirada sin una palabra y ningún cambio en su expresión. Quizá hayan sido imaginaciones mías.
Mrs. Smith carraspea, mirándonos con severidad. Se gira para irse, pero antes de que se dé la vuelta acierto a ver lo que parece una sonrisa de satisfacción en su cara.
domingo, 10 de julio de 2011
Capítulo 6.
-¿Estás lista, querida?-me pregunta mi madre distraídamente mientras habla por teléfono.
Yo asiento, pero ella ya se ha dado la vuelta y continúa con su parloteo.
Llevo un vestido de gasa blanca por encima de las rodillas, ajustado en la cintura por un lazo gordo beige. El escote por delante y por detrás es en pico, adornado en el cuello por una fina cadena de plata, de la que pende una pequeña cruz de cuarzo blanco.
Mis padres son creyentes y me inculcaron la religión de pequeña, igual que mi colegio, estrictamente católico. Somos practicantes y cada domingo vamos a misa, pero para ellos consiste más en un acto social que de fe. Sin embargo, a mí me proporciona cierta estabilidad y tranquilidad en mi vida saber que allá arriba hay Alguien cuidándome de la manera que mis padres no lo hacen. Es reconfortante poder contar con Alguien, incluso cuando no lo ves.
Salgo por la puerta y me dirijo al coche a esperarles, a la vista de que ninguno me dice nada. Me meto en el lujoso Mercedes y suelto un suspiro. Lo cierto es que las ganas de ir a la barbacoa no me sobran precisamente. Pongo el aire acondicionado, aliviada por no tener que estar fuera, maldiciendo al sol por el insoportable calor.
Mi madre entra al coche y mi padre se sienta al volante.
-Llevas mal puesta la corbata, querido-le dice mi madre, poniéndosela bien. Mi padre manda mientras un mensaje por la blackberry. Trabajo, supongo. No hay día en que no le vea mandando e-mails a su trabajo de continuo. Es el jefe de una gran empresa de marketing. Él se encarga de llevar prácticamente todos los negocios y por tanto todo el peso cae en él. No se puede decir que no tenga su recompensa, desde luego. No me quejo de vivir mal, pero las cosas materiales no proporcionan la felicidad que yo desearía.
Mi madre es abogada. Y muy buena, la verdad. Tiene un buffet privado que montó hace años con una compañera de la Universidad y las va viento en popa. Supongo que mi madre tiene un montón de cualidades que la han hecho una de las mejores abogadas del país. Es fría, concisa, inteligente, observadora, perspicaz y jamás se deja dominar por las emociones, si es que alguna vez ha sentido alguna.
Mi padre se guarda la blackberry en el bolsillo, con el nudo de la corbata perfectamente hecho. Mi madre se pone pintalabios, mirándose en un pequeño espejito de Dior, que guarda luego en su bolso. Yo miro por la ventana, deseando salir corriendo y nadar, nadar, nadar, hasta cruzar el océano y empezar una vida nueva en otro continente. Con unos padres que me quieran de verdad, sin tener que ir a estúpidas barbacoas y dedicándome al tenis por completo, la única afición que tengo desde pequeña.
El coche se pone en marcha y el paisaje empieza a cambiar. Árboles, lagos y casas grandes y lujosas se suceden, cambiando.
Llegamos por fin a la casa de los Smith, donde nos recibe Mrs. Smith, una señora ya entrada en años que sigue estancada en el siglo XIX. Su piel, tersa a pesar de su edad, no se arruga nunca con los hoyuelos de una sonrisa, y jamás la he visto esbozar una expresión que no fuese de suficiencia o desaprobación.
-Vaya, queridos, qué alegría veros-dice con un ligero acento francés, que denota su procedencia. Me mira con sus pequeños ojillos de águila y revisa mi vestimenta.-Estás radiante, Gabrielle.
Se gira y su vestido negro ondea a su alrededor con timidez. Lleva el pelo en un tirante moño en la nuca, fijado con cantidades ingentes de laca, que lo mantienen quieto mientras camina con pequeños pasos al interior de la casa.
Entramos en su salón, decorado con un gusto muy clásico, donde un montón de gente charla con suavidad, con copas de champán en la mano. Al entrar, todos se giran a mirarnos, parando por un momento la conversación. Me fijo en todas las caras, reconociendo algunas y viendo nuevas. Pero solo hay una en la que me detengo, reconociéndola al instante.
Su pelo dorado cae sobre su frente y sus ojos azules están fijos en mí. El asomo de una sonrisa de burla decora su cara mientras me ve aparecer.
Yo asiento, pero ella ya se ha dado la vuelta y continúa con su parloteo.
Llevo un vestido de gasa blanca por encima de las rodillas, ajustado en la cintura por un lazo gordo beige. El escote por delante y por detrás es en pico, adornado en el cuello por una fina cadena de plata, de la que pende una pequeña cruz de cuarzo blanco.
Mis padres son creyentes y me inculcaron la religión de pequeña, igual que mi colegio, estrictamente católico. Somos practicantes y cada domingo vamos a misa, pero para ellos consiste más en un acto social que de fe. Sin embargo, a mí me proporciona cierta estabilidad y tranquilidad en mi vida saber que allá arriba hay Alguien cuidándome de la manera que mis padres no lo hacen. Es reconfortante poder contar con Alguien, incluso cuando no lo ves.
Salgo por la puerta y me dirijo al coche a esperarles, a la vista de que ninguno me dice nada. Me meto en el lujoso Mercedes y suelto un suspiro. Lo cierto es que las ganas de ir a la barbacoa no me sobran precisamente. Pongo el aire acondicionado, aliviada por no tener que estar fuera, maldiciendo al sol por el insoportable calor.
Mi madre entra al coche y mi padre se sienta al volante.
-Llevas mal puesta la corbata, querido-le dice mi madre, poniéndosela bien. Mi padre manda mientras un mensaje por la blackberry. Trabajo, supongo. No hay día en que no le vea mandando e-mails a su trabajo de continuo. Es el jefe de una gran empresa de marketing. Él se encarga de llevar prácticamente todos los negocios y por tanto todo el peso cae en él. No se puede decir que no tenga su recompensa, desde luego. No me quejo de vivir mal, pero las cosas materiales no proporcionan la felicidad que yo desearía.
Mi madre es abogada. Y muy buena, la verdad. Tiene un buffet privado que montó hace años con una compañera de la Universidad y las va viento en popa. Supongo que mi madre tiene un montón de cualidades que la han hecho una de las mejores abogadas del país. Es fría, concisa, inteligente, observadora, perspicaz y jamás se deja dominar por las emociones, si es que alguna vez ha sentido alguna.
Mi padre se guarda la blackberry en el bolsillo, con el nudo de la corbata perfectamente hecho. Mi madre se pone pintalabios, mirándose en un pequeño espejito de Dior, que guarda luego en su bolso. Yo miro por la ventana, deseando salir corriendo y nadar, nadar, nadar, hasta cruzar el océano y empezar una vida nueva en otro continente. Con unos padres que me quieran de verdad, sin tener que ir a estúpidas barbacoas y dedicándome al tenis por completo, la única afición que tengo desde pequeña.
El coche se pone en marcha y el paisaje empieza a cambiar. Árboles, lagos y casas grandes y lujosas se suceden, cambiando.
Llegamos por fin a la casa de los Smith, donde nos recibe Mrs. Smith, una señora ya entrada en años que sigue estancada en el siglo XIX. Su piel, tersa a pesar de su edad, no se arruga nunca con los hoyuelos de una sonrisa, y jamás la he visto esbozar una expresión que no fuese de suficiencia o desaprobación.
-Vaya, queridos, qué alegría veros-dice con un ligero acento francés, que denota su procedencia. Me mira con sus pequeños ojillos de águila y revisa mi vestimenta.-Estás radiante, Gabrielle.
Se gira y su vestido negro ondea a su alrededor con timidez. Lleva el pelo en un tirante moño en la nuca, fijado con cantidades ingentes de laca, que lo mantienen quieto mientras camina con pequeños pasos al interior de la casa.
Entramos en su salón, decorado con un gusto muy clásico, donde un montón de gente charla con suavidad, con copas de champán en la mano. Al entrar, todos se giran a mirarnos, parando por un momento la conversación. Me fijo en todas las caras, reconociendo algunas y viendo nuevas. Pero solo hay una en la que me detengo, reconociéndola al instante.
Su pelo dorado cae sobre su frente y sus ojos azules están fijos en mí. El asomo de una sonrisa de burla decora su cara mientras me ve aparecer.
sábado, 9 de julio de 2011
Capítulo 5.
Bajo las escaleras con parsimonia, sin ganas de ver a mis padres. Llego por fin al salón donde mi padre lee el periódico. Me paro en la puerta a la espera de que me mire, mientras él pasa las páginas. Al fin, vuelve la cabeza distraidamente y me mira. Se le abren mucho los ojos con sorpresa y se acerca corriendo a mi lado.
-Meryl, ven corriendo-llama a mi madre, que sale de la cocina. No de cocinar, sino de supervisar al servicio. Sería bueno que mi madre se esforzase por algo que sucede enesta casa, incluida yo.
Me mira y una "o" se forma en sus labios, donde se lleva una mano. Viene también corriendo y me empieza a tocar la cara.
-¿Qué ha pasado?-susurra, casi con horror de oir la historia.
-He tenido un accidente con la bici. Iba hacia aquí desde Van der Meer y un coche me ha golpeado la rueda trasera. Se ha dado a la fuga mientras yo caía rodando por la tierra. No he encontrado la bici pero debe de estar destrozada. He vuelto a Van der Meer y Michael me ha llevado al hospital-les miento. No sé porqué pero no quiero que conozcan la existencia de Eric.
-¿Qué han dicho los médicos?-me pregunta mi padre. Yo me encojo de hombros, pero me arrepiento al sentir un pinchazo en el hombro izquierdo. No hago ningún signo de dolor para que no se alarmen.
-Que estoy bien-les contesto. Ellos se conforman con la respuesta. Mi padre me palpa una última vez la cara y se va a sentar al sillón con un suspiro. Mi madre se limita a decirme:
-La cena estará lista en quince minutos.
Y vuelve a meterse en la cocina. En su mundo seguro donde el servicio acata sus órdenes, donde su hija no ha sufrido ningún accidente.
Ni siquiera se han acordado de que hoy es mi cumpleaños. Presiento que no va a haber ni tarta, ni regalos.
Me quedo en el salón sentada al lado de mi padre, que hace caso omiso de mí. Tan solo miro al vacío preguntándome si recordarán algún día que tienen una hija. Dudo que sepan siquiera mi edad. Soy una completa desconocida para mis propios padres.
Aparece Margarita, la cocinera, en dirección al comedor y empieza a dejar los platos, llenos de pasta, donde corresponde. Deja también una bandeja con unos filetes de pollo crujientes y otra con un salteado de verduras. Sale del comedor y aparece mi madre en el salón.
-La cena está lista-nos anuncia. Mi padre cierra el periódico y se dirije al comedor sin mirarme siquiera. Se sienta en la cabecera de la mesa con mi madre a su izquierda y yo a la derecha.
Cenamos en silencio, cada uno concentrado en su plato. Yo les miro y me doy cuenta de que realmente ninguno se acuerda. Me aclaro la garganta y les pregunto:
-¿Qué tal vuestro día?
-Igual que todos-contesta mi madre, como si estuviese aburrida de la vida.
Miro a mi padre buscando una respuesta más alentadora. Pero mis esperanzas se esfuman con su corto:
-No demasiado malo.-Se lleva el tenedor a la boca y espera a vaciarla antes de preguntarme:-¿Qué tal el tuyo? Aparte del accidente, claro.
-Me he comprado un trozo de tarta. Para soplar las velas y eso, ya sabéis. Y luego he ido a jugar al tenis con Michael.
Mi madre deja el tenedor en el plato para felicitarme mientras se levanta para darme un beso. Mi padre me da un apretón en el hombro y me felicita. Luego cada uno sigue pendiente de su comida, como si no hubiese pasado nada. Como si se hubiesen acordado de mi cumpleaños.
Acabamos el pollo y me levanto de la mesa con una disculpa. No puedo permanecer más tiempo sentada a la mesa con unas personas que dicen ser mis padres pero solo siento como extraños. Quizá estoy equivocada, pero una madre debe ofrecer un perfil protector, asegurador, cariñoso, afectivo... Y un padre debe aportarte una sensación de protección, de seguridad y afecto que jamás me ha hecho sentir ninguno de los dos.
Las lágrimas se derraman sobre mi almohada y yo no hago nada por impedirlo. Y así, entre llantos, me quedo dormida.
-Meryl, ven corriendo-llama a mi madre, que sale de la cocina. No de cocinar, sino de supervisar al servicio. Sería bueno que mi madre se esforzase por algo que sucede enesta casa, incluida yo.
Me mira y una "o" se forma en sus labios, donde se lleva una mano. Viene también corriendo y me empieza a tocar la cara.
-¿Qué ha pasado?-susurra, casi con horror de oir la historia.
-He tenido un accidente con la bici. Iba hacia aquí desde Van der Meer y un coche me ha golpeado la rueda trasera. Se ha dado a la fuga mientras yo caía rodando por la tierra. No he encontrado la bici pero debe de estar destrozada. He vuelto a Van der Meer y Michael me ha llevado al hospital-les miento. No sé porqué pero no quiero que conozcan la existencia de Eric.
-¿Qué han dicho los médicos?-me pregunta mi padre. Yo me encojo de hombros, pero me arrepiento al sentir un pinchazo en el hombro izquierdo. No hago ningún signo de dolor para que no se alarmen.
-Que estoy bien-les contesto. Ellos se conforman con la respuesta. Mi padre me palpa una última vez la cara y se va a sentar al sillón con un suspiro. Mi madre se limita a decirme:
-La cena estará lista en quince minutos.
Y vuelve a meterse en la cocina. En su mundo seguro donde el servicio acata sus órdenes, donde su hija no ha sufrido ningún accidente.
Ni siquiera se han acordado de que hoy es mi cumpleaños. Presiento que no va a haber ni tarta, ni regalos.
Me quedo en el salón sentada al lado de mi padre, que hace caso omiso de mí. Tan solo miro al vacío preguntándome si recordarán algún día que tienen una hija. Dudo que sepan siquiera mi edad. Soy una completa desconocida para mis propios padres.
Aparece Margarita, la cocinera, en dirección al comedor y empieza a dejar los platos, llenos de pasta, donde corresponde. Deja también una bandeja con unos filetes de pollo crujientes y otra con un salteado de verduras. Sale del comedor y aparece mi madre en el salón.
-La cena está lista-nos anuncia. Mi padre cierra el periódico y se dirije al comedor sin mirarme siquiera. Se sienta en la cabecera de la mesa con mi madre a su izquierda y yo a la derecha.
Cenamos en silencio, cada uno concentrado en su plato. Yo les miro y me doy cuenta de que realmente ninguno se acuerda. Me aclaro la garganta y les pregunto:
-¿Qué tal vuestro día?
-Igual que todos-contesta mi madre, como si estuviese aburrida de la vida.
Miro a mi padre buscando una respuesta más alentadora. Pero mis esperanzas se esfuman con su corto:
-No demasiado malo.-Se lleva el tenedor a la boca y espera a vaciarla antes de preguntarme:-¿Qué tal el tuyo? Aparte del accidente, claro.
-Me he comprado un trozo de tarta. Para soplar las velas y eso, ya sabéis. Y luego he ido a jugar al tenis con Michael.
Mi madre deja el tenedor en el plato para felicitarme mientras se levanta para darme un beso. Mi padre me da un apretón en el hombro y me felicita. Luego cada uno sigue pendiente de su comida, como si no hubiese pasado nada. Como si se hubiesen acordado de mi cumpleaños.
Acabamos el pollo y me levanto de la mesa con una disculpa. No puedo permanecer más tiempo sentada a la mesa con unas personas que dicen ser mis padres pero solo siento como extraños. Quizá estoy equivocada, pero una madre debe ofrecer un perfil protector, asegurador, cariñoso, afectivo... Y un padre debe aportarte una sensación de protección, de seguridad y afecto que jamás me ha hecho sentir ninguno de los dos.
Las lágrimas se derraman sobre mi almohada y yo no hago nada por impedirlo. Y así, entre llantos, me quedo dormida.
lunes, 4 de julio de 2011
Capítulo 4.
Nos dirigimos a la recepción de urgencias, donde le facilito mis datos a la enfermera. Cuando llego a mi fecha de nacimiento alza la cabeza y me sonríe.
-Felicidades.
Yo la devuelvo la sonrisa, pero me duele la cara y me sale algo parecido a una mueca.
-Menudo regalo de cumpleaños-dice Eric.
-Los he tenido mejores, no lo dudes-le contesto sentándome en una silla.
-Gabrielle-me llama un doctor cinco minutos después. Me levanto y me dirijo a su consulta, con Eric a mi lado que anda cerca de mí por si me caigo.
Me hace una inspección general y me manda a casa diciendo que no es nada grave y que como mucho me puede dar algo de jaqueca, y en ese caso una aspirina lo soluciona.
Llegamos de nuevo al parking y voy a subirme al coche de Eric, cuando veo que abre el maletero. Saca mi bici y la coloca tumbada sobre el asfalto.
-¿Qué estás haciendo?-le pregunto. Él me mira mientras cierra otra vez el maletero.
-Estás bien así que ya no tengo ninguna culpa y puedes volver a casa tú solita.
-¿Cómo? Has destrozado mi bici- le recuerdo.
Él se encoje de hombros con indiferencia.
-No deberías haber estado en medio de la carretera.
-Y tú deberías mirar por donde conduces-le digo, empezando a cabrearme.
-No soy yo el que ha salido malparado-me replica metiéndose en el coche y arrancándolo.
En menos de diez segundos está fuera de mi vista. Maldigo contra él y empiezo a caminar, arrastrando la bici tras de mí. Dándome cuenta de que no me sirve de nada la abandono en un contenedor y sigo andando.
Después de más de una hora caminando llego a casa y me tumbo en la cama.
No puedo creer que Eric sea tan cabrón. Eso ha sido pasarse de la raya. ¿Cómo se le ocurre? Abandonarme de esa manera...
Me levanto y voy al baño, para enfrentarme de una vez por todas a mi reflejo. Tengo el pelo negro enmarañado y con unos nudos que me va a costar deshacer y justo en el nacimiento, en la frente, una herida con sangre reseca al rededor. En mi mejilla derecha hay un arañazo y mi ceja izquierda está llena de sangre. Mis ojos, de un violeta realmente extraño, no han sufrido demasiado daño pero el izquierdo está levemente hinchado. Igual que mi labio inferior, que también tiene sangre reseca. Mi barbilla tiene un cortede aspecto bastante horrible, pero no me preocupa demasiado.
Me miro los brazos y las piernas, recubiertos por arañazos y moratones se muy mal aspecto. Los nudillos de mis manos están en carne viva y me duelen al cerrar el puño.
Me aplico alcohol en todas las heridas y me niego a hacer ninguna señal de que me escuecen. Eso me pasa por andar sin casco y sin protecciones.
Oigo la puerta de casa cerrarse y me doy cuenta de que mis padres ya han venido. Ahora me toca explicarles donde está la bici y por qué estoy llena de heridas.
Ya puedo ver a mi madre soltar un grito de horror y a mi padre palparme la frente para ver si estoy bien. Una bonita manera de fingir que al fin y al cabo sí que se preocupan por mí. Cuando en realidad los tres sabemos que es mentira.
-Felicidades.
Yo la devuelvo la sonrisa, pero me duele la cara y me sale algo parecido a una mueca.
-Menudo regalo de cumpleaños-dice Eric.
-Los he tenido mejores, no lo dudes-le contesto sentándome en una silla.
-Gabrielle-me llama un doctor cinco minutos después. Me levanto y me dirijo a su consulta, con Eric a mi lado que anda cerca de mí por si me caigo.
Me hace una inspección general y me manda a casa diciendo que no es nada grave y que como mucho me puede dar algo de jaqueca, y en ese caso una aspirina lo soluciona.
Llegamos de nuevo al parking y voy a subirme al coche de Eric, cuando veo que abre el maletero. Saca mi bici y la coloca tumbada sobre el asfalto.
-¿Qué estás haciendo?-le pregunto. Él me mira mientras cierra otra vez el maletero.
-Estás bien así que ya no tengo ninguna culpa y puedes volver a casa tú solita.
-¿Cómo? Has destrozado mi bici- le recuerdo.
Él se encoje de hombros con indiferencia.
-No deberías haber estado en medio de la carretera.
-Y tú deberías mirar por donde conduces-le digo, empezando a cabrearme.
-No soy yo el que ha salido malparado-me replica metiéndose en el coche y arrancándolo.
En menos de diez segundos está fuera de mi vista. Maldigo contra él y empiezo a caminar, arrastrando la bici tras de mí. Dándome cuenta de que no me sirve de nada la abandono en un contenedor y sigo andando.
Después de más de una hora caminando llego a casa y me tumbo en la cama.
No puedo creer que Eric sea tan cabrón. Eso ha sido pasarse de la raya. ¿Cómo se le ocurre? Abandonarme de esa manera...
Me levanto y voy al baño, para enfrentarme de una vez por todas a mi reflejo. Tengo el pelo negro enmarañado y con unos nudos que me va a costar deshacer y justo en el nacimiento, en la frente, una herida con sangre reseca al rededor. En mi mejilla derecha hay un arañazo y mi ceja izquierda está llena de sangre. Mis ojos, de un violeta realmente extraño, no han sufrido demasiado daño pero el izquierdo está levemente hinchado. Igual que mi labio inferior, que también tiene sangre reseca. Mi barbilla tiene un cortede aspecto bastante horrible, pero no me preocupa demasiado.
Me miro los brazos y las piernas, recubiertos por arañazos y moratones se muy mal aspecto. Los nudillos de mis manos están en carne viva y me duelen al cerrar el puño.
Me aplico alcohol en todas las heridas y me niego a hacer ninguna señal de que me escuecen. Eso me pasa por andar sin casco y sin protecciones.
Oigo la puerta de casa cerrarse y me doy cuenta de que mis padres ya han venido. Ahora me toca explicarles donde está la bici y por qué estoy llena de heridas.
Ya puedo ver a mi madre soltar un grito de horror y a mi padre palparme la frente para ver si estoy bien. Una bonita manera de fingir que al fin y al cabo sí que se preocupan por mí. Cuando en realidad los tres sabemos que es mentira.
Capítulo 3.
Después de una hora jugando Michael se va porque tiene que dar clase de verdad a otra chica. Yo me dirijo a la salida, pasando antes delante de la pista 19 pero Eric ya se ha ido. Decepcionada y deprimida por tener que volver de nuevo sola a mi casa voy cabizbaja hacia la puerta.
Cojo la bici, me cuelgo la raqueta al hombro y empiezo a pedalear con desgana, sin querer volver a casa. Paso por la calle de Emma, mi mejor amiga, pero no me detengo. No está en la ciudad. Se ha ido de viaje por Europa y no volverá hasta el final del verano.
Sigo pedaleando y voy a girar a la derecha cuando un coche aparece de la nada con rapidez. Solo me da tiempo a girarme hacia mi izquierda y mirar al bólido por un segundo, antes de que me golpee en la rueda trasera. No tengo tiempo mas que para abrir la boca con sorpresa e intentar agachar la cabeza para protegerme mientras salgo volando por los aires entre los arbustos. Noto el impacto contra el suelo y suelto un grito, pero todo sucede demasiado deprisa para que llegue a darme cuenta de lo que ha sucedido realmente. Empiezo a dar vueltas hasta pararme unos metros más allá de mi bici. Permanezco tumbada, mirando el cielo. Oigo como la puerta del coche se cierra de un portazo y una voz suelta una maldición. Lo siguiente que escucho son pasos acercándose deprisa hacia mí.
-¿Estás bien?-me pregunta una suave voz masculina. Miro a la cara de mi interlocutor y me encuentro nadando en unos ojos azules que permanecerán siempre en mi mente.
Consigo asentir pero no articulo palabra ni hago ademán de levantarme. Él se acerca a mí y me coge en volandas para llevarme a su coche, agarrando también mi raqueta que ha caido a mi lado. «Debo de haber muerto y esto es el cielo» pienso, sintiendo sus brazos sujetándome.
Me deja con suavidad en la parte trasera de su coche y se aleja para colocar mi bicicleta en su maletero. Por suerte, creo haber sufrido menos daños que ella, que está en un estado penoso. Tiene la rueda trasera pinchada y todo a su alrededor destrozado. Los pedales cuelgan de una manera errónea y la cadena se ha salido de su soporte.
Pero todo eso deja de importarme cuando Eric se dirije de nuevo a mí y se inclina para examinar mis extremidades.
-Mueve la pierna-me dice, cogiendo con suavidad mi pierna derecha. Yo hago lo que me indica. Me cuesta un poco a causa de las heridas en la rodilla, pero lo hago con bastante soltura. Realizamos el mismo proceso para la otra pierna y los brazos, donde seguramente me saldrán grandes moratones.
-Creo que no te has roto nada-es su veredicto final. Me mira con consternación, pasándose la mano por el pelo. Parece que se ha cambiado de ropa y se ha dado una ducha. Ya no va vestido de tenis sino con unos vaqueros y una camiseta normal negra. Me pregunto como no tiene calor vestido así. Su pelo ya no está sudado sino que cae como una suave cascada dorada alrededor de su cabeza.
»Aún así te voy a llevar al hospital, por si acaso-me dice poniéndose en el asiento del conductor. Yo me incorporo y me siento a su lado, en el del copiloto. Me lanza una breve mirada y pone en marcha el coche.
-¿Vives aquí?-le pregunto.
-No-me contesta con brevedad.-Solo estoy de paso.
-¿Jugando al tenis?-sigo interrogándole. Eso le hace reir pero no contesta a mi pregunta. Sin embargo, me la devuelve con forma de otro interrogante:
-¿Quién es tu entrenador?
-Michael.
Eso le hace componer una sonrisa maliciosa, pero antes de que le pregunte nada llegamos al hospital.
Cojo la bici, me cuelgo la raqueta al hombro y empiezo a pedalear con desgana, sin querer volver a casa. Paso por la calle de Emma, mi mejor amiga, pero no me detengo. No está en la ciudad. Se ha ido de viaje por Europa y no volverá hasta el final del verano.
Sigo pedaleando y voy a girar a la derecha cuando un coche aparece de la nada con rapidez. Solo me da tiempo a girarme hacia mi izquierda y mirar al bólido por un segundo, antes de que me golpee en la rueda trasera. No tengo tiempo mas que para abrir la boca con sorpresa e intentar agachar la cabeza para protegerme mientras salgo volando por los aires entre los arbustos. Noto el impacto contra el suelo y suelto un grito, pero todo sucede demasiado deprisa para que llegue a darme cuenta de lo que ha sucedido realmente. Empiezo a dar vueltas hasta pararme unos metros más allá de mi bici. Permanezco tumbada, mirando el cielo. Oigo como la puerta del coche se cierra de un portazo y una voz suelta una maldición. Lo siguiente que escucho son pasos acercándose deprisa hacia mí.
-¿Estás bien?-me pregunta una suave voz masculina. Miro a la cara de mi interlocutor y me encuentro nadando en unos ojos azules que permanecerán siempre en mi mente.
Consigo asentir pero no articulo palabra ni hago ademán de levantarme. Él se acerca a mí y me coge en volandas para llevarme a su coche, agarrando también mi raqueta que ha caido a mi lado. «Debo de haber muerto y esto es el cielo» pienso, sintiendo sus brazos sujetándome.
Me deja con suavidad en la parte trasera de su coche y se aleja para colocar mi bicicleta en su maletero. Por suerte, creo haber sufrido menos daños que ella, que está en un estado penoso. Tiene la rueda trasera pinchada y todo a su alrededor destrozado. Los pedales cuelgan de una manera errónea y la cadena se ha salido de su soporte.
Pero todo eso deja de importarme cuando Eric se dirije de nuevo a mí y se inclina para examinar mis extremidades.
-Mueve la pierna-me dice, cogiendo con suavidad mi pierna derecha. Yo hago lo que me indica. Me cuesta un poco a causa de las heridas en la rodilla, pero lo hago con bastante soltura. Realizamos el mismo proceso para la otra pierna y los brazos, donde seguramente me saldrán grandes moratones.
-Creo que no te has roto nada-es su veredicto final. Me mira con consternación, pasándose la mano por el pelo. Parece que se ha cambiado de ropa y se ha dado una ducha. Ya no va vestido de tenis sino con unos vaqueros y una camiseta normal negra. Me pregunto como no tiene calor vestido así. Su pelo ya no está sudado sino que cae como una suave cascada dorada alrededor de su cabeza.
»Aún así te voy a llevar al hospital, por si acaso-me dice poniéndose en el asiento del conductor. Yo me incorporo y me siento a su lado, en el del copiloto. Me lanza una breve mirada y pone en marcha el coche.
-¿Vives aquí?-le pregunto.
-No-me contesta con brevedad.-Solo estoy de paso.
-¿Jugando al tenis?-sigo interrogándole. Eso le hace reir pero no contesta a mi pregunta. Sin embargo, me la devuelve con forma de otro interrogante:
-¿Quién es tu entrenador?
-Michael.
Eso le hace componer una sonrisa maliciosa, pero antes de que le pregunte nada llegamos al hospital.
Capítulo 2.
En ese momento siento que mis dieciseis años de vida han sido sencillamente para acabar en ese instante. Que toda mi vida se ha borrado de mi mente para concentrarse en este minuto. Que el mundo entero ha desaparecido porque no puede competir con el nuevo mundo que hemos creado él y yo en un simple instante.
Tiene los ojos como el mar en un día de calma. Límpidos, tranquilos y con una corriente que me impulsa a querer mirar dentro de ellos. Y el pelo como un campo de tierno trigo, pegado a su frente por el sudor. La piel ligeramente tostada, resaltando sus ojos, y la boca ligeramente abierta, jadeando por el cansancio, dejando ver una blanca dentadura bien colocada.
No sé cuánto tiempo pasamos mirándonos y realmente no me importa, porque es como un segundo pero a la vez como toda la eternidad. Podría haberme tirado horas sencillamente mirándole, pero su entrenador nos interrumpe gritando con voz potente:
-¡Eric!
Él se da la vuelta, rompiendo el contacto visual, mientras bebe un trago de agua antes de volver corriendo a la cancha.
-Gab-me llama una voz masculina que ya considero como mi conciencia. Me giro y me encuentro a Michael, mi entrenador particular.-¿Estás lista?
Noto cómo me pongo colorada, como si me hubiese pillado haciendo algo prohibido, mientras asiento. Bajo la cabeza para huir de su mirada, que parece interrogarme sobre lo que sucede.
Nos dirigimos a una pista en la otra punta de Van der Meer, lo que me desconsuela ya que no podré seguir viendo a Eric.
Me lanza algunas bolas y yo las golpeo, distraída. La mitad van a la red y la otra mitad fuera. Mi mente está en otra cancha, fija en unos ojos azules que no pueden ser de este mundo.
Al final Michael me deja un rato para descansar y beber agua. Me siento en una de las gradas y le doy un trago a mi botella de Gatorade. Se acerca y se sienta a mi lado, mirándome. Después de un rato con su mirada clavada en mí empiezo a sentirme incómoda y me giro hacia él.
-¿Qué?
-¿Qué te pasa hoy?-me pregunta divertido por mi incomodidad.
Lo cierto es que esperaba que se le pasase desapercibida mi distracción, incluso sabiendo que eso es imposible. Michael es la persona que mejor me conoce. Mi entrenador cinco veces a la semana y a veces incluso más, mi mejor amigo y mi hospedador cuando mis padres se van de viaje y me siento sola.
Me encojo de hombros como respuesta y sigo bebiendo, apartando la vista de él y concentrándome en una nube para evitar mirarle. Luego me doy cuenta de que él puede decirme quién es Eric.
-Ese chico que jugaba en la pista 19... ¿Quién es? Es un gran jugador.
Levanta las cejas, sorprendido.
-¿Eric?-pregunta. Yo asiento y en su cara se forma una sonrisa irónica, como si le apenase enormemente los piropos que salían de su boca.-Es de Alemania. Un gran talento; de los mejores. Joseph es su entrenador particular.
Yo espero que siga hablando, pero no lo hace.
-¿Y ya está?-le pregunto.
-¿Qué más quieres que te diga?-alza las cejas.
-Su edad, cuánto tiempo va a estar aquí, si tiene novia...-le sugiero.
Pero su mirada se oscurece y su sonrisa se borra.
-No te conviene, Gabrielle-me dice.-Aléjate de él.
Se levanta y se dirige a la pista de nuevo. Coge varias bolas y empieza a sacar con una fuerza descomunal.
«Gabrielle». Nunca me ha llamado por mi nombre completo, ni siquiera el primer día que me conoció. ¿Qué puede tener ese chico que sea tan terrible? ¿Y si no quiero alejarme de él? ¿Y si quiero acercarme más?
Tiene los ojos como el mar en un día de calma. Límpidos, tranquilos y con una corriente que me impulsa a querer mirar dentro de ellos. Y el pelo como un campo de tierno trigo, pegado a su frente por el sudor. La piel ligeramente tostada, resaltando sus ojos, y la boca ligeramente abierta, jadeando por el cansancio, dejando ver una blanca dentadura bien colocada.
No sé cuánto tiempo pasamos mirándonos y realmente no me importa, porque es como un segundo pero a la vez como toda la eternidad. Podría haberme tirado horas sencillamente mirándole, pero su entrenador nos interrumpe gritando con voz potente:
-¡Eric!
Él se da la vuelta, rompiendo el contacto visual, mientras bebe un trago de agua antes de volver corriendo a la cancha.
-Gab-me llama una voz masculina que ya considero como mi conciencia. Me giro y me encuentro a Michael, mi entrenador particular.-¿Estás lista?
Noto cómo me pongo colorada, como si me hubiese pillado haciendo algo prohibido, mientras asiento. Bajo la cabeza para huir de su mirada, que parece interrogarme sobre lo que sucede.
Nos dirigimos a una pista en la otra punta de Van der Meer, lo que me desconsuela ya que no podré seguir viendo a Eric.
Me lanza algunas bolas y yo las golpeo, distraída. La mitad van a la red y la otra mitad fuera. Mi mente está en otra cancha, fija en unos ojos azules que no pueden ser de este mundo.
Al final Michael me deja un rato para descansar y beber agua. Me siento en una de las gradas y le doy un trago a mi botella de Gatorade. Se acerca y se sienta a mi lado, mirándome. Después de un rato con su mirada clavada en mí empiezo a sentirme incómoda y me giro hacia él.
-¿Qué?
-¿Qué te pasa hoy?-me pregunta divertido por mi incomodidad.
Lo cierto es que esperaba que se le pasase desapercibida mi distracción, incluso sabiendo que eso es imposible. Michael es la persona que mejor me conoce. Mi entrenador cinco veces a la semana y a veces incluso más, mi mejor amigo y mi hospedador cuando mis padres se van de viaje y me siento sola.
Me encojo de hombros como respuesta y sigo bebiendo, apartando la vista de él y concentrándome en una nube para evitar mirarle. Luego me doy cuenta de que él puede decirme quién es Eric.
-Ese chico que jugaba en la pista 19... ¿Quién es? Es un gran jugador.
Levanta las cejas, sorprendido.
-¿Eric?-pregunta. Yo asiento y en su cara se forma una sonrisa irónica, como si le apenase enormemente los piropos que salían de su boca.-Es de Alemania. Un gran talento; de los mejores. Joseph es su entrenador particular.
Yo espero que siga hablando, pero no lo hace.
-¿Y ya está?-le pregunto.
-¿Qué más quieres que te diga?-alza las cejas.
-Su edad, cuánto tiempo va a estar aquí, si tiene novia...-le sugiero.
Pero su mirada se oscurece y su sonrisa se borra.
-No te conviene, Gabrielle-me dice.-Aléjate de él.
Se levanta y se dirige a la pista de nuevo. Coge varias bolas y empieza a sacar con una fuerza descomunal.
«Gabrielle». Nunca me ha llamado por mi nombre completo, ni siquiera el primer día que me conoció. ¿Qué puede tener ese chico que sea tan terrible? ¿Y si no quiero alejarme de él? ¿Y si quiero acercarme más?
Capítulo 1.
Cojo aire y soplo la única vela sobre un trozo minúsculo de tarta. Un fino hilillo de humo sale, desprendiendo un suave olor a quemado. Mientras se disuelve en el aire yo miro por la ventana, esperando ver aparecer el coche de mis padres. Pero nunca llega.
Con resignación, asumiendo que voy a pasar otro cumpleaños sola, devuelvo la vista a la tentadora pieza de chocolate que me he regalado por mi cumpleaños. Quito la vela con cuidado de que no caiga ni una gota de cera sobre la tarta. Acto seguido meto mi dedo en la crema de chocolate que la recubre y me lo llevo a la boca. Deliciosamente empalagoso. Sigo comiendo sin utilizar cubiertos, tan solo con mis manos. Es mi cumpleaños, puedo permitírmelo.
«Dulces dieciseis» pienso con amargura mientras recojo la comida. La casa está silenciosa, solo conmigo en ella. El único sonido que se escucha es el que yo produzco recogiendo los platos. Acabo y me dirijo a mi cuarto. Pongo la radio a todo volumen, para no sentirme tan sola y para que no me deje pensar demasiado. Suena «The A Team» de Ed Sheeran. La tarareo mientras me siento en la ventana a ver a los niños en el jardín. Es verano y hace un calor asfixiante aquí, en Hilton Head Island. Pero como si no fuese suficiente y el clima quisiese matarnos a todos, la humedad también es muy elevada.
Miro el reloj de mi mesita de noche. Las seis de la tarde. Decido que no me puedo quedar el día de mi cumpleaños tirada en mi habitación sin hacer absolutamente nada, y me visto con mi traje de tenis para ir un rato al Van der Meer a jugar.
Cojo la bicicleta del garaje, me cuelgo la raqueta del hombro y me pongo en marcha. Vivo en Long Cove en una plantación de la isla donde también viven algunas de mis amigas. Está más o menos a 15 minutos en bici, pero con este calor se me hacen eternos.
Cuando llego, mi ropa está bastante sudada y mi pelo se pega a mi espalda de una manera asquerosa.
Me dirijo a mi pista de tenis habitual y por el camino me encuentro a algunos instructores de tenis que me felicitan. Yo se lo agradezco y les sonrío, dándome cuenta de que son los primeros que se acuerdan. Esta idea me deprime aún más, pero continúo andando. Me paro enfrente de la pista 19, alrededor de la cual hay un número inusual de gente congregada. Oigo el sonido de una raqueta golpeando con fuerza una pelota y me acerco a ver qué mira tanta gente.
Están jugando un partido. Un chico joven de más o menos mi edad, con el pelo dorado oscurecido por el sudor y la piel morena también. Juega contra un hombre orondo que le lanza las bolas de un lado a otro, haciéndole correr. No le he visto nunca por aquí, pero tiene pinta de jefe de los profesores de tenis.
El chico juega increíblemente bien. Le devuelve las bolas con fuerza y corre con todas sus ganas. Lo comparo a mí y casi me entra la risa; me da mil vueltas.
El chico acaba mandando una fuera por muy poco y hacen un descanso. Todo el mundo se empieza a dispersar, pero yo me quedo un rato más, mirándole. Se sienta en una silla que hay cerca de mí y bebe agua. Alza la cabeza, notando mis ojos clavados en él, y nuestras miradas se cruzan.
Con resignación, asumiendo que voy a pasar otro cumpleaños sola, devuelvo la vista a la tentadora pieza de chocolate que me he regalado por mi cumpleaños. Quito la vela con cuidado de que no caiga ni una gota de cera sobre la tarta. Acto seguido meto mi dedo en la crema de chocolate que la recubre y me lo llevo a la boca. Deliciosamente empalagoso. Sigo comiendo sin utilizar cubiertos, tan solo con mis manos. Es mi cumpleaños, puedo permitírmelo.
«Dulces dieciseis» pienso con amargura mientras recojo la comida. La casa está silenciosa, solo conmigo en ella. El único sonido que se escucha es el que yo produzco recogiendo los platos. Acabo y me dirijo a mi cuarto. Pongo la radio a todo volumen, para no sentirme tan sola y para que no me deje pensar demasiado. Suena «The A Team» de Ed Sheeran. La tarareo mientras me siento en la ventana a ver a los niños en el jardín. Es verano y hace un calor asfixiante aquí, en Hilton Head Island. Pero como si no fuese suficiente y el clima quisiese matarnos a todos, la humedad también es muy elevada.
Miro el reloj de mi mesita de noche. Las seis de la tarde. Decido que no me puedo quedar el día de mi cumpleaños tirada en mi habitación sin hacer absolutamente nada, y me visto con mi traje de tenis para ir un rato al Van der Meer a jugar.
Cojo la bicicleta del garaje, me cuelgo la raqueta del hombro y me pongo en marcha. Vivo en Long Cove en una plantación de la isla donde también viven algunas de mis amigas. Está más o menos a 15 minutos en bici, pero con este calor se me hacen eternos.
Cuando llego, mi ropa está bastante sudada y mi pelo se pega a mi espalda de una manera asquerosa.
Me dirijo a mi pista de tenis habitual y por el camino me encuentro a algunos instructores de tenis que me felicitan. Yo se lo agradezco y les sonrío, dándome cuenta de que son los primeros que se acuerdan. Esta idea me deprime aún más, pero continúo andando. Me paro enfrente de la pista 19, alrededor de la cual hay un número inusual de gente congregada. Oigo el sonido de una raqueta golpeando con fuerza una pelota y me acerco a ver qué mira tanta gente.
Están jugando un partido. Un chico joven de más o menos mi edad, con el pelo dorado oscurecido por el sudor y la piel morena también. Juega contra un hombre orondo que le lanza las bolas de un lado a otro, haciéndole correr. No le he visto nunca por aquí, pero tiene pinta de jefe de los profesores de tenis.
El chico juega increíblemente bien. Le devuelve las bolas con fuerza y corre con todas sus ganas. Lo comparo a mí y casi me entra la risa; me da mil vueltas.
El chico acaba mandando una fuera por muy poco y hacen un descanso. Todo el mundo se empieza a dispersar, pero yo me quedo un rato más, mirándole. Se sienta en una silla que hay cerca de mí y bebe agua. Alza la cabeza, notando mis ojos clavados en él, y nuestras miradas se cruzan.
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